1. Raíces fuertes
La luz del amanecer en la loma del Viento no llegaba como un resplandor, sino como una navaja fría que iba cortando la niebla en tiras de plata. Carmen se detuvo un instante antes de bajar del todoterreno, dejando que el motor roncara al ralentí, calentando el habitáculo saturado de olor a gasoil, café de termo y lana húmeda. Miró sus manos sobre el volante. Eran manos jóvenes, pero la piel de los nudillos ya empezaba a cuartearse por el aire de la sierra y el roce constante del esparto y el hierro.
A sus veintiocho años, Carmen asumía por primera vez la capitanía de la cuadrilla en la finca familiar, una extensión de olivar viejo, de troncos retorcidos que parecían hombres de rodillas suplicando al cielo de Jaén. No era un premio; era una herencia de fuego. Su padre, con la espalda rota tras cuarenta campañas, la miraba desde el porche de la casa con una mezcla de orgullo y temor sepulcral. En el pueblo, los murmullos corrían más rápido que el agua del pozo: «Una lindeira al mando. Los olivos no entienden de faldas, Carmen. Te vas a estrellar contra la piedra».
Abrió la puerta. El frío de enero le cruzó la cara como un latigazo.
—¡Vamos, arriba! —gritó, alzando la voz por encima del viento—. Que el sol no nos pille con las mantas dobladas.
De la parte trasera y de los otros dos coches empezaron a salir los jornaleros. Doce hombres y cuatro mujeres. Ellos, corpulentos, con los andares pesados de quienes llevan el peso del campo incrustado en los huesos. Ellas, más bajas, embozadas hasta los ojos con pañuelos y bufandas, dejando ver solo unas miradas afiladas, acostumbradas a rendir el doble para recibir la mitad de respeto.
Entre los hombres sobresalía Manuel. Tenía cincuenta años, los brazos como ramas de encina y una mirada que Carmen conocía bien: la de quien cree que la veteranía es un grado militar y el género, una limitación física incurable.
—Carmen —dijo Manuel, arrastrando las botas por la tierra escarchada mientras se ajustaba el arnés de la vibradora de gasolina—, esa zona de la cañada está dura. Los árboles tienen la aceituna agarrada. Deja que los hombres vayamos delante con las máquinas. Las muchachas que se queden detrás, recogiendo el suelo y tirando de los mantones. Es lo suyo.
Carmen lo miró fijo. El aire que exhalaba formaba una pequeña nube blanca entre los dos.
—Las parejas están hechas desde ayer, Manuel —respondió con voz firme, sin estridencias, pero sin dejar espacio a la réplica—. Rocío va contigo a la vibradora. Tú tiras la mitad de la hilera y ella la otra mitad. Lucía y Juana van con las varas de fibra. Aquí no hay «lo suyo», hay tajo. Y el tajo es igual para todos.
Manuel soltó una risa seca, un chasquido entre los dientes que buscó la complicidad de los otros varones. Algunos bajaron la cabeza; otros sonrieron de medio lado.
—La máquina pesa quince kilos, zagalona. A mitad de mañana a la muchacha se le van a saltar las lágrimas del esfuerzo. No es por mal. Es por la broza. No vais a sacar los kilos.
—Si no sacamos los kilos, la responsabilidad es mía, no tuya —zanjo Carmen—. A los olivos.
El estallido de los motores rompió la paz de la mañana. El sonido de las vibradoras, ese tableteo incesante que vibra en los dientes y en las sienes, llenó el valle. Rocío, una mujer de treinta y dos años, menuda, pero con nervios de acero, se colgó el arnés de la máquina. Manuel la miraba de reojo mientras enganchaba la pinza al primer ramal de un olivo centenario. La vibradora bramó y el árbol entero se sacudió en un espasmo violento, lloviendo una catarata de aceitunas verdes y moradas sobre los mantones de polietileno extendidos en el suelo.
Carmen no se quedó en la linde mirando las planillas. Se amarró el pañuelo a la cabeza, se puso los guantes de nitrilo y agarró una vara de tres metros. Se colocó frente a Juana, una mujer de cincuenta y tantos que llevaba toda la vida viviendo de la dote del olivar, pero siempre a la sombra de un marido o un hermano.
—¿Vamos, Juana? —preguntó Carmen.
—Vamos, niña. Que no digan.
Las dos mujeres comenzaron el compás. El vareo es un arte antiguo, una danza donde la fuerza bruta no sirve de nada si no va acompañada de ritmo y puntería. No se trata de apalear al árbol; se trata de deslizar la vara con un golpe seco en la punta de la rama para que el fruto caiga limpio, sin herir la corteza, sin romper los brotes nuevos que darán la cosecha del año venidero. Manuel y los hombres más jóvenes solían castigar la madera, confiando en sus bíceps. Carmen y Juana se movían con una cadencia matemática. Zas, zas, zas. Las aceitunas repicaban sobre el plástico como granizo sobre un tejado de zinc.
Al mediodía, el sol de invierno se había quedado estancado en lo alto, un ojo de buey descolorido que no terminaba de calentar. Las manos dolían. Las vibradoras pesaban el doble y el humo del escape se pegaba a la garganta mezclado con el polvo flotante del suelo reseco.
Carmen vio a Rocío detener su máquina. La mujer respiraba agitada, apoyando el motor sobre el muslo. Manuel, a unos metros, cargaba su tercera tolva de aceituna con aire de suficiencia.
—¿Qué pasa, Rocío? —se acercó Carmen, ofreciéndole un trago de agua.
—El arnés, Carmen. Está diseñado para un cuerpo de hombre. Me presiona el pecho y me tira de las lumbares de mala manera. Me cuesta mantener el equilibrio cuando la pinza engancha arriba.
Carmen examinó las correas. Tenía razón. Toda la maquinaria agrícola, desde las vibradoras hasta los chalecos de protección, estaba fabricada bajo el patrón de la fisionomía masculina. Para una mujer, manejar aquello no era solo una cuestión de fuerza, sino de luchar contra una ergonomía que la rechazaba.
—Espera —Carmen se arrodilló. Sacó una navaja del bolsillo, cortó un trozo de una manta vieja de transporte que tenían de repuesto y lo acomodó como almohadilla bajo las axilas y el pecho de Rocío, reajustando las hebillas en diagonal—. Prueba ahora. El centro de gravedad cambia. No intentes pararla con los brazos; deja que la vibración muera en la cadera. Usa las piernas.
Rocío arrancó de nuevo. El truco funcionó. El balanceo de la máquina ya no la arrastraba; ahora era ella quien dominaba el cabeceo del metal. Manuel la observó desde su hilera. No dijo nada, pero el ritmo de su propio trabajo aumentó, como si verse alcanzado por una mujer fuera una afrenta personal que la tierra no pudiera perdonar.
A las dos de la tarde llegó el momento de la lumbre. El almuerzo en el olivar es un ritual sagrado, un espacio de tregua donde las jerarquías del campo suelen diluirse… o marcarse más a fuego.
Los hombres se sentaron alrededor de una hoguera improvisada con los restos de la poda del año anterior. Sacaron las fiambreras, el pan moreno, el tocino y las navajas. Las cuatro mujeres se colocaron un poco más apartadas, junto a las cajas de recolección, compartiendo un termo de caldo.
Carmen decidió romper el muro invisible. Cogió su navaja y se sentó directamente sobre un tronco cortado, al lado de Manuel.
—Buen ritmo llevamos, Manuel. Si seguimos así, terminamos la cañada antes del viernes—dijo, cortando un pedazo de queso.
El hombre masticó despacio, mirando las brasas.
—El ritmo es bueno, Carmen. Pero las mujeres os vais a quemar. Esto son tres meses de arrastrar mantos por el barro cuando llueva, de cargar esuertas de cuarenta kilos. Vuestro padre lo hacía de otra forma. Él sabía que cada uno tiene su sitio.
—El sitio de mi padre era el que le daba su tiempo, Manuel —replicó Carmen, manteniendo la calma—. El mío es este. Las esuertas de cuarenta kilos ya no se cargan a pulso, para eso tenemos la pluma del tractor. El campo ha cambiado. Lo que antes requería reventarse los riñones, hoy requiere cabeza y maña. Y de eso, en esta cuadrilla, nadie va escaso. Sea hombre o mujer.
Juana, que escuchaba desde el grupo de las mujeres, se levantó y se acercó a la lumbre. Sus ojos cansados, rodeados de arrugas que guardaban la memoria de mil soles, brillaron con una chispa inusual.
—Manuel —dijo la mujer mayor, con la autoridad que da la edad—, yo he estado en este olivar desde que tenía diez años. He cogido del suelo lo que los hombres dejábais arriba, de rodillas, con las manos congeladas y los sabañones abiertos, mientras cuidaba de que mis hijos no se cayeran al arroyo. He trabajado la misma tierra que tú, las mismas horas, y cuando llegaba a casa, mi jornada seguía en la cocina mientras tú te ibas al bar. No me hables de fuerza. La fuerza no está solo en los brazos. Está en el aguante. Y en eso, no nos ganáis.
Un silencio espeso cayó sobre la lumbre. Solo el crujir de la madera de olivo rompía la tensión. Los jornaleros más jóvenes miraron a Manuel, esperando el rugido del viejo león. Pero Manuel no rugió. Miró las manos de Juana, que eran idénticas a las de su propia madre: nudosas, oscuras, transformadas por la misma madera que les daba de comer. Bajó la mirada hacia su fiambrera y asintió una sola vez, imperceptiblemente.
El jueves por la tarde la nube negra que venía del Atlántico cumplió su amenaza. El cielo de Jaén se cerró en un color plomo y la lluvia empezó a caer, primero como un calabobos pertinaz y luego como una cortina densa que convirtió el polvo de la loma en un fango arcilloso, traicionero, que se pegaba a las botas como plomo.
Trabajar bajo la lluvia en el olivar es un infierno silencioso. El agua duplica el peso de los mantones, la aceituna se resbala entre los dedos y los troncos se vuelven patíbulos resbaladizos.
—¡Carmen! —gritó el conductor del tractor desde la cabina, asomando la cabeza—. ¡Hay que parar! El camino de salida se está ablandando. Como carguemos el remolque a tope, el tractor se queda varado en la cuesta de la Gitana y de ahí no lo saca ni la Guardia Civil.
Carmen miró el suelo. Faltaban apenas unas veinte hileras para rematar la cañada. Si paraban ahora, la aceituna que quedaba en el árbol perdería calidad, el rendimiento descendería y la cooperativa pagaría menos por el aceite de esa partida. Sería el fracaso de su primera semana al frente. Los murmullos del pueblo volverían, victoriosos.
Se volvió hacia la cuadrilla. Estaban calados hasta los huesos, los rostros pálidos por el frío, las ropas chorreando.
—¡Escuchadme! —gritó Carmen, subiéndose a una caja de plástico para que todos la vieran—. El camino se está perdiendo. Tenemos dos opciones: o nos retiramos ahora y dejamos la cosecha a medias, perdiendo el jornal de mañana y el valor de este aceite, o redoblamos las parejas. Cambiamos la estrategia. No usaremos el tractor en la cañada. Sacaremos las esuertas a la linde superior usando el mulo mecánico y cadenas humanas. Sé que es duro. Sé que estáis cansados. Pero si terminamos hoy, mañana descansamos y cobramos la partida completa como aceituna de vuelo premium. ¿Qué hacemos?
Manuel dio un paso al frente, con el agua chorreándole por el ala del sombrero. Miró a los hombres y luego a las mujeres. Vio a Rocío, que seguía con la vibradora colgada, firme como una estatua de bronce; vio a Juana, con la vara en alto, desafiando a la tormenta.
—La cañada es nuestra, Carmen —dijo Manuel. Su voz ya no tenía el tono condescendiente del lunes; era la voz de un soldado que reconoce a su general—. Dinos dónde nos ponemos.
Esa tarde no hubo hombres ni mujeres en la loma del Viento. Hubo una sola máquina humana, coordinada, perfecta. Carmen se colocó en el punto más difícil, en la mitad de la pendiente, donde el fango tiraba de los tobillos hacia abajo. Recibía los capachos llenos de manos de los hombres, se los pasaba a Rocío, que a su vez los elevaba hacia Juana y Lucía en la zona alta. Las fuerzas flaqueaban, pero el ritmo no decayó. El esfuerzo físico se convirtió en una cuestión de orgullo colectivo. Las mujeres demostraron una resistencia neumática, un equilibrio asombroso en el terreno resbaladizo; los hombres aportaron el empuje necesario en los momentos donde el barro amenazaba con tragar los utensilios.
Cuando el último capacho se volcó en el remolque, el sol ya se había ocultado tras la cortina de agua. Eran las seis de la tarde. Estaban cubiertos de barro desde las botas hasta las pestañas, exhaustos, tiritando. Pero la cañada estaba limpia. Ni una sola aceituna se había quedado atrás.
Tres semanas después, el salón de actos de la Cooperativa de la Santa Cruz estaba abarrotado. Era la junta general de mitad de campaña. El olor a aceite de oliva virgen extra recién prensado, ese aroma verde, frutal, con notas de tomate y hierba cortada, lo inundaba todo.
Carmen estaba sentada en las últimas filas, con las manos limpias pero aún marcadas por las cicatrices del campo. Su padre estaba a su lado, vestido con el traje de los domingos, el bastón apoyado entre las piernas.
El presidente de la cooperativa subió al estrado, aclarándose la garganta frente al micrófono.
—Señores socios, señoras socias —comenzó, ajustándose las gafas—. Queremos hacer una mención especial antes de pasar al orden del día. Este año, debido a las tormentas de enero, muchas fincas han tenido pérdidas severas en el rendimiento de la aceituna. Sin embargo, hay una partida que ha obtenido la máxima calificación fitosanitaria y el mayor índice de rendimiento graso de la comarca. Un aceite de oliva virgen extra de recolección temprana que ya ha sido precomprado para la exportación.
El presidente hizo una pausa, mirando hacia el fondo de la sala.
—Hablamos de la partida de la loma del Viento. Y queremos felicitar públicamente a su nueva capataz, Carmen Delgado, y a toda su cuadrilla, por haber logrado lo que muchos consideraban imposible en esas condiciones meteorológicas.
Un aplauso cerrado estalló en el salón. Carmen sintió que la sangre le subía a las mejillas. Su padre le apretó el brazo con una mano temblorosa, los ojos empañados por unas lágrimas que se negó a dejar caer.
Al salir al patio de la cooperativa, el aire de la noche era limpio y estrellado. Manuel estaba allí, junto a otros agricultores, fumando un cigarrillo cerca de los camiones de descarga. Al ver a Carmen, se desmarcó del grupo y se acercó a ella. Los otros hombres se quedaron mirando, esperando ver qué hacía el viejo capataz.
Manuel se detuvo frente a Carmen. Se quitó la gorra, un gesto de respeto antiguo que en el mundo del campo gallego y andaluz lo dice todo sin pronunciar palabra.
—Enhorabuena, capataz —dijo, extendiendo su mano derecha. Una mano enorme, agrietada, que parecía un pedazo de tronco de olivo.
Carmen miró la mano y luego los ojos del hombre. Ya no había burla, ni duda, ni superioridad. Solo la aceptación de una verdad que la tierra misma había dictado bajo la lluvia.
—Gracias, Manuel —respondió ella, estrechándole la mano con fuerza, sintiendo el callo compartido, la fraternidad del esfuerzo—. El lunes empezamos con la poda. Y cuento contigo.
—Y yo contigo, Carmen. Con todos nosotros.
Carmen caminó hacia su coche, sintiendo que el suelo que pisaba ya no era el mismo. Las lomas de Jaén seguían allí, extendiéndose hasta el infinito bajo la luna, pero los olivos ya no parecían hombres de rodillas suplicando al cielo. Ahora, bajo la luz de la noche, parecían gigantes de pie, cuyas raíces se entrelazaban con la fuerza invisible, igualitaria y eterna de quienes los trabajaban con la misma dignidad. El latido de la madera ya no era solo de ellos; era, por fin y para siempre, de todas.



