440. La cruz de los Castillo

Leyre Zárate

 

Apenas despuntaba ese primer viernes de primavera cuando Paco Castillo se levantó de la cama. Aquel dolor de espalda era ya insoportable. Sería por el viejo colchón. O por esa cabezonería suya de seguir trabajando sus olivares a diario. Descendiente de una larga estirpe de labradores, había pasado toda la vida dedicado al cultivo de olivos. Una vez jubilado, no sabía hacer otra cosa y se compró un terrenito colindante para entretenerse.

Esa misma mañana decidió que bajaría al centro de salud. Había perdido la cuenta de la última vez que se había puesto en manos de un matasanos. Desde joven había tenido una salud de hierro y solo cuando el dolor empezó a ganarle terreno aceptó que, quizá, ya no bastaba con aguantar.

Se aseó y desayunó lo de siempre: una rebanada de pan con su propio aceite de oliva, un trozo de queso y un café con leche. Nada más verter ese hilo verde oscuro, casi negro que brillaba bajo la luz de la cocina, ese aroma inconfundible ascendía desde el pan: picante, herbáceo, vivo. Llevaba toda una vida haciéndolo así. Su abuelo lo hacía. Su padre lo hacía. Y él seguía haciéndolo, aunque fuera el último en Corella que aún prensaba sus aceitunas con los métodos de siempre, en la vieja almazara de piedra, mientras las cooperativas producían variedades estandarizadas que no sabían a nada.

Antes de salir de casa cogió su zurrón, lo abrió, sacó la única foto que conservaba de Nieves y la besó. No había día en que no se hubiera arrepentido de aquella decisión. Se maldecía a sí mismo desde entonces. Y con ese vacío que le taladraba el alma había aprendido a sobrevivir.

Salió y no cerró con llave. Hacía semanas que no era capaz de recordar dónde la había guardado. O quizá se le había perdido. De cualquier modo, nadie querría entrar en aquella vieja casona de piedra a las afueras de Corella, en la Ribera navarra. El pequeño patio que daba acceso al camino era una auténtica pocilga: cachivaches oxidados, botellas vacías de aceite bajo un humilde cobertizo, malas hierbas y zarzas creciendo por doquier. Mientras que cualquiera habría acabado con la piel llena de arañazos al pasar por allí, Paco no. Verano o invierno, él siempre vestía camisa de cuadros de manga larga, pantalones de pana y su inseparable gorra gris.

Y mientras avanzaba hacia el centro de salud de Corella, aquel primer viernes de primavera comenzaba allí la jornada de trabajo.

—Hola, buenos días. Soy Roque, el nuevo médico.

—Buenos días. Encantada, Roque. Soy Águeda Alonso, la directora. ¡Qué ganas de que llegaras! Hacía ya varios meses que pedíamos un refuerzo. Nos vienes del cielo.

—¡Vaya, Águeda! Pues espero no defraudar.

—Seguro que no, Roque. Ven a conocer al resto del equipo. Todavía falta un buen rato antes de que abramos.

Caminar era otra de las aficiones de Paco. La bajada hasta el centro de salud le resultó más larga que otros días, pero placentera a más no poder. Aquella mañana de cielo despejado aparecía ataviada con los olivos grises verdosos de la Ribera, con sus ramas nudosas y generosas. Dando los buenos días al astro rey, se dejaban mecer por una suave brisa. Los pajarillos revoloteaban sobre ellos y jugaban a esconderse dentro. Trinaban, piaban y gorjeaban felices por recibir un nuevo día.

Paco se contagió de esa dicha y, de repente, él también se sintió feliz de poder estar vivo. Hacía mucho que no se estremecía tras sentir la luz del sol envolviéndolo. O el viento acariciándolo. Se dio cuenta de que todo empezó tras enviudar, poco después de que Nieves abandonara el pueblo. Así fue, de un plumazo, su vida se vació de luz y alegría. Desde entonces la soledad pasó a ser su única compañera.

Al pasar junto a los viejos olivares de sus vecinos, Paco recordó las épocas de recolección de antaño. Los tiempos en que Corella entera se reunía en los campos cuando la cosecha llegaba. Hombres y mujeres bajo el mismo sol, recogiendo aceitunas, llenando cestos de mimbre. Los molinos trabajando de día y de noche durante semanas. El olor inconfundible del aceite siendo prensado en la almazara, ese aroma que impregnaba el pueblo entero, que se colaba en las casas, en la ropa, en la piel. Los turnos de los hombres vigilando la prensa, el descanso de las mujeres en el patio. Las voces compartidas, las coplas cantadas mientras esperaban. Hacía mucho que no era consciente de cuánto añoraba aquellos años.

Paco llegó al centro de salud.

—Buenos días, don Francisco. ¡Dichosos los ojos! ¡Cuánto hacía que no lo veíamos por aquí!

—Buenos días nos dé el Señor, Águeda. Cierto, tiempo ha. Ya sabe que nunca me he sentido bien con médicos cerca.

—Pues tiene suerte, don Francisco. En todos los años que llevo trabajando aquí, no creo que sus visitas sumen los dedos de una mano.

—Bueno, eso de trabajar la tierra le hace a uno fuerte.

—Hoy es el primero en llegar, de costumbre. Y sin cita… ¿verdad?

—Sí. Hay hábitos que no hay que perder nunca, Águeda.

—Mire, don Francisco, le presento a Roque. Es nuestro nuevo médico de familia. Hoy es su primer día y usted su primer paciente.

—Pues buenos días, doctor.

—Muy buenos días, don Francisco. Sígame.

—No, no. Espero aquí en la puerta hasta la hora oficial. Puede llamarme Paco. Roque se llama, ¿verdad?

—Sí, así es.

—Bonito nombre. De los de antes.

—Bueno, Paco, será que vuelve lo clásico. Y venga, entre, que lo atiendo ahora. De verdad que no me importa.

—Bueno, doctor, si se empeña, pues entro.

—Llámeme solo Roque y tutéeme, por favor.

—Vale, Roque. Como quieras.

—Siga recto hasta la segunda puerta a la derecha.

—¡Ahí va! Yo no recordaba así este ambulatorio. Antes era mucho más oscuro y algo desvencijado.

—Bueno, ya ve. Personal y equipamiento renovado. Cuénteme qué le pasa.

—Hace ya tiempo que la espalda me trae por la calle de la amargura.

—¿Es la primera vez que le da guerra?

—No, hijo. Es lo que tiene el labrantío. Tuve molestias durante años, pero no le daba importancia. Tras jubilarme, el dolor empezó a ser constante.

—Quítese la camisa y túmbese sobre la camilla boca abajo, por favor.

—¿Puedo preguntarte algo, Roque?

—Por supuesto.

—¿Cómo es que has venido a Corella? ¿Qué te trae por aquí? ¿De dónde eres?

—Vaya batería de preguntas, Paco. Le cuento mientras le voy reconociendo. Yo nací y crecí en Barcelona, pero mi madre nació en este pueblo.

—¿En Corella?

—Sí, pero tuvo que salir en busca de una vida mejor.

—Sí, hijo, muchos emigraron.

—Mi madre se fue sola y nunca más volvió. Una vida llena de estrecheces y trabajo duro. Me crió porque mi padre se desentendió y no quiso saber nada de ella en cuanto supo que estaba embarazada.

—¡Vaya! Un malnacido me parece. Disculpa, Roque, pero no es de recibo que un hombre abandone a su mujer. Y, encima, cuando va a traer un hijo al mundo.

—Eso he pensado siempre yo. Aunque mejor que fuera así.

—¿Mejor así, dices? Debió de ser muy duro para tu madre.

—Me refería a que si mi padre la abandonó es porque no la quería. Tan solo se aprovechó de ella.

—Sí, eso parece.

—Y respecto a lo de ser madre soltera, sí, Paco, fue muy duro. Me contó que siempre trabajó en un hospital. Fregó escaleras, remendó sábanas, limpió váteres, sirvió comidas… Desde muy niño la recuerdo diciéndome que, aunque todos tuviéramos dos manos para ganarnos la vida, había que estudiar.

—Así lo dicen los Evangelios en la parábola de los talentos.

—Mi madre también me ponía ese ejemplo desde muy chico. Me decía que el miedo, la pereza o la cobardía no podían echar a perder mi capacidad para estudiar y aprender. Tenía la obligación de desarrollar mis aptitudes y convertirme en un hombre de provecho.

—Roque, tu madre tenía mucha razón. Te enseñó bien que en esta vida hay que esforzarse. En nuestras manos está desarrollar nuestros talentos para que den fruto abundante.

—Cierto, Paco. Si no hubiera sido por ella, no habría sido médico.

—Oye, Roque, tu madre no se casó nunca? ¿No tuvo más hijos?

—No. Decía que había heridas que, aunque cerraran, seguían doliendo. Hubo más de un hombre que la hizo sufrir. No solo mi padre, sino también el suyo propio. Tuvo que marcharse de casa cuando él supo que se había quedado embarazada.

Paco no dijo nada. Se quedó mirando a Roque.

Luego, con una voz entrecortada por la emoción, le preguntó:

—Roque… —tuvo que tragar saliva. ¿Cómo se llamaba tu madre?

—Nieves Castillo.

Paco dejó de respirar un instante. Miró a Roque y reconoció en él algo que llevaba años evitando mirar. Vio el rostro de su querida Nieves en el de su nieto. La imagen se le hizo borrosa por las lágrimas. Sintió de golpe el peso de la soledad que venía acompañándolo desde aquella fatídica decisión. Sus manos callosas, endurecidas por décadas de trabajo, se apoyaron en la camilla. Despacio, se incorporó y se sentó sobre ella.

—Nieves… —murmuró— mi niña bonita…

—Ella siempre me habló de ti, abuelo, pero nunca con rencor. Decía que, aunque no entendiera tu decisión, la había aceptado porque sabía que, en el fondo, la querías. Y que, algún día, cuando las circunstancias lo permitieran, yo me encargaría de encontrarte.

—¿Encontrarme a mí, dices? Pero, Roque, yo no soy digno de esto, hijo. Fui yo quien la obligó a marcharse. Yo la eché de casa, del hogar que debía protegerla. Pensé que hacía lo correcto porque la honra estaba por encima de todo, pero no fue así. Perdí a mi niña.

—Ella sabía eso, abuelo. No te mortifiques más, anda.

—Roque, cada día me he arrepentido por ello. Y mi penitencia diaria fue la mayor de las soledades que un padre pudiera imaginar jamás. Horas, días, semanas, meses, años sin poder verla, abrazarla, besarla. Poco después, perdí a mi mujer. Murió de pena. Pensé que tanta soledad me mataría a mí también, pero aquí estoy. Lo que nunca imaginé es que un día alguien vendría a traerme de vuelta su nombre.

—Mi madre me contó algo que me llamó siempre la atención, abuelo. Ella nunca volvió a Corella, casi no hablaba de su pasado, pero cada año, en noviembre, cuando llegaba la temporada de la cosecha, amasaba su propio pan y elaboraba también su propio aceite. Nunca quiso comprarlo hecho, ni siquiera cuando el dinero escaseaba y habría sido más fácil. Iba a los mercados y buscaba aceituna. Se compraba un molino manual pequeño, de esos viejos, y prensaba el aceite en la cocina de nuestro piso pequeño en Barcelona.

—¿Ella hacía aceite en Barcelona? —preguntó Paco, incrédulo.

—Sí, abuelo. En una cocina tan pequeña que apenas cabían dos personas. El olor a aceite fresco se propagaba por todo el piso. Y siempre, antes de meter el aceite en las botellas, marcaba una cruz pequeña en el cristal. Con tinta azul. Decía que era para que se acordara de dónde venía. Nunca entendí bien qué quería decir con eso.

Paco sintió que se le erizaba la piel y que las lágrimas salían sin pedir permiso.

—Esa cruz, hijo… esa cruz se la enseñé yo. Se la enseñó mi madre a la mía, y yo a Nieves, en la cocina de casa. Nunca imaginé que, después de todo lo que pasó, ella se la hubiera llevado consigo, tan lejos, en el bolsillo del corazón.

Paco se levantó. Sus piernas flaquearon y tuvo que apoyarse con ambas manos sobre los hombros de Roque. Lo miró largo rato en silencio. Luego lo abrazó con torpeza, con los brazos endurecidos por el trabajo de toda una vida.

—Gracias, hijo… gracias por venir. No sé cómo podré devolverte todo lo que me has dado hoy. Oye…¿y ella sigue viviendo aún en ese piso de Barcelona?

—No, abuelo. Desgraciadamente murió días antes de que pudiera comunicarle que había conseguido esta plaza de médico de familia en Cascante. Un aparente catarro, dolor de cabeza y rigidez en el cuello, pero que resultó ser una meningitis fulminante. Aquella tarde le recomendé tomarse un paracetamol y acostarse. No volvió a despertar.

Roque tuvo que taparse la cara, sollozando con amargura. Esta vez, las lágrimas no le pedían permiso para salir. Paco se puso en pie. Sus piernas flaquearon y tuvo que apoyarse con ambas manos sobre los hombros de Roque antes de abrazarlo. En silencio, dejó que ahora fuera su nieto quien se desahogara.

—Ya ves, abuelo…yo también tengo mi culpa…¡No fui capaz de detectarlo para llamar a una ambulancia! Si lo hubiera hecho, ella todavía estaría viva. Perdóname, abuelo.

— No te culpes, Roque. No merece la pena que te tortures pensando en algo que ahora es ya imposible. El que tiene que perdonar eres tú a mí. Por todo lo que no supe hacer. Por los años de silencio. Por no haber encontrado el modo de estar a vuestro lado cuando más lo necesitabais. Por no haber sabido ser el padre que tu madre merecía ni el abuelo que tú hubieras debido tener. Perdóname por haberla dejado sola.

―Ya no importa el pasado, abuelo. No debe importarnos a ninguno de los dos porque ahora estoy aquí contigo. Y tú conmigo. Nos tenemos el uno al otro. Tenemos tiempo que recuperar. Tenemos que darle candela a tantos años que no pasamos juntos.

Los dos lloraban y reían a la vez mientras el reloj del centro de salud marcaba las 9:00 en punto y abría sus puertas. Afuera, las campanas comenzaron a repicar sobre Corella con fuerza, exultantes y gozosas. Un sol radiante de primavera se colaba ya entre los tejados, haciendo aún más hermosa la sobriedad de las casas de piedra. Corría por la Ribera una frescura clara, de aire revitalizante. Los pájaros canturreaban en los aleros y entre los olivos. El peso de la soledad que abuelo y nieto habían cargado durante tanto tiempo comenzaba a desvanecerse.

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