26. El sabor de la memoria
1. La visita
Después de siete años trabajando en la almazara, Miguel podía hacer una visita guiada sin pensar demasiado en ella.
Los primeros años todavía se detenía a mirar los árboles.
Aquella mañana, mientras explicaba por enésima vez el proceso de elaboración del aceite, descubrió a una mujer que no miraba el paisaje como los demás.
Los visitantes fotografiaban los olivares.
Ella observaba los árboles. Como si estuviera buscando algo.
Miguel continuó con el recorrido.
Les habló de las variedades de aceituna, de la historia de la finca y del proceso de producción. Las palabras surgían solas.
Mientras explicaba el funcionamiento de la antigua almazara recordó que tenía que cambiar una rueda del coche.
Mientras respondía una pregunta sobre la acidez del aceite pensó en la factura de la electricidad.
Al llegar al mirador, hizo una pausa. Era el momento habitual de las fotografías.
Los teléfonos aparecieron de inmediato.
—Se calcula que en esta finca hay más de doce mil árboles —dijo.
Escuchó algunos murmullos de sorpresa. Había repetido aquella cifra tantas veces que había dejado de significar algo.
La mujer seguía observando los árboles. No había tomado una sola fotografía. Tampoco había hecho preguntas.
La visita continuó.
Sin embargo, cuando llegaron a una zona donde varios caminos se bifurcaban entre los olivares, la mujer se acercó. Esperó a que los demás se alejaran unos metros.
—Disculpe.
Miguel se volvió.
—¿Sí?
La mujer dudó unos segundos.
—Quería hacerle una pregunta.
—Claro.
Miró alrededor. Hacia los árboles, hacia las colinas, hacia un punto que parecía existir sólo para ella.
—¿Sigue habiendo por aquí un olivo junto a un pozo?
Miguel tardó un instante en responder.
Durante años había escuchado preguntas sobre cosechas, variedades y degustaciones. Nunca una como aquella.
—Hay varios pozos antiguos —dijo—. Y muchos olivos.
La mujer asintió.
—Sí. Lo imaginaba.
Abrió el bolso y sacó una fotografía doblada. El papel estaba amarillento por el tiempo. La sostuvo con cuidado.
—Es que estoy buscando uno en particular.
Miguel observó la imagen. En ella aparecían una niña pequeña, un hombre joven y un olivo de tronco grueso. Detrás podía verse la estructura de un pozo. Nada más. Un instante detenido hacía décadas.
—¿Cuándo fue tomada?
—Hace más de sesenta años.
La mujer sonrió apenas. Era la sonrisa de alguien que llevaba mucho tiempo esperando algo.
—Mi padre trabajaba aquí cuando yo era niña.
Miguel volvió a mirar la fotografía.
Por primera vez en toda la mañana dejó de pensar en la rueda del coche, en la factura de la electricidad y en el final de la jornada.
—¿Y cree que puede reconocer el lugar?
La mujer guardó la fotografía y miró los árboles que se extendían bajo el sol.
—No lo sé.
Hizo una pausa.
—Pero he venido desde muy lejos para intentarlo.
A lo lejos, el resto del grupo comenzaba a reunirse junto a la entrada de la sala de catas.
Miguel observó a la mujer. Después observó los olivares. Y tuvo la sensación de que aquella visita no iba a parecerse a las demás.
2. La fotografía
La visita terminó como terminaban todas. Los turistas probaron tres aceites distintos, compraron algunas botellas, hicieron las últimas preguntas y se fotografiaron junto a una prensa antigua de piedra. Después fueron regresando lentamente al autobús.
Miguel ayudó a una pareja a cargar una caja en el maletero, respondió una consulta sobre envíos internacionales y se despidió del conductor. Cuando levantó la vista, la mujer seguía allí.
Sentada sola en un banco de madera, bajo la sombra de una encina. No parecía tener prisa. Sostenía el bolso sobre las rodillas y miraba los olivares, como si todavía estuviera buscando algo. Miguel se acercó.
—¿Su autobús no sale con el grupo?
—Sale dentro de una hora. He pedido quedarme un poco más.
—¿Puedo ver otra vez la fotografía?
La mujer abrió el bolso y sacó una pequeña carpeta de plástico. La fotografía estaba guardada allí, protegida con un cuidado casi ceremonial. Miguel la tomó entre las manos. La imagen era sencilla: un hombre joven, una niña de unos siete u ocho años, un olivo y un pozo. Nada más.
—¿Es usted?
—Sí.
—¿Y él es su padre?
La mujer asintió.
Miguel devolvió la fotografía.
—¿Cómo se llamaba?
—Antonio.
Pronunció el nombre despacio, como si siguiera teniendo peso después de tantos años.
—Trabajó aquí durante mucho tiempo.
—¿Vivían cerca?
—En una casa que ya no existe.
—Murió cuando yo tenía ocho años.
—Lo siento.
—Hace mucho de eso. Pero hay cosas que no terminan de irse nunca.
—Después de su muerte nos fuimos a Argentina.
Hizo una pausa.
—La vida siguió.
—¿Y nunca volvió?
—No.
—¿Hasta ahora?
—Hasta ahora.
—Durante años pensé que no tenía sentido.
Miró los olivares.
—Siempre había una razón para posponerlo.
—¿Y qué cambió?
—La edad, supongo.
—Cuando uno es joven cree que los lugares van a esperar para siempre. Después descubre que no.
Miguel volvió a mirar la fotografía.
—¿Qué recuerda exactamente de ese lugar?
—El pozo.
—¿Sí?
—Porque mi padre no me dejaba acercarme demasiado.
—Todos los padres hacen eso.
—También recuerdo el olor.
—¿El olor?
—Sí. No sé explicarlo bien. He olvidado casi todo, pero recuerdo el olor de los olivos cuando hacía calor.
Hizo una pausa.
—Y recuerdo algo más.
Miguel esperó.
—Algunas tardes mi padre se sentaba a la sombra después de trabajar. Sacaba un trozo de pan y lo mojaba en aceite.
—Lo extraño es que no recuerdo de qué hablábamos. Pero todavía recuerdo aquel sabor.
—Y recuerdo una tarde.
—¿La de la fotografía?
—Supongo. Mi padre había terminado de trabajar. Alguien tenía una cámara. Me pidió que me quedara quieta. Eso es todo.
—Es curioso. Toda una vida y lo único que sobrevive es una tarde cualquiera.
—¿Y cree que reconocería el lugar?
—No.
—¿No?
—No después de sesenta años. Ni siquiera estoy segura de que el árbol siga vivo. Ni de que el pozo exista. Ni de que esta fotografía fuera tomada exactamente donde creo.
Guardó la imagen.
—Entonces, ¿por qué vino?
Tardó unos segundos en responder.
—Porque llega un momento en que uno deja de preguntarse si va a encontrar algo.
Hizo una pausa.
—Y empieza a preguntarse qué pasará si nunca lo busca.
A lo lejos el autobús esperaba inmóvil bajo el sol.
—Sé que parece una tontería.
—No me lo parece.
Miró la hora. Todavía faltaban cuarenta minutos para la salida del autobús.
—Si quiere, podemos dar una vuelta por la parte vieja de la finca.
La mujer levantó la vista.
—¿De verdad?
—No prometo nada. Pero quizá encontremos alguna pista.
—Me gustaría mucho.
Y juntos comenzaron a caminar hacia los olivares.
3. El pozo
Abandonaron el camino principal y se internaron en una zona de la finca que los visitantes rara vez conocían. Los árboles estaban más separados. Los troncos parecían más gruesos, más retorcidos.
—Esta es una de las zonas más antiguas de la finca —explicó Miguel—. Algunos árboles tienen varios siglos.
—Mi padre decía que los olivos se parecen a las personas.
—¿Sí?
—Cuanto más viejos son, más historias se les notan.
Continuaron caminando. A medida que avanzaban, comenzó a hablar de Antonio. No de grandes acontecimientos. De pequeñas cosas.
Recordaba que silbaba siempre la misma melodía mientras trabajaba. Nunca aprendió el nombre de aquella canción. Durante años creyó haberla olvidado. A veces, sin embargo, la escuchaba por casualidad y pensaba inmediatamente en él.
Recordaba también la gorra remendada que llevaba siempre. Durante años, cuando intentaba imaginarlo, lo primero que aparecía era aquella gorra.
Siguieron caminando.
Fue Miguel quien lo vio primero.
Al principio creyó que era una acumulación de piedras cubierta por la maleza. Pero cuando se acercaron distinguió la forma circular y los bloques de piedra. Se detuvo.
—Creo que es aquí.
La mujer aceleró el paso y llegó junto a él. Permaneció inmóvil.
El pozo estaba cegado desde hacía décadas. Sólo quedaba visible una parte de la estructura original. A pocos metros, varios olivos antiguos extendían sus ramas sobre la tierra seca.
La mujer abrió lentamente el bolso y sacó la fotografía. Miró la imagen. Miró el pozo. Volvió a mirar la imagen.
Después avanzó unos pasos y se acercó a uno de los árboles. Luego a otro. Observaba los troncos y las distancias, como si intentara reconstruir una escena ocurrida sesenta años atrás.
—¿Qué piensa? —preguntó Miguel.
—No lo sé.
En la fotografía, el pozo aparecía más alto, más limpio, más joven. Igual que el hombre que sonreía junto a la niña. Igual que la propia niña.
La mujer se acercó entonces a un olivo especialmente antiguo.
Apoyó una mano sobre la corteza. Retiró la mano. Miró nuevamente la fotografía. Y sonrió.
—¿Es éste?
Ella contempló el árbol. Después el pozo. Después la fotografía.
—No lo sé.
La mujer guardó la fotografía.
—Pero podría ser.
Miguel no respondió.
—Y eso es suficiente.
La mujer respiró profundamente. Como si quisiera guardar algo de aquel lugar antes de marcharse.
—Mi padre estaría sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque terminé viviendo muy lejos de aquí.
—¿Valió la pena?
—Sí. Y no.
La mujer observó una última vez el pozo.
—Creo que ya podemos volver.
Miguel asintió.
Mientras emprendían el regreso, volvió la vista hacia el viejo olivo. No sabía si era el árbol de la fotografía. Probablemente nunca lo sabría. A veces basta con que algo pueda ser.
4. La cata
Cuando regresaron a la almazara, el lugar estaba casi vacío. El autobús seguía esperando junto a la entrada.
—Todavía tenemos unos minutos —dijo la mujer.
Miguel señaló la sala de catas.
—¿Le gustaría probar los aceites?
—Después de todo el día hablando de ellos, supongo que sí.
Entraron.
La sala estaba vacía. Sobre una estantería descansaban las copas azules utilizadas para las degustaciones.
Miguel tomó dos y las colocó sobre la mesa. Sirvió una pequeña cantidad de aceite en cada una.
Los movimientos le resultaban familiares. Los había repetido cientos de veces. Sin embargo, aquella tarde parecían distintos. Más lentos, más conscientes.
Acercó una copa.
—Empiece por éste.
Ella obedeció.
Sostuvo el recipiente entre las manos para calentarlo ligeramente, acercó la copa a la nariz, inspiró. Después probó una pequeña cantidad.
Miguel esperó.
Finalmente sonrió. Fue una sonrisa distinta a las anteriores. Más suave. Más luminosa.
—Creí que había olvidado este sabor.
La frase apenas ocupó unos segundos pero llenó la habitación.
La mujer cerró los ojos.
Durante un instante volvió a oír aquella melodía que su padre silbaba mientras trabajaba entre los olivos.
Cuando volvió a abrirlos, tenía la mirada perdida en algún lugar muy lejano.
—No recordaba el aceite —continuó—. Creía que sí. Pero no.
Levantó la copa.
—Recordaba la imagen. Recordaba el pozo. Recordaba a mi padre.
Hizo una pausa.
—Esto no.
Volvió a probar una pequeña cantidad.
Y Miguel comprendió que el viaje terminaba allí. No junto al árbol. No junto al pozo.
Allí. En aquel sabor.
—Es extraño. Pasé años intentando recordar cosas importantes. Y al final resulta que lo que había perdido era algo tan simple.
Miguel observó el aceite dorado en el fondo del recipiente. Durante años había descrito aromas y matices a los visitantes. Aquella tarde comprendió que un sabor podía contener una vida entera.
—Gracias.
—No he hecho gran cosa.
—A veces acompañar ya es bastante.
Desde el exterior llegó el ruido lejano del motor del autobús. Era hora de partir.
La mujer guardó la fotografía en el bolso.
Caminaron juntos hasta la puerta.
Antes de subir al autobús, se volvió hacia los olivares.
Después sonrió.
—Por cierto —dijo—. Nunca le dije mi nombre.
Miguel sonrió.
—Ni yo se lo pregunté.
—Elena.
Miguel repitió el nombre en silencio.
—Miguel.
Se estrecharon la mano.
—Gracias, Miguel.
—Buen viaje, Elena.
Ella asintió.
Después levantó una mano a modo de despedida y subió al autobús.
Cuando el autobús desapareció tras una curva, Miguel volvió la vista hacia los olivares.
Después caminó hasta el primer olivo que encontró junto al sendero y apoyó una mano sobre la corteza rugosa.
El viento agitó suavemente las hojas sobre su cabeza.
Comprendió que algunos lugares no conservan recuerdos.
Los despiertan.
Javier Moro



