8. El ingrediente secreto
Añoro ese olor a ajo picado y perejil, que salía de la cocina de mi madre cuando yo era pequeño. La casa se llenaba con el aroma de sus guisos a la hora de la comida. A mí se me hacía la boca agua. Ella siempre utilizaba aceite de oliva para cocinar, afirmaba que era lo mejor del mundo y que le sería imposible preparar un buen guiso sin él. Oro líquido, lo llamaba. Mi madre era una cocinera increíble, de veras, todo lo que preparaba estaba rico. Gracias a ella nunca nos faltó de comer. Vivíamos en un piso pequeño, alquilado, que tenía solo dos habitaciones, un cuartito de estar y la cocina. No había cuarto de baño, por lo que teníamos que salir al corral con las gallinas. Por la noche esto era un problema, porque obviamente no se veía nada y a mí me daba mucho miedo la oscuridad. Como por entonces no había luz eléctrica en las casas, ni farolas en las calles, muchas veces me aguantaba las ganas hasta que amanecía.
Con todo, mi infancia fue muy buena. Quizás la mejor época de mi vida.
Es cierto que cuando mi padre se marchó, las cosas se pusieron un poco difíciles. Mi padre me había regalado a Bobby por mi sexto cumpleaños. Era un Pastor Alemán precioso, negro azabache con manchas doradas en los costados. Tenía el hocico siempre húmedo y una mirada inteligente que te ponía los pelos de punta. Cuando le hablabas parecía que te entendiera. Yo lo adoraba, era mi mejor amigo. Supongo que mi padre me lo regaló para que me hiciera compañía, porque justo después él se fue a la guerra. A pelear contra los malos. Al menos eso fue lo que me dijo antes de coger la puerta para no volver. Mi madre lloró durante los primeros meses, dijo que le odiaba y que no se explicaba a qué tenía que ir él a combatir en una guerra que no era la suya.
Unos años más tarde, vino a visitarnos un hombre vestido de soldado. Dijo que mi padre había muerto en combate. Como un héroe, afirmó. Yo al oírle me sentí muy extraño, triste a la vez que orgulloso. Me entraron ganas de llorar, aunque pensé que no debía hacerlo delante de aquel desconocido. Sin embargo, mi madre le contestó que ella no tenía marido, que su marido había muerto nada más cruzar el umbral de la puerta. El militar se quedó un poco descolocado con esta respuesta. Y debió de ver algo en los ojos de mi madre, porque cuando la miró a la cara, retrocedió un paso. Luego se marchó sin añadir nada más. Ella se quedó con la carta y la cajita de pertenencias de mi padre, que el soldado le había entregado antes de partir. No tengo ni idea de qué haría con ellas. A lo mejor las tiró. Lo cierto es que nunca se me ocurrió preguntárselo.
Así que nos olvidamos de mi padre. Pese a todo, seguíamos recibiendo las visitas de los abuelos por Navidad. Ellos se empeñaban en venir. Para mis abuelos paternos las tradiciones eran muy importantes, y no hubo un solo año que no se presentaran en nuestra casa a celebrar con nosotros el Nacimiento del Niño Jesús. A mi madre le daba por saco. De verdad, en más de una ocasión ella misma me lo dijo. Pero yo no debía contárselo a los abuelos para que no se enfadaran. Claro que a mí me parecía imposible que esto pudiera ocurrir. Quiero decir, que los abuelos siempre estaban enfadados. Y eso que mi madre ordenaba y limpiaba la casa, y decoraba nuestro árbol de Navidad con los adornos más bonitos. Lo dejaba todo perfecto y la comida le salía mejor que nunca. Dudo mucho que ellos se dieran cuenta.
Los viejos eran un par de estirados. El abuelo caminaba muy encorvado, con la nariz casi pegando al suelo. La abuela no. Ella era alta y exageradamente delgada, tenía las facciones huesudas, las manos amarillentas y los labios violáceos. Su sonrisa daba miedo. En serio, parecía la mueca de una bruja. La del abuelo tampoco me gustaba, me recordaba a la del hombre del saco. Una vez escuché este cuento en el colegio, y esa misma noche soñé que el abuelo venía a secuestrarme. Se colaba por mi ventana y me metía en su saco, que estaba lleno de huesos de otros niños. Yo gritaba muy alto llamando a mi madre, pero ella no me oía porque estaba dormida. Tardé unos cuantos años en perder el miedo al abuelo. Incluso después de que muriera, seguía viendo su sonrisa de calavera reluciendo en las sombras del rincón.
Los abuelos tenían la cara muy arrugada e iban envueltos en trajes negros y almidonados. Olían a rancio. También se creían mejor que nadie. O eso decía mi madre, que muchas veces repetía que nos miraban por encima del hombro. Todos los años me traían regalos, soldaditos de plomo a los que les faltaban las piernas y los brazos, o caramelos de regaliz con sabor a insecticida. Yo sonreía y les daba las gracias, aunque luego los dejaba abandonados en el fondo de mi armario, o directamente los tiraba a la basura. Mi madre nunca me regañó por hacerlo. A mi madre lo único que le hacía enfadar era que no colaborase en casa. Siempre me tocaba poner la mesa antes de que llegaran los abuelos. Y procuraba hacerlo bien, a pesar de que me costaba acordarme de dónde iba el cuchillo y dónde el tenedor.
Un año, estaba colocando los cubiertos, cuando me percaté de que Bobby no estaba conmigo. Esto me extrañó, pues Bobby nunca se separaba de mi lado. Además, le encantaba ayudarme a poner la mesa. Era su juego favorito. Cada vez que se me caía un cubierto al suelo, él se apresuraba a atraparlo. Pegaba un salto, se metía debajo de la mesa y lo cogía con la boca, igual que si le lanzara un palo. Después me lo daba, yo le quitaba las babas restregándolo contra el mantel y volvía a colocarlo en su sitio. Así de reluciente quedaban. Sin embargo, cuando esta vez se me resbaló la cuchara del abuelo, Bobby no fue a recogerla. Fruncí el ceño, dejé lo que estaba haciendo y miré a mi alrededor. Silbé y lo llamé, pero Bobby no vino. Di una vuelta por toda la casa, salí al corral y a la calle. Nada, Bobby no aparecía.
Fui a la cocina a preguntar a mi madre. Sabía que a ella no le gustaba que la interrumpiera cuando estaba cocinando, y menos si era algo tan importante como la comida de Navidad para los abuelos. Pero Bobby había desaparecido, y yo ya empezaba a preocuparme. Llamé con los nudillos antes de entrar.
‑Mamá, ¿sabes dónde está Bobby? No lo encuentro por ninguna parte…
Claro que no hizo falta que me contestara.
Por fin había encontrado a Bobby, solo que no de la forma que me esperaba. Mi madre lo había degollado, lo había despellejado y ahora estaba sazonándolo para echarlo en la olla del guiso. Estaba inclinada sobre los fogones con un cuchillo de carnicero en su mano derecha. La sangre se escurría por el mango de plástico y le goteaba hasta el codo.
Se dio media vuelta y me observó sorprendida.
‑Cariño, ¿ya has puesto la mesa? –me preguntó como si nada, como si no hubiera matado a mi perro y estuviera cocinando sus cuartos traseros‑. Acuérdate de llevar también las servilletas, que no se te olvide.
‑Pero mamá, ¡¿qué has hecho?! –exclamé, con los ojos abiertos como platos. Empecé a sentir que me faltaba el aliento.
‑Anda, hijo, venga ya. –me contestó‑. No exageres, que no es para tanto. Me había quedado sin carne, y como hoy es festivo la carnicería no está abierta. ¿Qué querías que hiciera? Algo tendré que servir a tus abuelos. ¿O preferías que te hubiese cocinado a ti?
‑Pero…
‑Anda, no te apures. Te buscaré otra mascota. Venga, ya verás lo bien que me sale esta vez el guiso. ¿No lo notas ya? Huele de maravilla.
Tuve que admitir que tenía parte de razón. Es decir, que después de cocinarlo Bobby sabía estupendamente. Quizás un poco duro, aunque gracias a la salsa de pimientos apenas se notaba. Insisto en que mi madre era una gran cocinera. Me prometí que nunca la perdonaría, si bien luego resultó que mi odio hacia ella no podía durar. Al fin y al cabo, seguía siendo mi madre.
Al principio pensé que me negaría a comerme a mi perro. Pero cuando unas horas más tarde estuvimos los cuatro sentados a la mesa, y mi madre me sirvió la comida, el estómago comenzó a rugirme. Sentí hasta vergüenza. No pude contenerme y ataqué mi plato como si no hubiera comido en veinte años. Luego unté la salsa con el pan y pregunté si podía repetir. A mis abuelos también les gustó el menú. Creo que fue la primera vez que les oí elogiar a mi madre; dijeron que cada día cocinaba mejor. Incluso hablaron de volver en Año Nuevo para probar otro de sus deliciosos guisos. Claro que ellos no sabían cuál era el ingrediente principal. Lo achacaron todo al aceite, que era de oliva virgen. Bueno, seguro que esto también tuvo que ver.
Ahora ya han pasado muchos años, y yo sigo utilizando exclusivamente aceite de oliva para cocinar. Es el mejor. Lo aprendí de mi madre.



