443. La tierra que queda

Lluc Atzet Riudor

 

El día que murió mi abuelo, encontré una aceituna en el bolsillo de su chaqueta. Era pequeña, arrugada, casi negra. Y la guardé con la esperanza de no olvidar. Así que durante años permaneció en un cajón junto a las llaves de la casa que él, siempre empecinado en aquello, nunca quiso vender. Cuando finalmente decidí vaciarla, la encontré otra vez. Y me sorprendió que siguiera allí, aunque no supe por qué había esperado tanto para tirarla. Entonces recordé algo. Cada otoño, mi abuelo elegía una sola aceituna antes de comenzar la cosecha. La envolvía en un trozo de papel y escribía detrás una fecha. Nunca entendí para qué. Pero busqué las demás y no encontré ninguna. Solo quedaba aquella. Desdoblé el papel. La fecha era la del día en que nací. Debajo, con su letra temblorosa, había escrito:

“Este año ha empezado otra cosa”.

Salí de la casa y caminé hasta el olivar. Los árboles estaban siendo arrancados. Me quedé mirando el suelo y pensé que tal vez yo, su único nieto, siempre debí ser su cosecha favorita.

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