430. La molienda de la ira
La boca te sabe a hierro, notas la sangre brotar entre tus dientes. El golpe de la culata del Mauser 98 apenas te ha dolido; quizá la adrenalina lo ha enmascarado, pero ahora se te ha adormecido la mitad de la cara y un zumbido ensordecedor te aleja de todos los que te rodean. Has perdido el equilibrio momentáneamente, pero has logrado no caerte gracias a este olivo al que ahora te aferras como a un amante para no perder la dignidad, no del todo. Te cuesta mantenerte en pie, tienes la certeza de que vas a morir en esta carretera comarcal a la que os han llevado en el sucio camión de carga de Construcciones Ramírez, pero te niegas a hacerlo de rodillas. No les quieres dar ese gusto.
Buscas fuerzas en tus entrañas y te levantas despacio para volver a mirar al indeseable que te ha golpeado. Lo conoces. Es el Ramón, el marido de la Elvira, la panadera, viven al lado de la plaza. Fuiste a su boda, porque la Elvira es tu hermana.
Te ha golpeado por pura rabia, por vergüenza. Le has llamado cobarde a la cara, delante de todos sus compañeros y cómplices; y él bien sabe que es cierto. Ves que prieta los dientes. Tiene miedo, a pesar de cargar con un fusil. Lo notas. Sus ojos y su mandíbula bailan nerviosos, evita tu mirada. Sonríes orgulloso, altivo, desafiante. No tienes nada que perder, ya no. Los otros seis vecinos desdichados que han viajado contigo en la parte de atrás del camión te miran con una expresión extraña entre el miedo y la admiración.
Está empezando a amanecer, se oyen los primeros cantos de mochuelos entre los olivos. El que parece ser el líder del infame grupo de los cinco desarrapados que os han traído a esta cuneta se está impacientando. Está discutiendo con el Adolfo, otro del pueblo, que también lleva un fusil. No puedes entender lo que hablan, pero notas nervioso al Adolfo. Parece indeciso.
Un gemido a tu izquierda te distrae. Al mirar, descubres que el Antonio no ha podido soportar el estrés y ha mojado los pantalones. Es un buen hombre, tiene tres hijos pequeños; no merece esto. No puedes hacer nada por él, ni siquiera puedes salvarte tú mismo. Sientes que no puedes tragar la saliva que se te acumula en la boca.
—Bueno, está bien —exclama el cabecilla—, acabemos con esto de una vez.
Le arrebata el fusil al Adolfo y lo empuja con desprecio hacia el camión. Con el despuntar del alba puedes verle mejor la cara, pero no lo conoces, no es del pueblo. Se acerca a tu grupo de desdichados y empuja al primero para que se acerque a la zanja que alguien ha cavado hace poco entre la carretera y los primeros olivos.
El que está a tu lado empieza a gritar algo en un arranque de rebeldía, pero el cabecilla alza el fusil y aprieta el gatillo. Le acierta en el pecho y cae de espaldas al lado de la zanja. Empiezas a sentir un sudor frío que recorre tu espalda, tus piernas se paralizan y tus manos se agarrotan en una mueca artrítica desesperada. El Antonio no puede más y cae de rodillas, sollozando. Recibe el siguiente disparo, que truena en tu cabeza, dejando un pitido estridente que ya no desaparece.
—¡Vamos! —grita el cabecilla y te parece que lo hace a doscientos metros de vosotros.
Uno de los fusiles apunta hacia ti, no es el cabecilla. No es tu cuñado. Pero eso ya da igual. No hay remedio. Tomas aire, como cuando te van a sacar sangre, porque así duele menos, y aprietas los dientes hasta que se fusionan los unos con los otros. Ves a cámara lenta cómo el que te va a disparar cierra los ojos y mueve el dedo índice con indecisión.
Pero acierta.
El cartucho impacta en tu cuerpo y te atraviesa la vida. Cierras los ojos mientras caes hacia atrás…
***
Manuel Arcona acababa de sacar la mano de la tolva de recepción de la almazara cuando se le avisó de la llegada del siguiente grupo. Le encantaba sentir el tacto de las aceitunas.
Manuel tenía dos tareas principales como maestro de almazara: vigilar que el batido de la pasta no superase los veintisiete grados para preservar los componentes volátiles del aroma, mientras los reactores drenaban los recuerdos del sujeto que estuviera conectado al sistema de raíces del olivar, que aquel día era su propio padre, y guiar a los turistas en la cata de aceite en el sector 4 del olivar. Aquella tarde había llegado el que sería el último grupo de oleoturismo de élite de la semana. Urbanitas con la garganta seca de asfalto, dispuestos a pagar grandes cantidades de dinero por beberse el arraigo que a su estirpe le había costado tres guerras y mil sequías conservar.
El pitido agudo que había emitido el monitor de la almazara, indicando que el batido de la pasta neuronal había concluido y que el extracto estaba listo para ser centrifugado y servido, había coincidido con el zumbido de los motores del aerotransporte de lujo.
Manuel abrió la esclusa de la sala de catas, que chirrió con un siseo neumático. Entraron cuatro personas, pero solo tres eran oleoturistas; la primera persona que entró era Cecilia Jiménez, la encargada de organizar los grupos de turistas y traerlos a la hacienda. Ella se hizo a un lado y cedió el paso a los tres herederos corporativos, que observaron las paredes de hormigón y los paneles de acero con la condescendencia de quien visita un zoológico de costumbres extintas.
—Buenos días, mi nombre es Manuel Arcona, bienvenidos a la Hacienda de… —comenzó a anunciar Manuel.
—Ahórrese las presentaciones —interrumpió uno de los turistas, sabemos dónde estamos—. Llevamos tres escalas probando sucedáneos en el norte. En la cuenca del Duero nos dieron un Arbequino que sabía a nostalgia prefabricada para niños de guardería. Yo he venido al sur buscando el verdadero carácter. Quiero el picor, el desgarro. Quiero entender por qué vuestros antepasados se mataban por un pedazo de tierra seca.
Manuel levantó una ceja, pero asintió en silencio. Introdujo sus credenciales en la consola de la almazara y activó el proceso de centrifugación de la pasta neuronal, como había planeado. Los gráficos en las pantallas periféricas mostraron cómo se licuaban los recuerdos extraídos de su padre y se mezclaban con los triglicéridos del aceite virgen extra de la última cosecha real. Se colocó detrás de la mesa de cata, donde tres cálices de vidrio oscuro aguardaban, conectados a los inyectores térmicos.
Manuel preparó los cálices y miró a los tres turistas a los ojos.
—Pueden proceder con el análisis olfativo —dijo, mientras cogía un cáliz de muestra—. Calienten el cáliz con las palmas de las manos y cubran la boca de la copa de esta forma para que los volátiles se concentren.
Los turistas imitaron el gesto. Sus fosas nasales vibraron con los primeros aromas.
—¡Guau! —susurró uno de ellos— Encuentro un frutado verde muy intenso. Notas de hojas de tomillo… pero hay algo más. Huele a… cuero viejo. A sudor frío sobre la lona. A peligro.
—Es el perfil biológico del desmonte— explicó Manuel—. El recuerdo del año en que una helada obligó a talar los troncos jóvenes a golpe de hacha para salvar las peanas centenarias. Lo que ha olido es la memoria del frío que cuartea la piel de los labios y las manos.
Hizo una pausa.
Observó un atisbo de incredulidad en los ojos del tipo que lo había interrumpido antes, en la tarjeta de presentación que llevaba pegada al pecho pudo leer que se llamaba Elías. Lo ignoró.
— Ahora beban. Hagan una aspiración corta y limpia, lleven el extracto a la parte posterior de la boca.
Los turistas se llevaron los cálices a la boca. Elías mantuvo la mirada al maestro de almazara un par de segundos antes de hacerlo.
El efecto fue inmediato. El más joven de los oleoturistas se tensó en su asiento. Sus manos se crisparon sobre la mesa, buscando un agarre invisible. Sus ojos se pusieron en blanco, bailando bajo los párpados en un trance sináptico violento.
—Estoy… estoy cargando los capachos —jadeó el muchacho—. El esparto me hace daño en las manos. Siento el sol quemándome la nuca.
—Guau, me pesan las piernas —dijo el otro—, pero tengo que llenar el remolque antes de que caiga la noche. Siento… siento una especie de orgullo por ver el tractor lleno de aceitunas, ¡qué locura! Es hermoso.
Los dos jóvenes rieron, embriagados de una fatiga ajena que ellos jamás padecerían en sus despachos climatizados. Ese era el triunfo del oleoturismo de transfusión: comprar el esfuerzo del siglo XX para aliviar el aburrimiento del siglo XXI.
Sin embargo, Elías dejó el cáliz sobre la mesa con un golpe seco y miró al maestro de almazara con decepción.
—Está filtrado, señor Arcona —sentenció, mientras se limpiaba los labios con un pañuelo de tela—. El frutado es muy nítido y el equilibrio entre lo amargo y lo picante es de manual, pero está domesticado. Habéis limpiado el alpechín de la experiencia. Habéis quitado el trauma para que no nos atragantemos. Pero yo no he pagado por sentir el orgullo de un jornalero conforme con su suerte. Yo quiero el final en la boca de la variedad Picual, quiero la persistencia del dolor, la desesperación de la posguerra. Quiero la rabia de la tierra que se niega a morir, señor Arcona. La savia bruta de la historia de su pueblo.
Manuel miró de reojo la pantalla auxiliar del sector biológico. El indicador de su padre parpadeaba en un ámbar de advertencia. Si abría las compuertas de la molienda sin filtrar y anulaba los matices que separaban el dolor puro de la nostalgia comercial, vaciaría los sedimentos de la cordura del anciano y lo perdería para siempre. Lo contempló por un instante en la imagen de la cámara de seguridad. Estaba quieto, sentado en el viejo capacho de esparto, sin brillo en los ojos; los capilares simbióticos de fibra óptica le salían de las muñecas y ascendían como enredaderas artificiales hasta perderse en las vigas del techo, conectadas al sistema radicular de un olivo centenario de aceituna picual, de tronco retorcido y peana inmensa.
No haría eso, no iba a permitir que su padre se convirtiera en una cáscara vacía, sin memoria, solo para el gozo de un engreído. La codicia de aquel urbanita por consumir una tragedia que consideraba un artículo de lujo le encendió de furia.
—Tiene razón, señor —dijo, mientras apretaba los puños—. Les he servido la marca comercial para el turista medio.
Elías asintió con arrogancia, quizá pensando en que aquella cata le podría salir gratis si reclamaba por una mala praxis.
Pero la cata no había terminado. Manuel pensó en el picual milenario del sector 2. Aquel olivo no necesitaba que se le conectara ningún anciano local para que vertiera sus recuerdos de labranza en su savia, porque aquel olivo ya había metabolizado la identidad humana. Demasiada sangre se había vertido sobre su cepa, que habían absorbido sus raíces y, junto a alguna extraña combinación en su código genético, conseguía que al contacto con los nanorobots lipídicos, el extracto de la molienda generara una pasta neuronal capaz de perturbar la mente del ingenuo que osara probar una sola gota de su denso extracto oleoso.
—Permítame presentarle la molienda de la ira —dijo Manuel—. Acompáñeme.
Manuel guio a Elías hacia fuera por la puerta por la que habían entrado, mientras Cecilia se encargaba de cuidar de la experiencia de los otros dos turistas jóvenes. Se montaron en un pequeño ecomóvil que usaban para moverse por la hacienda, con espacio para dos personas y una pequeña carga en la parte trasera, y condujo en silencio hasta el sector 2.
—El picual que le voy a presentar tiene más de mil años y ha sido precintado y restringido al público por sus altos niveles de polifenoles —explicó Manuel, mientras entraban en la nave del sector 2.
La estancia no tenía el glamour de la sala de catas en la que habían estado, porque no estaba preparada para recibir visitas turísticas. Sin embargo, disponía de todo lo necesario para realizar una degustación.
Elías se mostró impaciente y tamborileó nervioso con los dedos en la mesa, mientras observaba al maestro de almazara trabajar. Manuel activó la centrifugadora vertical y luego modificó su frecuencia, haciendo que su rugido descendiera a un zumbido grave que hizo vibrar las probetas de cristal. En la consola central, los pilotos de advertencia cambiaron de un verde aceituna a un violeta denso, cercano al negro. Se acababan de clausurar los filtros de seguridad del bypass biológico.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Elías al notar una repentina corriente fría que procedía de las rejillas de ventilación.
—Servirle el final en boca que ha solicitado —Respondió Manuel con calma, si perder la atención en el proceso.
El inyector térmico comenzó entonces a rellenar el cáliz con un fluido tan denso como el lodo, con un olor penetrante a alperujo quemado y a humedad de sótano.
Elías no retrocedió. Tomó el cáliz con las dos manos, ignorando la alta temperatura del cristal por la fricción de los nanorobots sobrecalentados, y bebió un trago largo.
El colpaso fue casi instantáneo.
Sin trances poéticos ni visiones de postales rurales. Los nanorobots lipídicos arrastraron la molienda de la ira directamente al cerebro del turista y lo inundaron.
Elías soltó el cáliz, que se hizo añicos contra el suelo, liberando un pequeño charco negro que apestaba a miseria histórica. Saltó de la silla y cayó de rodillas con los brazos retorcidos, envuelto en una especie de convulsión frenética.
—¡Sacadme de aquí! —gritó desesperado después de un rato revolcándose en el suelo, mientras experimentaba el amargor de una injusticia antigua— La tierra me traga.
Había viajado buscando oleoturismo vivencial y ahora era siervo de la memoria del campo.
Manuel lo observó con una indiferencia fría. Cuando empezó a gritar, sacó su móvil y avisó a los servicios médicos de la multinacional. Un equipo de emergencia llegaría en pocos minutos para suministrarle un suero de desconexión. Borrarían el trauma, pero la amargura que había sentido en aquella cata permanecería en el subconsciente del urbanita y volvería a él cada cierto tiempo en forma de un extraño sabor de boca. El maestro de almazara fue consciente de que con aquel movimiento se estaba arriesgando a una denuncia por parte un cliente insatisfecho, pero, aun así, no podía evitar sonreír al ver al turista retorcerse en el suelo. Aquella tarde, el olivar se había cobrado su diezmo.
Cuando todo hubo acabado, Manuel se dirigió a la sala de pre-limpieza, donde aún seguía su padre. Se acercó al viejo y, con pulso firme, arrancó los capilares ópticos de sus muñecas. Los filamentos parpadearon con un destello morado antes de apagarse.
El anciano sacudió la cabeza y parpadeó varias veces hasta que su vista volvió a volverse nítida. Miró a su alrededor y luego a su hijo.
—Manuel —dijo—, ¿qué hacemos aquí, hijo mío? Se nos va a echar la noche encima y todavía queda la umbría por varear.
Manuel sonrió, sintiendo una punzada de nostalgia en el pecho. Le tendió la mano a su padre y lo ayudó a levantarse del capacho.
—Ya no hay que varear más, padre —dijo Manuel, mientras lo guiaba a la salida—. Vámonos a casa. El aceite de este año ya está terminado.
Al cruzar el umbral de la hacienda, Manuel echó un vistazo al horizonte de Sierra Mágina. Allí, bajo una luna creciente, las hojas de los olivos se mecían con la brisa en un silencio majestuoso. Nada podía indicar que guardaban en sus raíces secretos que la tierra nunca querría vender a quienes pagaban por comprarla.