29. La oliva

Cleopatra Smith

 

​El día transcurrió entre el traqueteo del viejo tren que unía las dos penínsulas, allí donde la Sierra rasga el horizonte y evoca batallas perdidas en la memoria del tiempo. Mientras el convoy avanzaba, me quedé enzarzado en las páginas de un viejo libro que rescataba nuestro origen, el porqué de cada risco, cada calzada y cada resto del paso milenario por estas tierras, desde los Tartessos hasta la Batalla de las Navas de Tolosa.

​La máquina expulsaba un humo negro que hacía toser a las copas de los pinares al atravesar Despeñaperros. Tras el agónico y caluroso paso por la larga estepa manchega —cuatro horas de sudor y un sol de justicia—, el frescor de este desfiladero escondido alivió, al fin, el rigor de mi cuerpo y el peso de mis pensamientos. Un golpe de aire puro me trajo olores familiares, muy parecidos a los de las montañas de mi norte natal.

​De allí venía: de la humedad septentrional, convocado para cumplir las últimas voluntades de mi abuela. Ella había fraguado su vida a golpe de intemperie. En estas tierras del Sur, lo moderno parecía no haber rozado los campos. Al cruzar la cordillera, el presente se difuminaba para entrar de lleno en el ayer. Monte arriba, las mulas seguían ascendiendo cargadas, agotadas por jornadas donde el sol aprieta sin clemencia. Las gentes maduras tenían el rostro surcado como la propia tierra; sus grietas delataban las inclemencias de la naturaleza. Sus ojos se escondían tras párpados pesados, y sus manos, de uñas ennegrecidas por el trabajo, jamás recuperarían el color de los que habitamos más al norte, los que no hemos hincado el lomo en las vastas extensiones andaluzas.

​Mi abuela era una de ellos. Nos dejó hace poco, quizás cansada de respirar. Tuvo la suerte, o la condena, de alcanzar los noventa años. Casi un siglo atesorando recuerdos alrededor de las mismas imágenes que yo retenía de mi infancia: cientos de olivos verdes y grises, centenarios, arrugados como su piel, abigarrados y aferrados con furia a la tierra. Un milagro botánico capaz de soportar los inviernos más crudos para regalar su fruto.

​Ella cargaba cada día los capachos con el almuerzo para sus hombres, tras haber ayudado en la labranza. A veces, incluso subía la pendiente con sus dos churumbeles a la espalda, arropados entre jarapas. Recuerdo bien esa cuesta; ella la llamaba el «atajuelo». Decía que acortaba el camino, pero a mí, de niño, siempre me pareció un calvario. Los hombres daban rodeos para no agotar las fuerzas que necesitarían hasta el ocaso, pues algunos caminaban dos horas de madrugada solo para alcanzar el tajo y asegurar el jornal.

​Mi madre, Acacia —la Aca, como la llamaban en el pueblo—, no tuvo mejor fortuna. La casaron con un jornalero fornido que, desde la noche de bodas, la maltrató. Él pasaba los días emborrachándose y obligándola a bailar para su desprecio hasta caer rendido por el vino. Aún hoy me asombra haber sido concebido en aquel infierno. Una mañana, sin embargo, el cartero trajo una carta que lo cambió todo. Su prima Sérbula, que había partido tres años antes a la capital, le escribía entusiasmada. Como mi madre no sabía leer, corrió a buscar al párroco, don Eustaquio. La carta describía un Madrid deslumbrante: Sérbula trabajaba para una familia de médicos, tenía comida, un sueldo digno y una habitación propia en una casa inmensa con cocina eléctrica y frigorífico. Pero lo que encendió la chispa de la huida fue la última línea: «Aquí hay trabajo, Aca. Y hombres limpios que huelen bien».

​Solo recuerdo que, una mañana de mis siete años, mi madre me dijo: «Raulito, mete tus cosas en esta maleta, que nos vamos». Aquella misma tarde nos subimos al tren. Al despertar de un sueño exhausto, me encontré en una estación ruidosa, inmensa y hormigueante. Mi madre me soltó un segundo para correr al encuentro de su prima, cuyo grito —«¡¡¡ACA!!!»— cruzó el vestíbulo. Me quedé sentado en el suelo, rodeado de un bosque de piernas extrañas, aferrado a mi único tesoro: un viejo bote de madera con aceitunas que llevaba a todas partes. Yo creía que algún día se convertirían en un amuleto que me permitiría comprar un barco para conocer el mar. Me lo había inculcado el tío Indalecio, el barquero, un viejo marino mercante al que el pueblo tomaba por loco, pero a cuyo regazo yo me sentaba cada semana para escuchar historias de monstruos y travesías.

​Con los años, conseguí licenciarme en Historia y especializarme en Arqueología. Aquellos sueños infantiles se convirtieron en mi profesión. A menudo pienso en el barquero y en la valentía de mi madre, que impidió que mi vida se quedara atrapada entre olivares, rajándome la piel en jornadas grises. Mi mundo se habría reducido a aquel bote de aceitunas. Ella logró divorciarse en una época en la que aquello parecía un pecado reservado a los ricos de la capital, y rehízo su vida con Antonio, un buen hombre que la respetó y al que siempre consideré mi verdadero padre.

​El pitido de la locomotora interrumpió mis pensamientos anunciando la llegada. El pueblo de mi infancia ya no era nada: apenas una veintena de casas devoradas por la inmensidad del olivar, bajo la jurisdicción de Puente de Génave. Allí seguían el viejo molino junto al puente romano, la vía que unió Cástulo con Cartagena y las ruinas del castillo almohade que parecía rendirnos pleitesía. Las raíces son fuertes; arraigan como los olivos que inundan estos campos desde la conquista cristiana.

​Al descender al andén, mi primo Feliciano me reconoció de inmediato. Boina en mano, se acercó a grandes zancadas y me rompió las costillas con un abrazo:

​—¡¡¡PRIMO!!!

​Un viejo Renault 4, con el suelo cubierto de paja y hojas de aceituna, nos condujo hasta el pueblo casi fantasma. Feliciano detuvo el coche frente a la antigua casa de la abuela, se colocó un cigarrillo entre los labios agrietados y murmuró con nostalgia:

​—Qué recuerdos, primo…

​Yo guardé silencio. Había enterrado aquellos paisajes. De niño no me gustaba jugar entre los árboles con los otros chicos; prefería imaginar el océano. Lo único que conservaba de entonces era el bote de madera, cerrado bajo llave en una caja de mi despacho madrileño, un objeto que jamás me atrevía a abrir por miedo a desenterrar fantasmas.

​La entrada de la casa era un poema de abandono: un portón carcomido por insectos y un cerrojo oxidado. Las bisagras apenas sostenían el peso de la madera, y la fachada mostraba una costra cuarteada de piedra, ladrillo y cal vieja. Con cuidado de no derribar el muro, empujamos la puerta. Cedió con un chirrido ensordecedor que me erizó la piel.

​El interior era una penumbra densa. Fuimos abriendo las contraventanas una a una, dejando que la luz inundara la estancia central. Allí estaba la mesa de brasero y las cuatro sillas de mimbre cubiertas de polvo. El suelo de cerámica multicolor formaba ondulaciones, testimonio de los albañiles rurales del siglo pasado. Las paredes estaban encaladas, rematadas por un friso de azulejos de colores a un metro de altura. En el techo de vigas, algunas bovedillas de ladrillo amenazaban con ceder. Al fondo, la chimenea permanecía ennegrecida, coronada por una densa telaraña y flanqueada por viejos platos decorativos y badiles de hierro doblado.

​Al ver los cables trenzados de porcelana que recorrían las paredes hacia las bombillas desnudas, sonreí. Recordé las tardes con mi abuela, cuando me untaba manteca colorá en rebanadas gruesas de pan y me cobijaba bajo las faldas de la mesa camilla, al calor del cisco. Ella hablaba poco, pero sus gestos dulces me hacían sentir a salvo. Su hijo, mi progenitor biológico, no heredó ni un solo átomo de su bondad.

​Crucé el pasillo hacia los dormitorios. En el primero, las camas de mis tíos conservaban los colchones de lana duros como piedras, diseñados para resistir los inviernos bajo cero. Al fondo, entré en el cuarto de los abuelos. El abuelo había muerto antes de mi nacimiento, y la abuela siempre le lloró, recordando los tiempos duros anteriores a las pensiones. Una cama de matrimonio hundida por el centro dominaba el espacio. Al abrir el armario de dos puertas, solo encontré perchas oxidadas y una pequeña maleta vacía. En la mesilla de noche quedaba un rosario gastado y dos colgantes antiguos de bisutería.

​Fue al abrir el cajón de la otra mesilla cuando el corazón se me dio la vuelta.

​Allí, iluminado por el sol de la tarde, reposaba un cuenco de madera tosca. En su interior, cubiertas por hojas secas, había un puñado de aceitunas momificadas por el tiempo. Me quedé sin aire. Mi primo se había marchado a atender una faena y me había dejado solo. En mitad de aquel silencio, una lágrima me surcó la mejilla al comprenderlo todo: mis aceitunas infantiles, las que guardaba en el bote de madera, procedían de este mismo cuenco. Mi abuela me las había regalado para alimentar mis sueños de viaje, y luego, durante décadas de ausencia, había guardado su propio puñado en el cajón para mantener vivo el cordón umbilical con el nieto que partió.

​Debajo del cuenco encontré un pliego de papeles doblados. Tenían el color añejo del tiempo y una caligrafía bellísima, una letra escolar que mi abuela, analfabeta, jamás habría podido trazar. Comprendí que alguien —quizás el maestro del pueblo o el propio don Eustaquio— había prestado su pluma para dictar un testamento lírico, una fábula que mi abuela custodiaba como un secreto sagrado.

​Me senté en la silla de mimbre y, con las manos temblorosas, comencé a leer las hojas que descorchaban la esencia de sus olivares:

​«Querida madre:

​Siento frío; intuyo que el final se acerca. Hacen mucho ruido esta mañana, la ladera vibra con los gritos. Ellos velan mis noches y ya me acostumbré, desde que salí en flor allá por la tardía primavera. Qué tiempos aquellos en que jugábamos y te alborotábamos mis hermanos y yo, alrededor de tu tronco arrugado por los siglos.

​Este año nos ha tocado a nosotros, los nacidos diminutos, blancos e inmaculados. De nuestra rama aparecimos cincuenta. Con José es con quien más juego, pues nacimos rozando nuestras pieles. María, pegada a él, nos despierta con gotas de rocío; es un fruto verde, brillante y deseado al que los insectos cortejan con caricias. José, en cambio, lucha secretamente segregando jugos ácidos y amargos de alpechina para que no lo piquen. La vida nos va en ello: al final de la rama, algunos hermanos ya han envejecido llenos de heridas pardas. No creo que lleguen a dar jugo.

​A mí me has tenido entre algodones, madre. Elegiste para mí el brote más abrigado de la rama. El verano fue crudo y tuvimos que aferrarnos para no caer al abismo de las tórridas tierras jienenses que engullen a los débiles. Durante la sequía, nuestro corazón bombeaba con ansia buscando el elixir líquido. Hubo que arrugarse para sobrevivir. Tu vieja piel de tronco se cuarteaba para darnos el sustento, sacrificando tus propias hojas. Sé cuánto sufriste por nosotros.

​Luego, las primeras lluvias de otoño enfriaron el suelo. El amarillo de nuestra piel se tornó verde vivo. Nos convertimos en el centro de atención de los humanos, que ahora nos miran y nos miden. Pero hoy el alba trae un frío distinto. Todo se vuelve blanco. Oigo campanas y una melodía brusca que me hace palpitar. Un grupo de hombres se dirige hacia la ladera con mulas y carretas vacías.

​Ya están aquí. Somos arrancados, golpeados con fuerza, lanzados contra las mallas negras que cubren el suelo. No hay tiempo para el dolor. Nos vuelcan en un gran cajón y viajamos loma abajo. Ruedas de esparto nos aplastan en la almazara y caemos en líquidas gotas dentro de la tina. Ya no tengo piel: ahora soy fluido viscoso, traslúcido y fresco. Fuimos muchos y ahora somos un solo mar de oro verde.

​Tras el reposo en la oscuridad del vidrio, despierto en un plato rodeada de colores: el rojo de la carne, el aroma punzante del vinagre, el frescor del hinojo y los ajos. Rodamos y nos mezclamos. Siento que mis fluidos se integran con los jugos de la tierra. Los humanos nos llaman «ensalada». Ahora entiendo mi destino: he venido hasta aquí para otorgar equilibrio, para sedar las texturas y mitigar los aromas agresivos. Soy la armonía del plato, la partitura que otorga gloria a la mesa. Ahora sé lo que soy.

​Doblé los viejos papeles con los ojos empañados. Cuando mi primo regresó a buscarme, apenas pude articular palabra. Pasé la noche en el hostal del pueblo vecino, desenterrando mis primeros siete años de vida. Al alba, antes de marcharme, di un último paseo por el campo para despedirme de los olivos.

​La tierra estaba recién surcada. Me agaché y, con un respeto que no había sentido nunca, recogí del suelo las aceitunas verdes más hermosas que encontré hasta reventar los bolsillos. En la estación, abracé a Feliciano con la certeza de que era una despedida definitiva. El tren arrancó su marcha soltando su lamento de humo negro.

​Mientras el convoy se abría paso hacia las montañas de Despeñaperros, pegué la frente al cristal, contemplando el desfile interminable de los olivares. Comprendí que uno nunca huye del todo de sus raíces. Mis bolsillos iban llenos de frutos, y mi alma, por fin, estaba en paz. Jamás regresé a Jaén, porque ya había encontrado el tesoro que andaba buscando.

 

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