31. Raíces

Francesc Vicent Nogales Sancho

 

La tarde caía sobre los cerros de Casas Torrubia con una lentitud de aceite espeso, dorando las copas de los olivos que Manuel había mimado durante más de sesenta años. A sus ochenta y dos, la espalda ya no era una línea recta, sino una curva pronunciada, como si el propio peso de la tierra lo estuviera llamando pacientemente hacia abajo. Se apoyó en el tronco nudoso, casi centenario, de la «Reina», el olivo que su abuelo plantó el año en que terminó la guerra civil. Sentir la corteza áspera y agrietada bajo sus manos callosas era como tocar las manos del propio viejo.

 

Manuel suspiró, y el aire de Linares, impregnado de ese aroma inconfundible a hoja de olivo, tierra seca y un vago recuerdo de almazara, llenó sus pulmones cansados. Faltaban pocos meses para la recogida, la campaña de la aceituna que antes era el eje sobre el que giraba todo el universo de su casa. Ahora, el silencio de la finca solo era roto por el zumbido lejano de la autovía y el trino de un pájaro solitario.

 

—¿Quién te va a varear a ti el año que viene, vieja? —susurró al árbol, con una voz que el viento de poniente se llevó de inmediato.

 

Hubo un tiempo en que estas tierras eran una fiesta de sudor, cantes y hermandad. Manuel recordaba los inviernos de su juventud, cuando el frío cortaba la cara a las seis de la mañana y las manos se agrietaban antes de tocar la primera rama. Pero nadie se quejaba. Su padre guiaba las bestias, su madre extendía los mantones de arpillera con una agilidad coreográfica, y él, siendo apenas un rapaz, aprendía el arte de la vara: ese golpe seco, certero, que hace caer el fruto sin herir la madera del árbol.

 

A media tarde, cuando el sol se ponía como una moneda de cobre entre los cerros, cargaban los remolques. Generación tras generación, los camiones de la familia tomaban la carretera directos a las instalaciones de Coosur. Para Manuel, ver las letras de la cooperativa era el sello de un trabajo bien hecho, la certeza de que el zumo de sus desvelos alimentaría a miles de familias lejos de allí. Coosur no era solo una empresa; era el destino final de un año de mirar al cielo rogando por la lluvia, de desbrozar, de podar bajo el sol de justicia del verano andaluz. El cheque que recibían garantizaba el pan, los zapatos nuevos para los niños y la continuidad de la estirpe sobre el terrón.

 

Sin embargo, el progreso tiene una forma sutil y silenciosa de cambiar los mapas del alma.

 

Manuel recordaba con nitidez el día en que su hijo mayor, Antonio, le dijo que no quería comprarse las botas de campaña.

 

—Padre, yo me voy a Jaén. He entrado en la Universidad. Quiero estudiar Derecho. Aquí no hay futuro, solo barro y lomos doblados.

 

Luego vino Lucía, la menor, que marchó detrás de su hermano para estudiar Enfermería. Manuel no los detuvo; al contrario, se partió el alma trabajando el doble para pagar aquellos pisos compartidos y los libros que costaban una fortuna. Era el orgullo del campesino: dar a sus hijos la educación que a él le fue negada por la miseria de la posguerra. Pero lo que Manuel no calculó fue el precio del billete de ida. La universidad los vistió con ropas limpias, les llenó la cabeza de leyes y diagnósticos, y les vació las manos de tierra. Se asentaron en la capital, se casaron, compraron pisos con aire acondicionado y las visitas al pueblo comenzaron a espaciarse, transformándose en meros compromisos de domingo.

 

El rumor de un motor interrumpió sus pensamientos. Era el coche de Antonio que subía por el carril de tierra, levantando una polvareda blanca. Era domingo. Cumpliendo con el ritual, la familia venía a almorzar con el abuelo.

 

Manuel caminó hacia la cancela de la casa de labor, arrastrando un poco los pies. De los asientos traseros bajaron sus nietos, Mateo e Irene, de catorce y dieciséis años.

 

—¡Hola, abuelo! —dijeron casi a la vez, con un beso rápido en la mejilla que apenas rozó su piel de pergamino.

 

Antes de que Manuel pudiera preguntarles por los estudios, los dos jóvenes ya se habían sentado en las mecedoras del porche, con las cabezas gachas y los rostros iluminados por el fulgor azul de sus teléfonos móviles. Sus dedos se movían con una velocidad frenética, ajenos al paisaje de olivares que se extendía hasta el horizonte, ajenos al canto de las cigarras, ajenos a la presencia del anciano que los miraba con una mezcla de ternura y profunda tristeza. Para ellos, el campo era un lugar «sin cobertura», un aburrimiento necesario para cumplir con la comida familiar.

 

Antonio bajó del coche hablando por un manos libres, gesticulando sobre un pleito que tenía el martes. Su esposa, Carmen, cargaba una bolsa con comida precocinada de supermercado.

 

—Papá, te he traído algo de carne ya hecha, para que no tengas que encender la lumbre —dijo Antonio, colgando por fin la llamada—. ¿Cómo va la finca? He visto que el suelo tiene mucha jaramago. Deberías echarle el herbicida.

 

—La tierra quiere manos, hijo, no solo veneno —respondió Manuel con suavidad, mirando las manos de su hijo, tersas, sin una sola cicatriz, las manos de un hombre que solo sostiene bolígrafos y folios.

 

Durante la comida, la conversación giró en torno al tráfico de Jaén, el precio de la vivienda y la última reforma laboral. Manuel escuchaba como quien oye llover en un idioma extranjero. Intentó meter baza:

 

—Este año la aceituna viene menuda pero con mucho rendimiento. Habrá que empezar la recogida temprano, antes de que entren los hielos. Coosur está pagando bien el virgen extra de cosecha temprana.

 

Antonio miró su plato y suspiró, dejando los cubiertos sobre la mesa.

 

—Papá, ya te lo hemos dicho muchas veces. Este año no podemos venir a ayudarte. Yo tengo tres juicios importantes en diciembre y Carmen no tiene días libres. Además, los niños tienen exámenes. Contrata a una cuadrilla de temporeros, o mejor aún, vende la cosecha en el árbol a los vecinos. Ya no estás para estos trotes. Te vas a matar un día ahí fuera.

 

—No es por el dinero, Antonio… —comenzó Manuel, pero la frase se le quedó congelada en la garganta.

 

¿Cómo explicarle a un abogado que vender la aceituna en el árbol era como vender trozos de su propia historia? ¿Cómo hacerle entender que cada olivo tenía el nombre de un antepasado, que el sudor vertido en esa tierra era el pegamento que los mantenía unidos a la existencia?

 

Miró a sus nietos. Mateo ni siquiera había levantado la vista de la pantalla para comer; devoraba las patatas con la mano izquierda mientras la derecha seguía haciendo avanzar videos cortos de tres segundos en su pantalla. Irene sonreía a la cámara de su teléfono, posando para alguien que estaba a kilómetros de allí, ignorando al viejo que la observaba desde el otro lado de la mesa.

 

—¿No queréis venir conmigo luego a dar una vuelta por el pago? —les preguntó Manuel con timidez—. Os enseñaré dónde cazaba los tordos vuestro padre de chico.

—Es que hace mucho calor fuera, abuelo —respondió Irene sin mirarlo—. Y aquí dentro apenas pillo 4G. Si me muevo, me quedo sin datos.

 

El silencio que siguió a sus palabras fue más pesado que una tolva llena de aceitunas.

Por la tarde, la familia regresó a la ciudad. El coche se alejó dejando el mismo rastro de polvo, y Manuel se quedó de nuevo a solas con su reino de hojas plateadas. Entró en el viejo almacén de herramientas, un cuarto oscuro que olía a esparto, a gasoil y a tiempo detenido.

 

Al fondo, sobre una balda carcomida, reposaba una pequeña caja de madera. Manuel la bajó con reverencia y sopló el polvo acumulado en la tapa. Dentro estaba el tesoro más preciado de su juventud: la talladora de olivas de su abuelo.

 

Era un artefacto rústico, hecho a mano con una madera de encina endurecida por los años. Tenía varias cuchillas de hierro dispuestas en cruz, afiladas con mimo. Su abuelo la fabricó para hacerles el corte exacto a las aceitunas cornezuelo y picual antes de meterlas en las orzas de barro. Manuel pasó el pulgar por el filo desgastado, recordando las noches de otoño en las que, al amor de la lumbre, la familia entera se reunía para preparar las olivas de mesa.

 

El abuelo cortaba el fruto su caja; su madre las lavaba en agua clara durante nueve días para quitarles el amargor, y luego su padre preparaba la salmuera con hinojo silvestre, tomillo, cáscara de naranja amarga y unos dientes de ajo machacados. Aquellas orzas eran el manjar de los meses fríos, el orgullo que se compartía con los amigos que venían de visita.

 

Abajo, en el pueblo, ya nadie hacía eso. La gente compraba los botes de plástico en el supermercado, aceitunas sin alma, uniformes, que sabían a conservante químico y no a monte.

 

Manuel tomó la caja de madera y salió al porche. Cogió un cubo con un puñado de aceitunas que había recolectado el día anterior y, una a una, comenzó a pasarlas por las viejas cuchillas. El chasquido seco del fruto al rajarse resonaba en el porche desierto. Un golpe, otro golpe. Cada impacto era un latido de un reloj que se estaba quedando sin cuerda.

 

«Si un árbol no tiene quien lo mime, se vuelve monte», solía decir su padre. Manuel miraba el horizonte y veía cómo los campos colindantes, cuyos dueños habían muerto o emigrado a Madrid y Barcelona, se llenaban de maleza y varetas sin podar. Los olivos, una vez orgullosos soldados en perfecta formación, se convertían en espectros salvajes, olvidados de la mano del hombre.

 

¿Qué pasaría cuando él ya no estuviera? Los hijos venderían las tierras al mejor postor, tal vez a una de esas grandes corporaciones que manejan miles de hectáreas con cosechadoras gigantescas que arrancan las ramas y tratan al olivar como si fuera una fábrica de tornillos. Desaparecería el cuidado individual, el conocimiento de qué árbol necesita más abono, cuál sufre de barrenillo, cuál agradece una poda más severa por el lado del sol naciente.

 

Se le saltó una lágrima, densa como el aceite de primera presión, que fue a caer justo sobre la madera de la talladora de su abuelo. La limpió rápidamente con la manga de la camisa de cuadros, avergonzado de su propia debilidad.

 

Miró hacia el camino por donde se habían marchado sus hijos. No los culpaba. La vida en el campo era hermosa en los libros de poesía, pero criminal en las costillas. Entendía que hubieran preferido el abrigo de una oficina a la incertidumbre del granizo que destruye la cosecha en diez minutos. Pero lo que le dolía, con un dolor sordo que se le agarraba al pecho, era la indiferencia. El olvido absoluto de las raíces, la desconexión total entre el muchacho que miraba la pantalla y la tierra que estaba pagando el dispositivo que sostenía en sus manos.

 

El sol terminó de ocultarse tras la sierra, dejando un rastro de nubes de color violeta y ceniza. Manuel guardó las aceitunas rajadas en la orza, vertió el agua, el hinojo y la sal con la precisión del cirujano que repite una operación por milésima vez. Sabía que nadie vendría a comérselas, que probablemente se ablandarían en el sótano, pero necesitaba hacerlo. Necesitaba mantener vivo el pacto con los que se fueron antes.

 

Caminó de nuevo hacia la «Reina». Apoyó la frente contra el tronco y cerró los ojos. Pudo sentir la savia moviéndose lentamente por el interior del árbol, preparándose para el letargo del invierno.

 

—Mientras me queden fuerzas, vieja —susurró Manuel, acariciando la madera—, tú y yo iremos a Coosur. Aunque sea con un solo saco. Aunque sea yo solo arrastrando el mantón.

 

El viento de la tarde sopló con más fuerza, agitando las hojas plateadas que brillaron bajo la primera luz de la luna. Parecía que el olivar le respondía, prometiéndole que, aunque el mundo cambiara y los hombres olvidaran la tierra, las raíces seguirían hundiéndose profundamente en el vientre de Jaén, guardando el recuerdo de los que una vez los amaron.

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