421. Entre árboles
Reacia a inscribirme en la aplicación de citas, lo he hecho sin pestañear siquiera después del enésimo intento fallido de buscar a mi otra mitad. Al fondo de la foto, donde puede apreciarse el mar de olivos donde vivo, hay un horizonte de tonos ocres y plateados. Bajo mi rama, aparezco de perfil con un vestido verde que la lluvia hizo que se pegara a mi contorno, dejando ver mis curvas. Por el brillo del agua, incluso parece ser de lurex. Vuelvo a mirar en la galería de imágenes y sí, he elegido la mejor o eso al menos creo yo. La subo.
Ahora me piden que me describa. ¡Uy, qué escribo yo ahora! A ver, voy a echar un ojo a la otra gente a ver cómo lo hacen. No puedo, hasta que no complete mi registro. ¡Idea! Voy al buscador y escribo cómo hacer una buena descripción. Aún mejor, voy a pedirle a la inteligencia artificial que me describa.
Escribo el siguiente prompt: Quiero que escribas una descripción de mí para una aplicación de citas. Lo leo. Demasiado formal. Me da la opción de hacer algo más divertido, pero le doy puerta. También me ofrece la posibilidad de redactar algo más poético, pero también lo rehúso. Y es que, después de mi abuela y de mi madre, soy la única que puede describirme mejor.
¿De dónde demonios ha salido la idea de que una computadora junto a su innumerable sistema de datos pudiera explicar cómo soy y qué busco sin conocerme?
Lo cierto es que sí que sé el motivo por el que le he pedido ayuda y no me da vergüenza admitirlo. Veréis, es que no hace mucho tiempo le escribí por un tema que siempre ha despertado en mí mucha curiosidad: el maravilloso mundo de la polinización. Lo cierto es que dio luz a mi escaso conocimiento. Pero ahora era diferente. No por haberle pedido que me ayudara en ese tema o en un trabajo de hidrografía, le daba derecho a describirme.
Allá voy: Busco a alguien con quien ver amanecer. No, lo borro. Busco diversión, ofrezco mi risa. Tampoco puede llevar a equívocos. Lo tengo. Soy yo, tal cual. Venga, escrito queda. Ahora relleno los campos con mis datos personales. Ah, también activo las notificaciones.
Miro el móvil, nada. Segundo después, tampoco, nada. ¿Y si no he guardado toda la información?
Abro la aplicación y repaso mi perfil prestando mucha atención a todos los campos. La fotografía es simplemente perfecta. Podría mejorar la descripción, así que pienso en la manera de hacerlo. ¡Ya lo tengo: busco una relación que dé frutos! Es una frase más directa y que conlleva la intencionalidad de alejarme de las moscas y de las polillas. Yo quiero a alguien con buenas raíces, ya me entendéis. Me aseguro de guardar todos mis datos correctamente.
¡Anda, sí hay otra pestaña que no había completado! Ahora entiendo el porqué de las ausencias de las notificaciones. Os leo en voz alta: indica qué cualidades tiene que tener tu pareja ideal. Sé que la perfección no existe, pero ya que me invitan a hacerlo. Oye, que por pedir que no quede. Miro cuántas casillas puedo utilizar y veo que son tan solo tres.
Antes de escribirlas, me viene a la cabeza la historia que escuché leer a una madre a su hija. Era la historia de un marino que creo recordar que se llamaba Aladín y que encuentra una lámpara mágica sin saberlo. La toca y de repente, aparece por el cuello de la botella un genio. Este, sintiéndose liberado de aquella prisión a la que lo sometieron sin rechistar, accedió a concederle tres deseos. Y así me sentía yo.
1. Que viva cerca de mí.
2- Que le guste el campo.
3. Consumo de agua moderado.
4. Libre de malas hierbas
5. Que no tenga vicios.
Tengo que descartar dos. Pues venga, no perdamos más tiempo. Elimino las dos primeras. Guardo los cambios y ahora sí, me he dado correctamente de alta en la aplicación.
Ahora toca esperar que alguien se fije en mi perfil. Una vocecita me dice que no espere, que chafardee yo el de los demás. Así que me pongo manos a la obra y empiezan a desfilar ante mí posibles candidatos, pero de momento ninguno llama mi atención. ¿Y si no hay nadie para mí?
Una ráfaga de viento despeina la diadema de hojas jóvenes que llevo en mi cabeza. Tengo la sensación de que alguien me está mirando y me ruborizo.
De repente, suena una notificación y se dibuja en mi cara una sonrisa.
Leo: Tienes un nuevo match.
Abro el mensaje y me lleva a la aplicación. ¡Qué nervios!
Leo:
@Cactus, 67. Aunque por fuera tenga pinchos, por dentro tengo un gran corazón.
¿En serio? Lo rechazo. Next. No quiero a alguien ambiguo y, además, podría utilizar uno de sus pinchos para hacer conmigo una banderilla. Solo de imaginarlo, mi ácido palmítico se desploma.
Deslizo este perfil y antes de cerrar la aplicación, me llegan dos nuevos avisos. Mi autoestima sube ligeramente por haber llamado la atención en este peculiar sistema de generar citas.
Entro en la siguiente propuesta. De momento, la foto no me deja indiferente. En ella observo una máquina motorizada con dientes afilados. No es mi perfil. No entiendo qué podemos tener en común; aun así, la curiosidad me empuja a mirar su descripción.
@eldesbrozador, 68. Limpio tu terreno y llego a rincones que otros no han sido capaces ni tan solo de pensarlos.
Me da mala vibra. Incluso llego a pensar que puede estar delante de un obseso e incluso de un asesino en serie. Aquí en el monte llegan muchas historias de margaritas desfloradas o dientes de león que son arrancados de cuajo. ¿Y ya sabéis lo que les hacen, no? Pues sí, piden un deseo y luego los soplan para que sus semillas se esparzan por el aire.
Me he quedado con muy mal cuerpo, así que entro en una de mis redes sociales preferidas: Floragram. A pesar de que hacía media hora que no entraba, ya tengo muchas historias que ver y numerosos mensajes por leer y contestar.
Mi perfil llama mucho la atención. Por esta zona, soy la que más seguidores tiene. Voy a mi perfil y miro con atención lo que hay escrito en él: olivita_69. Mediterránea. Amante del campo. Dando frutos desde hace generaciones. Mi ubicación: Mar de Olivos.
Entro en la historia de @LOVE_oleo_turismo. Sus publicaciones me llevan a otros campos con los que soñar. También aprovecho para entrar en la publicación de @lafrasecitadeldia. Me tiene atrapada. Y no solo por los rosales, los narcisos amarillos u otro tipo de vegetación que fotografía, sino por el texto que los acompaña. Leo: Ojalá que de todos los golpes que te de a vida, uno sea un golpe de SUERTE. Me quedo mirando a la nada y un dulce suspiro sale de mi interior.
Esperad. Otra notificación de la aplicación de citas.
@naranjo, 53. Dulce y ácido a veces. Físicamente está muy bien, pero no es mi tipo. Ya se ve que vive en el gimnasio y, además, yo quiero a alguien que no sea bipolar. Ah, y otra cosa: prefiero lo dulce. Next.
Me siento rígida, así que me balanceo un poco. De nuevo, otra notificación.
@flor de loto, 73. Con ganas de humedecerte a mi lado. Pero a ver, alma de cántaro, ¿qué parte no leíste de que el agua y yo, solo la justa, la necesaria? Si aceptara, sería la crónica de una muerte anunciada.
Otro mensaje.
Esta vez miro primero la foto. Sale despeinado y muy natural. Sin retoques. Consigue llamar mi atención. Leo su descripción.
@acebuche. Silvestre y de raíces profundas. Sin malas hierbas. Busco a alguien para dar frutos.
No me lo pienso dos veces. Cumple mis requisitos, así que le doy un like.
¡Hemos hecho match!
¿Y ahora qué?
Noto que mi balanceo nervioso puede hacerme caer, así que respiro hondo sin quitar el ojo de la pantalla. En la misma que aparece una ventana emergente que me indica que ahora podemos empezar a hablar. Dicho y hecho. Me llega su primer mensaje.
¡Hola, Olivita!
¿En serio utiliza un diminutivo para nombrarme? Bueno, a fin de cuentas, sabe cómo abrir el fuego.
Escribo ¡Hola! ¿Cómo estás? No, demasiado vulgar. Hola a secas.
Creo que tenemos muchas cosas en común.
Sin dudarlo, escribo: Tenemos las mismas raíces.
Me llega un emoticono de una cara sonriente. También sonrío yo.
Le pregunto si vive muy lejos.
En mar de olivos.
No me lo puedo creer, igual que yo.
Olivita, ¿no has prestado atención a mi perfil? Es obvio que yo vivo cerca de ti.
Pues vaya inicio, pienso yo. Las prisas, los nervios…
Olivita, ¿va todo bien? Estás en línea y no contestas. ¿Vas a desaparecer así, de repente?
¿Qué le digo?
Perdona, Acebuche estaba respondiendo otro mensaje. Por cierto, ¿tienes Floragram?
Claro, pero bajo un seudónimo.
¿Ah, sí? De nuevo mi curiosidad se pone en guardia.
Y no solo eso, sino que tú me sigues y me comentas siempre las publicaciones. Yo nunca he escrito nada en las tuyas.
Pues hazlo ahora y así sabré algo más de ti.
Hecho.
Segundos después aparece un pequeño mensaje sobre la aplicación de Floragram. Lo abro. Me lleva a una foto que hice en verano tomando el sol debajo de mi ramita.
¿Qué? No puedo ser. Lo miro otra vez. La frasecita del día es quien me ha hecho el comentario. No sé si leer primero el mensaje o si ir a la aplicación de citas.
Decido leer el mensaje: No sé si calienta más el sol o verte así…
Me he ruborizado.
Le doy un corazón. De nuevo, otro mensaje.
Te mando mi número de teléfono y seguimos hablando por WhatsApp, ¿te parece?
Perfecto.
A la vez que escribo, me doy cuenta de que he perdido un par de hojas. Me digo a mí misma que no importa. Renovarse o marchitarse.
Hola, Olivita.
Hola, Ace.
Y desde aquel primer saludo, hemos estado intercambiando comentarios, corazones y mensajes privados hasta el día de hoy. Repaso todas las conversaciones. Hemos hablado de cuánto nos gusta el sol, de la importancia de ahorrar agua y hasta de lo mucho que nos molestan las malas hierbas.
Ha llegado el momento de conocernos. Aunque, pensándolo bien, aquello de conocernos era un decir. Él estaba allí, a pocos metros de mí. Durante años habíamos compartido el mismo sol, la misma lluvia y las mismas noches frías sin saber siquiera que existíamos el uno para el otro.
Ahora que éramos conscientes de aquella realidad, sabíamos que nuestras ramas jamás llegarían a tocarse. Pero comprendí algo. No hacía falta.
El viento sopla con fuerza. Mis hojas se agitan y, entre ellas, pequeñas partículas de polen desprenden el vuelo. No puede ver si él las está recibiendo. He cerrado los ojos y confío plenamente en que el viento haga su trabajo.
La vibración de mi móvil de nuevo.
@acebuche. Creo que algo tuyo acaba de llegar hasta aquí.
Sonreí.
El viento acababa de hacer match por nosotros. Y quizá, esta vez, sí que íbamos a dar frutos.