14. El aceite de oliva
Lo que voy a contar a continuación podría parecer fruto de la imaginación, pero no lo es tanto. Maruja se ha sentado a descansar un poco en el sofá después de hacer algunas de las faenas de la casa. Ha mirado el reloj y se ha asomado por la ventana a ver lo mismo que se ve desde hace décadas a través de los barrotes. La artrosis ya no le permite hacerlo todo de una vez como cuando era joven. Las piernas se le hinchan y las varices le producen unos pinchazos muy molestos. El médico le recomendó unas medias de compresión además de la medicación que toma. Ella miente al médico cada vez que va a revisión y le pregunta qué tal sus piernas, porque no puede pagar las medias, de manera que su mejoría es según el día. Aunque Maruja es mayor aún no ha llegado a ese estado en que la memoria empieza a fallar y siguiendo otras recomendaciones médicas va andando al supermercado. Es capaz de recordar el precio de los productos que compra perfectamente y la estandería del pasillo al que corresponde. Si alguna vez hacen cambios se mueve por esa sección como un animalillo perdido. Lo cierto es que casi siempre compra lo mismo, todo muy básico y muy rara vez se permite hacer un extra comprando alguna cosa que se sale de lo estrictamente necesario por el simple hecho de darse un capricho. Desde que enviudó la austeridad entró por las puertas de la casa tanto para las conversaciones como para el cariño, así como para el gasto del día a día.
A veces, cuando se recuesta en el sofá, enciende la televisión para sentir algo de compañía en el salón y no perder un cierto contacto con el mundo. Echa de menos las charlas de descansillo con las vecinas de toda la vida. Desde hace unos años han venido a vivir al edificio jóvenes que van a otra velocidad que a ella le parece vertiginosa, montan en patinete, llevan puesto auriculares. Pasan a su lado como una ráfaga de aire que a penas saluda. El hecho de encender la televisión también lo hace por mantener activas sus habilidades mentales aunque algunas consistan en tomarse algún que otro sofocón contra quien esté en ese momento hablando tras la pantalla como si le tuviera delante. Ella, que vivió una guerra y una hambruna, no entiende muchas de las cosas que dicen esos señores que salen hablando en esas grandes mesas de debate. No es que no entienda lo que dicen, los entiende perfectamente, es simplemente que la mayoría de las cosas que les escucha decir le parecen embustes y mamarrachadas. No entiende que lleve años escuchando hablar de los beneficios de la dieta mediterránea y en especial del aceite de oliva, y que además tenemos la gran suerte de que sea un producto que se produce aquí, pero que de un día para otro comenzaran a subir el precio de manera exagerada y todas las semanas.
Al principio esos señores tan expertos decían que podría ser porque había llovido poco, luego decían que era porque había llovido mucho. Finalmente llegó la gran explicación que justificaba todo –La guerra de Ucrania– ahí era cuando a Maruja se la llevaban los demonios porque no entendía cómo una guerra que se estaba librando a tres mil kilómetros podría influir en el precio de un producto que se producía aquí. Luego se dio cuenta que no era sólo el aceite de oliva sino tres o cuatro más que eran básicos en la dieta mediterránea, es decir, esos que la gente sí o sí tenía que comprar habitualmente.
Cada vez que iba al supermercado Maruja, tuviera o no que comprarlo, se dirigía al pasillo de los aceites y miraba el precio, suspiraba y apretaba sus mandíbulas –Ocho céntimos más. Y ya van tres subidas este mes– Cuando terminaba volvía a casa y preparaba algo para comer. No perdió el ritual de poner la mesa a pesar de que sólo ocupara una esquina. Mientras comía escuchaba a más expertos que volvían a repetir como todos los días y todas las semanas –El aceite de oliva ha vuelto a subir por culpa de la guerra– pero nadie daba un razonamiento. Lo mismo estaba sucediendo con la patata y el huevo. Se empezó a complicar eso de hacerse una simple tortilla y Maruja veía cómo la gente comenzaba a llevarse las tortillas precocinadas, esas que ella llamaba plastificadas. Un día los señores de la mesa grande dijeron que en Estados Unidos había problemas de abastecimiento de huevos frescos y que el precio estaba subiendo considerablemente. Acto seguido Maruja vio cómo subían la docena de huevos en el supermercado y creyó que por un momento estaba viviendo en América en vez de en un humilde barrio de una provincia andaluza. Al igual que con el aceite no entendía por qué unos huevos y unas patatas que venían de unos almacenes a no muchos kilómetros de donde vivía se habían vuelto tan caros. Maruja no se tenía por una persona crédula, siempre tuvo la sana costumbre de cuestionarlo todo, especialmente si era algo que había salido por la televisión o la radio. Aún así veía con asombro cómo la mayoría de la gente que hacía comentarios en voz alta en la calle o en el mercado repetía a pies juntillas las explicaciones de esos señores expertos de la mesa grande y creyendo ciegamente lo que les habían oído decir, convencidos de que ese aceite, esas papas y esos huevos, que venían de al lado de sus casas habían disparado sus precios por culpa de una guerra que no estaba afectando ni al campo ni a los animales. Y todos a pagar con resignación el sobre coste continuo.
Pasó el tiempo y Maruja vio cómo bajaban levemente el precio del aceite de oliva. Eso sí, sin volver al precio de antes de la guerra. Al mismo tiempo mientras bajaban el del aceite subían el de otros productos de primera necesidad. El aceite de oliva fue bajando paulatinamente. Pero la guerra no había terminado. Como aquellos señores tan listos de la mesa grande se quedaron sin argumento para explicar qué era lo que estaba pasando decidieron sencillamente obviar el tema de los precios de los productos de primera necesidad.
Pero Maruja tenía una explicación que quizá era más sensata que todas aquellas elucubraciones de tanto experto. En el mundo del pequeño electrodoméstico había hecho incursión un aparato revolucionario para la cocina. La freidora de aire permitía hacer las cosas con una mínima cantidad de aceite con lo que el ahorro, teniendo en cuenta su precio a pesar de la bajada, lo hacía un producto muy atractivo. Maruja, que siempre fue muy observadora, comprobó que ya la gente no compraba tanto aceite de oliva. Los motivos eran dos: el precio y la freidora de aire. Conforme se popularizó el electrodoméstico el aceite de oliva se fue quedando en las estanterías de los supermercados como un producto de lujo. Los vendedores trataron de contrarrestar esto bajando aún más el precio, estando la guerra vigente, pero las ventajas de la freidora de aire iban directamente al bolsillo de la gente y a la salud. Empezaron a aparecer algunos expertos en la mesa grande que tenían la misión de hablar sobre ese nuevo aparato de cocina que tanto se estaba vendiendo últimamente. La cantinela entonces no era –Ustedes están pagando el aceite de oliva más caro por culpa de la guerra de Ucrania– la cantinela pasó a ser –Ustedes están siendo engañados porque la freidora de aire ni les proporciona un ahorro ni es más saludable– Pero esa cantinela duró poco porque las evidencias de lo que realmente se verificaba hizo imparable la tendencia que la adaptación a una subida de precio injustificada había provocado.
Maruja decía para sí –Es que la avaricia rompe el saco. Y las mentiras tienen las patas muy cortas– y se sonríe mientras se daba un ligero masaje en las piernas recostada en el sofá escuchando a los expertos de la mesa grande hablando de otras cosas. Y es que ella tiene para sí una explicación de aquellas cosas que han sucedido y suceden muy diferente a las que suelen plantear esas personas tan preparadas e inteligentes que se sientan en la mesa grande a dialogar sobre esto y sobre aquello, y que no tienen empacho alguno en contradecirse de un día para otro según de dónde les viene el viento que les susurra las ideas. Lo único que se repite una y otra vez –Cuando se está haciendo esto con el aceite de oliva, los huevos y las patatas, tres elementos tan básicos y tan esenciales en la alimentación nuestra, es porque se persigue un fin que no es ni cubrir gastos por crisis energética, ni falta de existencias por inclemencias climáticas o catástrofes naturales, ni guerras lejanas, ni Cristo que lo fundó– Pero Maruja se guarda su respuesta y piensa –El que quiera averiguar que averigüe–



