23. Brotes

Francesc Vicent Nogales Sancho

 

La luz de la tarde caía, espesa y dorada como el aceite virgen, sobre el bufete de Jaén. Antonio contempló sus manos: limpias, tersas, diestras en manejar códigos y sentencias, pero extrañamente vacías. A cincuenta kilómetros, en Casas Torrubia, otras manos idénticas a las suyas, pero cuarteadas por el cierzo y ennegrecidas por la costra de la tierra, acariciaban el tronco de un olivo casi centenario.

Manuel tenía ochenta y dos años y la terquedad de las raíces profundas. Seguía vareando la aceituna, esclavo voluntario de un legado familiar que Antonio había cambiado por la toga.

El teléfono vibró. Un mensaje de Carmen recordándole que debía recoger a Mateo del fútbol y llevar a Irene a las clases de inglés. Su vida en la capital era un engranaje perfecto de obligaciones urbanas, la coartada perfecta para su ausencia. Sin embargo, el silencio de la oficina se llenaba cada noche con el eco sordo del vareo. Una culpa invisible, densa como el lodo, le oprimía el pecho. Su padre sostenía el peso de los antepasados sobre la espalda, mientras Antonio, el abogado, solo defendía causas ajenas.

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