429. Catarse

Gabriel Quinto

 

El hombre mojó un pedazo de pan en el aceite.

—¿Qué notas? —preguntó el almazarero.

El hombre masticó despacio.

—Que he estado aquí antes.

—Eso dicen algunos —dijo, dejando la botella sobre la mesa—. Del otro lado del río tenemos un olivo hojiblanca al que pocos se acercan durante la cosecha. No porque sea mal fruto: es aceite de vuelo, está gordo y rasca bien. Sino porque quien lo prueba reconoce en él el sabor de alguien muerto. Una madre. Un hijo. Alguien amado. Nunca dos veces la misma persona.

Miró hacia el río.

—¿A quién sabe el suyo?

El hombre volvió a mojar el pan.

—A mí.

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