439. El océano en la botella

Lluc Atzet Riudor

 

Cuentan las historias de todos los lugares que he visto que en ningún sitio se entiende del todo el paso del tiempo. Debí entrar en contacto con esa idea cuando todavía era un niño, en aquellas tardes en las que mi abuelo volvía del campo con las manos negras y una aceituna entre los dedos. Así que aquello me obsesionó durante media vida. Y cuando me despidieron del trabajo, me fui al sur, cerca del mar, en busca de alguna clase de tesoro. No sabía exactamente qué esperaba encontrar. Tal vez una finca antigua o alguna de esas cosas que aparecen en los relatos de viajeros y que después resultan mucho más pequeñas cuando uno las tiene delante.

Viajé hacia el sur, hacia ningún sitio en particular, siguiendo carreteras secundarias y pueblos que parecían haberse quedado fuera de los mapas. En algún lugar cerca de donde el invierno tarda más en llegar, donde los olivos ocupan las laderas y el aire huele algunas noches a leña y a aceituna molida. Era un paisaje que había visto muchas veces en fotografías, aunque las fotografías no servían para explicar el silencio que quedaba entre una finca y la siguiente.

Al poco de llegar, compré una botella de aceite en una pequeña almazara. No era especialmente bonita. El vidrio era oscuro y la etiqueta estaba escrita a mano. El hombre que me la vendió insistió en contarme su historia, como si necesitara explicar algo que ni siquiera yo había preguntado. Me dijo que procedía de una parcela vieja, de olivos que apenas producían ya lo suficiente para que mereciera la pena recogerlos, y que aquel aceite solo se hacía algunos años, cuando la cosecha coincidía con una serie de circunstancias difíciles de repetir. Yo escuché y después compré la botella. No porque fuera un aceite excepcional. Al menos todavía no sabía si lo era. La compré porque había algo en la manera de hablar de aquel hombre que me hizo pensar que en aquel lugar incluso las cosas pequeñas acumulaban demasiadas historias.

Aquella misma tarde conocí a una mujer. O quizá sería más exacto decir que conocí sus manos antes que a ella. Estaba sentada en la terraza de un bar, limpiando unas aceitunas de una bolsa de papel mientras hablaba con otra persona. Levantó la cabeza cuando pasé delante de la mesa y nos miramos apenas un instante. Luego continué caminando. Así debí conocerla.

Pero no ocurrió nada especial. Al día siguiente volví a verla. Y al otro también. Después empecé a buscarla sin admitir que lo hacía. Cuando finalmente hablamos, me dijo que llevaba toda la vida allí. Yo le conté que acababa de llegar, aunque en realidad llevaba semanas recorriendo pueblos sin saber muy bien qué buscaba. Ella se rio. Yo empecé a quedarme por aquella sonrisa. Primero unos días, después unas semanas. Luego dejé de contar.

La botella de aceite permanecía en la habitación que había alquilado. No la abría. Me parecía que hacerlo podía estropear algo. La había comprado como quien compra una cosa que piensa conservar durante mucho tiempo, aunque no sepa exactamente para qué. La mujer se llamaba Clara.

Tenía una casa pequeña junto a una extensión de olivos que pertenecía a su familia desde hacía varias generaciones. No era una finca especialmente grande ni especialmente hermosa. Había otras mucho mayores, y algunas con árboles más viejos y mejor cuidados. Pero a mí me gustaba aquella. Me gustaba cómo se veía al final de la tarde. Me gustaba el ruido que hacían las ramas cuando soplaba viento. Me gustaba que Clara supiera distinguir un olivo solo por la forma de su tronco. Y me gustaba que nunca pareciera tener prisa. Así que intenté comprender todo cuanto podía abarcar en mis brazos y empecé de cero.

Me quedé. No recuerdo exactamente cuándo decidí hacerlo. Quizá no hubo ninguna decisión. Quizá algunas cosas empiezan a quedarse cuando uno deja de buscar una fecha para marcharse. Una mañana me llevó hasta una parcela que estaba al otro lado del pueblo. Había allí un olivo enorme, abierto por la mitad por una tormenta muchos años atrás. Una de sus ramas seguía viva y daba aceitunas.

—Ese árbol estaba aquí antes que la casa —me dijo.

—¿Cuánto antes?

—No lo sé.

—¿Y nadie lo sabe?

—No, pero no importa demasiado.

Muchas veces me gustaba aquella indiferencia suya. Y volvimos otras veces. De hecho, con el tiempo, aquella parcela se convirtió en uno de nuestros lugares. Nos sentábamos debajo del árbol y hablábamos de cosas que entonces me parecían importantes. Del trabajo que yo había perdido, de los padres de Clara, de la ciudad a la que no quería volver, de los años que ella había pasado pensando que algún día se marcharía. Por entonces empecé a fijarme también en lo que había alrededor. El pueblo tenía cada vez más casas cerradas y menos persianas levantadas por las mañanas. Había antiguos bares convertidos en almacenes, talleres que llevaban años sin abrir y parcelas abandonadas donde las ramas crecían sin que nadie las podara. Los hombres que todavía trabajaban el campo hablaban de las cosechas como quien habla de algo que pertenece a otra época, y los jóvenes que encontraba cuando volvía al pueblo los fines de semana hablaban de marcharse como si quedarse fuera una forma de retrasar una decisión que ya habían tomado. Incluso los olivos parecían haber empezado a desaparecer de una manera silenciosa. Primero una finca que dejaba de recogerse, después otra, hasta que entre las parcelas cuidadas comenzaron a aparecer manchas de tierra sin trabajar. No era una ruina repentina, ni había un día concreto en que todo hubiera empezado a perderse; simplemente había menos gente para hacer las mismas cosas, menos manos para podar, recoger y llevar la aceituna a la almazara, y cada año alguna puerta permanecía cerrada un poco más de tiempo. 

Un día le enseñé aquella botella a Clara. Ella se rio.

—¿Todavía la tienes guardada?

—Sí.

—¿La has probado?

—No.

—¿Y por qué?

No supe responder. Clara la sostuvo entre las manos y la observó contra la luz.

—Entonces no la abras.

Le pregunté por qué.

—Porque todavía no sabes qué estás esperando de ella.

Aquella frase se quedó conmigo. Y entonces pasó el tiempo. Compré una casa. Después, un pequeño terreno. No porque necesitara más espacio, sino porque quería que los olivos estuvieran cerca. Y Clara se quedó conmigo. O yo con ella. En realidad, nunca llegamos a decidirlo. La vida empezó a organizarse alrededor de cosas que antes me habrían parecido insignificantes: la lluvia, la poda, la cosecha… Había años buenos y años malos. Algunos inviernos apenas había fruto. Otros llegaban con una abundancia que nadie sabía dónde guardar.

La botella continuaba cerrada. Durante un tiempo pensé que aquel aceite era mi tesoro. Después dejé de pensarlo. En realidad, solo me gustaba porque para mí era un recuerdo bonito. Y quizá por eso seguí allí. Muchos años después, cuando Clara enfermó, encontramos la botella en un armario. La etiqueta estaba casi borrada. La fecha apenas se podía leer. Ella la sostuvo durante un rato.

—Ahora sí —dijo.

Abrimos la botella. El olor había cambiado. No era desagradable, solo distinto. Serví un poco en un plato y lo probamos juntos. No sabía a aquello que yo había imaginado durante tantos años. Ya no sabía a los primeros días. Su gusto no me recordaba a la almazara, ni a los caminos, ni al mar de aquella provincia sureña. Sabía a aceite viejo. Eso era todo. Y Clara sonrió.

—Has tardado mucho.

No supe si hablaba de la botella o de mí. Al final, nuestros caminos se separaron. Señal de que el destino no nos había querido juntos. No fue después de una discusión ni ocurrió nada que pudiera señalarse como el principio de aquello. Estábamos cenando y hablábamos de una casa que había visto en la costa, cerca de donde había vivido de joven. Me contó que llevaba meses pensando en irse y que había esperado para decírmelo porque no sabía cómo hacerlo sin que pareciera una acusación. Yo le pregunté si quería que fuera con ella. Me dijo que no lo sabía. Aquella fue quizá la respuesta que más nos dolió, porque durante años habíamos aprendido a contestarnos incluso antes de terminar las preguntas. Dormimos en la misma cama aquella noche, cada uno mirando hacia un lado distinto. A la mañana siguiente no hubo reproches ni promesas. Ella preparó una maleta pequeña, dejó las llaves sobre la mesa y, antes de salir, me besó como se besa a alguien a quien todavía se quiere, pero cuya vida ya no cabe en la propia. Se marchó a finales de septiembre. Durante un tiempo seguimos escribiéndonos. Después los mensajes fueron haciéndose más cortos, más espaciados, hasta que un día dejaron de llegar. Yo no fui a buscarla. Ella tampoco volvió. Y, aunque durante mucho tiempo pensé que había perdido algo aquel día, ahora creo que simplemente dejamos de ser dos personas que caminaban hacia el mismo sitio. 

Yo seguí allí durante algún tiempo. Al principio conservé la casa exactamente como estaba. Después fui cambiando las cosas. Y un día me deshice de la botella. No por dinero. En realidad, se la regalé a un hombre que acababa de empezar a trabajar en la almazara y que no entendía por qué guardaba un aceite que ya no se podía beber.

Le conté su historia, tal y como me la había contado aquel vendedor de la almazara. O al menos intenté explicar una versión de ella. Me preguntó si había sido un aceite extraordinario. Le dije que no lo sabía.

—Entonces, ¿por qué lo guardaste tanto tiempo?

Pensé en la pregunta. Durante años había creído que la botella contenía algo que yo todavía no había encontrado. Después comprendí que no contenía nada. El aceite se había hecho viejo. La etiqueta se había borrado. La botella había pasado de una casa a otra. Y, sin embargo, durante todo aquel tiempo yo había necesitado que permaneciera cerrada para imaginar que dentro seguía existiendo aquello que había perdido. 

Pero al fin y al cabo, eso son las historias. Una botella, un árbol, una persona que llega a un lugar y decide quedarse. Después, los años hacen lo que saben hacer. Cambian el sabor. Borran los nombres. Dejan algunas cosas abiertas y otras cerradas para siempre. Y en cuanto a los tesoros… No sé qué decir. Supongo que también se estropean. No solo los aceites. También nosotros.

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