6. El color del tiempo

Amapola Jacarandosa

 

Aquel no era un viaje de asfalto y prisa; era un regreso a la raíz. Cuando cruzamos la frontera de Jaén, el horizonte se transformó en un mar verde plata que mecía las lomas bajo el sol de la tarde. No veníamos buscando monumentos de piedra, sino la catedral viva de un olivar milenario.

El guía, con las manos curtidas y la voz pausada de quien entiende los ritmos de la tierra, nos invitó a rozar las hojas lanceoladas y a abrazar un tronco retorcido por los siglos. En sus arrugas de madera leímos historias de heladas, cosechas y manos que, generación tras generación, habían mimado el fruto.

Más tarde, en la almazara, el aire se volvió denso, casi sagrado. El aroma a hierba recién cortada y tomate verde inundó el espacio antes de la cata. Al deslizarse el hilo de oro líquido sobre los labios, el paladar estalló en un frescor amargo y picante. Comprendimos entonces que el oleoturismo no es solo contemplar un paisaje; es saborear el tiempo, respirar la tradición y llevarse en el alma el latido de una tierra que alimenta al mundo.

 

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