435. Camino de vuelta

A.B. Gomes

 

De repente, lo ves.

Es minúsculo. Tanto, que por un momento piensas que te lo has imaginado. Pero no. Está ahí. Te acercas a la estantería. Pasa completamente desapercibido entre el resto de botellas, grandes, robustas, de colores brillantes y eslóganes ingeniosos, invisible para el resto de clientes, para todas las personas de este país. Pero no para ti.

Es caro. Tanto, que por un momento consideras si llevártelo o no. Al final recuerdas que has tenido una semana terrible, y que el peso de la botella entre tus dedos es demasiado familiar, y que te mereces un capricho.

Llegas a tu piso. Vas a la cocina, y tuestas pan. Es pan malo, pero no importa. Destapas la botella. Cuando la rebanada está crujiente, la empapas de ese aceite, espolvoreas sal, y das un mordisco.

Y de pronto, un río. Suave, resbaladizo, destroza la puerta de la entrada, te alza en volandas, te saca de ese edificio gris, te guía atravesando ese cielo plomizo que tanto odias, alejándote de esa tierra que te está matando lentamente.

Lo ves todo dorado.

Mientras masticas, por unos segundos, todo es como antes.

De la mano del aceite, por unos segundos, vuelves a casa.

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