24. Quilomicrón por un día

Ruth Fraile Huertas

 

En medio del escenario, la gran molécula de ácido oleico. De aceite de oliva virgen extra. La corista entona que es una grasa monoinsaturada, resistente a ser oxidada, que no forma placas de ateroma, que su digestión es veloz. Una trama ya exhibida el día de la audición.

Repartidos todos los papeles, no estoy conforme. No pido, exijo el traslado a un órgano mayor. No discuto la importancia de ser una sal biliar, pero otra vez, no.

Del último casting han conseguido una lipasa muy altiva. En una escena casi barroca, debe mostrar cómo descompone la molécula en ácidos grasos y glicerol. Sigue el guion: desgarrar el triglicérido y liberar al protagonista. El escenario, a oscuras, muestra las micelas al unirse a las sales biliares. Un viaje al intestino.

Un figurante disfrazado de enterocito le deja volver a formar triglicéridos. El secundario colesterol y las proteínas de reparto forman el quilomicrón. El arquetipo se sube al sistema linfático y abandona la escena, alcanzando a su receptor.

Aunque fuera un breve cameo, si yo fuera el quilomicrón, llevaría el oleico conmigo. Solo por el placer de experimentar qué posee el aceite de oliva que no ostento yo.

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