11. El milésimo fruto

Sandra Fernández Escudero

Cada otoño, el olivar de San Lino entregaba mil aceitunas exactas… y una más, imposible de justificar. El pueblo lo aceptaba como un fallo antiguo de la tierra.

Lucía decidió contarlas. No por curiosidad, sino por herencia: su madre había enloquecido intentando encontrar el origen de aquel excedente antes de desaparecer entre los árboles.

Contó durante horas. Novecientas noventa y nueve. Mil. Y entonces vio la última, brillante, demasiado perfecta, colgando sola en una rama sin sombra.

Al tocarla, el olivar se detuvo. El viento dejó de pasar entre las hojas.

En el suelo, las aceitunas comenzaron a ordenarse formando letras húmedas: su nombre completo, el que nadie usaba desde la infancia.

El árbol crujió como si respirara.

Y Lucía comprendió el error de todas las generaciones: no era el olivar el que producía una aceituna de más.

Era el olivar el que cada año recuperaba a una persona que le pertenecía.

La milésima no era fruto.

Era ella.

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