417. Tiempos de Olivos
Esta tarde lluviosa no apresuro el paso. Recorro lentamente la finca de olivos que mi abuelo me heredó: un legado que ha marcado mi vida hasta ahora. Nunca alcancé el éxito que en otro tiempo floreció aquí. Aún recuerdo cuando él decía:
—Fueron buenos tiempos.
Me resulta curioso que los olivos, aun sin tantos cuidados, resistan. Siguen de pie, como si quisieran recordarme que el único que se siente un fracaso soy yo. Continúan produciendo aceitunas, a su tiempo, a su modo. Incluso en las temporadas más pobres, persisten.
Entre mis botas mojadas y la lluvia que empieza a arreciar, me apresuro a entrar en la casa. Hoy me detengo a apreciar su perfume: ha pasado tanto tiempo y el olor sigue intacto. Aceite de oliva, madera húmeda y un leve rastro rancio impregnado en las paredes; digno de un hogar donde los olivares han sido siempre parte de la familia.
Hay botellas de aceite repartidas por toda la cocina. Aun así, me deleita abrir una de la última cosecha y probarla: el amargor, las notas verdes, la textura espesa. A veces tomo una cucharada directa; otras, la mezclo con pan y un poco de vinagreta. Es una delicia sencilla, una costumbre que todavía me pertenece.
Alguien toca la puerta.
Es Rodolfo, mi empleado. Nos conocemos desde niños: su padre trabajaba aquí y nunca imaginé que nuestra amistad llegaría hasta estos días. Abro. Ahí están Rodolfo, su esposa Delia y sus dos hijos, Maite y Mariano. Sostienen un pastel entre las manos. Aún llueve, así que los hago pasar deprisa a la sala.
—¡Feliz cumpleaños! —gritan los niños antes de abrazarme.
Les doy las gracias, aunque, para ser sincero, nunca me ha gustado celebrar mi cumpleaños. No sé qué habría que festejar. Rodolfo siempre le cuenta a su familia lo bien que la pasábamos de niños y hoy no es la excepción, como si necesitara justificar mi actitud ante ellos. Con él no siempre fui así. Aunque siempre me consideré una persona seria, con breves ataques de risa, me gustaba vagar solo por esta tierra.
—Mi esposa Delia preparó tu pastel. Todo es casero, como a ti te gusta, amigo Fernando. Aún no puedo creer que ya tengas sesenta años. Es una locura.
—Es verdad. No sé cómo pasó el tiempo tan rápido. Fue como si hubiera salido de la universidad, regresado aquí y, bueno, aquí siguiera.
—¿Por qué lo dices con nostalgia? Me alegra que no te hayas quedado en la ciudad. Ahora serías un viejo gris y aburrido, encerrado en una oficina. Además, sin ti no tendría trabajo —dice Rodolfo, y ríe con esa risa peculiar que termina por contagiar a cualquiera.
Creo que, a lo largo de los años, eso es lo que más he recordado de él.
—Bueno —interrumpe Delia—, ya es momento de partir el pastel. Pero recuerda pedir un deseo antes de apagar la vela.
Mi deseo. Siempre el mismo: salir de esta parsimonia y revivir la finca. Que mi abuelo, dondequiera que esté, se sienta orgulloso de mí.
Claro que solo lo pienso. Nunca he sido bueno para decir lo que siento.
Pasamos una tarde y una noche amenas, llenas de los chascarrillos de Rodolfo y de las risas de su familia. Al despedirse, él me toma del hombro.
—Sabes, Fernando, eres mi mejor amigo. Y sabes que puedes contar conmigo siempre.
Me río. Los momentos íntimos me causan una especie de rechazo, así que lo aparto un poco.
—¿Qué es esto, tío? ¿Una declaración de amor?
Ambos reímos.
—Yo sé que mañana estarás aquí, así que no vayas a faltar por esto.
—Hostia, tío. Creí que ya me habría librado del trabajo, aunque fuera por un día —responde.
Rodolfo, con una sonrisa amable, cierra la puerta y se marcha junto a Delia y los niños.
Respiro. Esta especie de obligación de ser social me desgasta. Aunque temo admitirlo, me gusta cuando Rodolfo, Delia y sus hijos vienen a visitarme. A veces siento que lo hacen por compasión y no por amistad. Después de todo, saben que soy un hombre solo.
Nadie conoce mis frustraciones. O al menos eso creo.
Disfruto de la soledad y, para ser sincero, no siento la necesidad de arrepentirme de nada. A veces pienso en Mariela. Estuve a punto de proponerle matrimonio y hasta de sembrar juntos un olivar, como símbolo de prosperidad y permanencia. Pero al final no quise alcanzarla. Decidí que, por amor a ella, era mejor dejarla ir.
Seguramente ya ni se acuerda de mí. Hace poco la vi en una red social. Quise agregarla, pero quizá aún me guarde rencor por no haberla buscado. Claro que la amé. Me pareció extraño sentir tanta cercanía con alguien, así que fui alejándola poco a poco. Puse por delante el trabajo en la finca y mi meta de posicionar la marca con el apellido de mi abuelo en centros comerciales de renombre, porque la fama local no me bastaba.
Yo pensaba en grande.
No me di cuenta de que la finca no daba para más y de que esa era su esencia.
Lo que más amaba de Mariela no era su cuerpo hermoso ni su cara tierna. Era su carácter, su tenacidad y su manera de no volver la vista atrás cuando dejaba algo. Y así fue: después de terminar con ella, no la volví a ver ni hablé con ella. Las veces que intenté buscarla terminaba pensando que estaba mejor sin mí y que ya había pasado mucho tiempo.
Después de todo, lo único que me pertenecía era esta finca. Ni siquiera la había conseguido por mí mismo: la heredé. Yo quería tener algo propio que ofrecerle. Quizá fui demasiado duro conmigo.
Tantas veces imaginé reuniones en las que Mariela estaba a mi lado, riéndose con Delia de los chistes de Rodolfo y de mí. Quizá habríamos tenido un hijo, alguien que heredara los olivares y no sintiera esta frustración por no saber qué ocurrirá cuando yo muera.
Sembré un olivo que lleva su nombre: Mariela. Es el que más cuido. Lo podo con delicadeza y le doy todos los tratamientos que puedo. Es joven todavía, delicado, pero sé que, aunque yo muriera, seguiría de pie. Como ella. También tiene carácter.
Quizá es mi forma de resarcir el tiempo en que la dejé ir.
Hay otro árbol que me recuerda a mi abuelo. Es fuerte. Ha resistido sequías y climas adversos sin rendirse.
Cuando era niño, recuerdo el primer día que mi madre me trajo aquí. Nos mudamos con mi abuelo durante la cosecha. También fue la última vez que vi a mi padre. Me dio un carrito de juguete, nos dejó en la finca y se fue.
Aquel día entendí, sin saberlo, que alguien podía dejarte incluso después de darte un regalo.
Todo estaba lleno de gente recogiendo aceitunas. Había tantas que parecía que el suelo producía frutos. Aún recuerdo la primera que levanté y llevé a mi boca. La escupí al instante. Era amarga, salada, demasiado intensa para mis cinco años y para mis papilas acostumbradas a lo dulce.
Creo que esa aceituna fue la bienvenida que me dio la finca a mi nuevo ciclo de vida.
Y ahora, cincuenta y cinco años después, aquí estoy: administrando este lugar, rodeado de conservas de aceituna y de aceite de oliva, que nunca falta en mis comidas. Para un niño acostumbrado a lo dulce, probar aquel fruto amargo fue una impresión poderosa.
La primera impresión del pequeño Fernando.
La que me ligó para siempre a esta finca.
Cuando mamá murió, hace cinco años, me dijo antes de partir:
—Fernando, vende la finca. Vete de aquí. Viaja, conoce, cásate, disfruta, por favor. Es mi único deseo para ti. Suelta ya ese deseo tonto de querer agradar a tu abuelo. Él estará feliz con lo que decidas hacer de tu vida.
Fue nuestra última conversación. Al día siguiente no despertó.
Sus cosas siguen en su cuarto. A veces me siento en la orilla de su cama y recuerdo aquellas palabras. Pero prefiero dejar la puerta cerrada y no entrar demasiado.
Para distraerme, leo los viejos libros de cuentas que dejó mi abuelo. Entre cifras y registros encuentro algunas anotaciones:
Hoy llovió todo el día. No me dio tiempo de proteger los olivares.
En otra página:
Esta temporada fue una buena cosecha. No hubo tantas aceitunas, pero la calidad del aceite es exquisita. Tuve que hacer algunos recortes de personal. Les prometí que la próxima temporada volvería a contratarlos. La sequía casi nos deja sin ingresos. Me da pena despedir gente. No me gusta despedir a la gente.
Y, en otra:
Hoy Fernando recibe esta finca. Estoy muy orgulloso de él. Sé que continuará este legado y expandirá nuestro apellido por todo el mundo.
—Siento haberte decepcionado, abuelo —digo en voz baja—. Se suponía que mi título universitario debía servir para cumplir tu sueño.
Desde que llegué tenía tantas ideas. Creí que sería fácil. Traté de expandir la finca, pero parecía luchar contra la corriente. Llegó una transnacional, compró los terrenos aledaños e intentó adquirir esta tierra. Me negué.
No pude competir.
Al menos conservé los olivares. Este barco no se ha hundido, abuelo. No creció, no nos expandimos, pero los locales aún nos compran. Elegí conservar los contratos de los trabajadores y seguí tu método al pie de la letra.
Aun así, siento que nada funciona.
Nunca esperé ser millonario, pero me habría gustado ver la marca de nuestro aceite en los aparadores de otras ciudades. No me gusta aceptar que hice lo que pude, porque creo que pude dar más. Tampoco me gusta culpar a las circunstancias, porque tú también enfrentaste adversidades.
Abro otro libro de cuentas y una carta cae al suelo.
Querida Layla:
Espero que Marruecos te trate con dulzura y que, a pesar del calor, sigas recorriendo tus tierras con tanta soltura. No puedo dejar de pensar en ti y en cuánto admiro tu capacidad para dirigir tu propia finca. Ver a todas esas mujeres trabajando me hace pensar en su fortaleza. He probado su aceite y quedé maravillado.
He pensado muchas veces en convertir también mi finca en una cooperativa. No sé si en mi pueblo aceptarían una idea así, pero después de verlas trabajar comprendí que una tierra no siempre necesita un dueño: a veces necesita una comunidad.
Me gustaría reencontrarme contigo, con las demás mujeres y seguir aprendiendo de su organización…
La carta termina ahí. Parece que se escribió para no enviarse. Es la primera vez que la encuentro y yo creía haber revisado todos los libros de mi abuelo.
De repente, surge en mí la necesidad de ir a Marruecos. Quizá Layla ya no viva, pero su finca seguramente tendrá algo que decirme.
Compro el boleto de avión enseguida. Dejo a Rodolfo a cargo y preparo mi maleta.
—¿Cuánto tiempo te vas, amigo? —pregunta.
—Una semana. Tal vez un poco más. Busco una finca dirigida por una cooperativa de mujeres.
—Oh, muy bien. Por fin Fernando quiere conocer a alguien —dice Rodolfo antes de reír.
—No es eso. Es un viaje de negocios. Quiero conocer otras fincas.
—Está bien, jefe. Aquí lo espero.
El calor abrasador de Marruecos me recibe. Me hospedo en una pequeña casa de huéspedes. El taxista me deja en el punto más cercano y debo continuar a pie con mi maleta. Camino por pasillos estrechos, apenas iluminados. Por un momento temo haber sido engañado.
Cuando veo el letrero de la casa de huéspedes, me tranquilizo un poco. No es lo que esperaba, pero al entrar descubro un patio tranquilo, una pequeña piscina y una habitación parecida a las fotografías de internet. Comprendo que mi incomodidad tiene más que ver conmigo que con el lugar.
Pregunto por los olivares. Me ofrecen varias opciones y un recorrido. Acepto.
A las tres de la mañana, el sonido de los rezos me despierta. Me resulta extraño, pero también interesante. Vuelvo a dormir.
Durante el recorrido visito tres fincas. Pregunto por una administradora llamada Layla. Para mi sorpresa, es un nombre común. Empiezo a pensar que quizá la carta de mi abuelo era una broma tardía para obligarme a salir de casa.
Sin embargo, la idea de convertir la finca en una cooperativa empieza a crecer dentro de mí. Rodolfo y su familia podrían ser parte activa del legado. Más familias se beneficiarían. Yo podría marcharme de la finca, construir una casa cerca del mar y viajar como mi madre quería.
Quizá, con todas las consecuencias que eso implique, buscaría a Mariela. Tal vez tenga marido, hijos. No lo sé.
En una de las fincas observo a las mujeres trabajar. Unas limpian las aceitunas; otras las llevan a la almazara. Algunas atienden la tienda y ofrecen degustaciones a los visitantes. Cada una tiene una labor distinta, pero ninguna es prescindible.
Todo es cíclico: una cadena de valor en la que cada mano cuenta. Las veo trabajar con empeño, seguridad y dedicación.
Entonces comprendo que la cosecha que siempre idealicé no llegaría en un único año extraordinario. Llegaba todos los años, en quienes recogían, limpiaban, prensaban, vendían y sostenían la tierra.
Quedo cautivado. Este viaje me hace apreciar todo aquello que no estaba viendo en mi propia finca.
Regreso a casa y corro a abrazar mi olivo favorito.
—Así que te fue bien, Fernando. Te ves feliz. ¿Encontraste lo que fuiste a buscar? —pregunta Rodolfo.
—No. Pero creo que encontré una idea. Reúne a todos los trabajadores mañana a las diez.
Rodolfo me mira con extrañeza. No hace más preguntas ni se ríe. Solo asiente.
La reunión empieza a las diez con quince. Están casi todos los trabajadores. Solo faltan don Ramiro y Virna, que, por ser mayores, tenían una cita médica temprano.
—Antes que nada, quiero agradecerles su tiempo, su dedicación y el esfuerzo que han puesto en esta finca. Muchos de ustedes trabajan aquí desde que mi abuelo la administraba. Otros llegaron después, pero todos han sostenido este lugar.
—Gracias a usted, don Fernando, que nos da trabajo —interrumpe Fígaro.
—Bueno —continúo—. Sé que tienen familias y, como podrán darse cuenta, yo ya no soy un chaval.
Todos ríen.
—No tengo a quién heredarle estas tierras llenas de abundancia. Han traído alegrías y penas, pero siguen firmes, de pie. Y sé muy bien que es gracias a su apoyo, entrega y dedicación.
—No venda la finca, se lo suplico. No nos despida. Me comprometo a mejorar —grita don Jacinto.
Todos voltean a verlo. En sus ojos percibo preocupación y miedo a que esta junta sea para eso. Por un momento me divierte, porque sé que no esperan lo que voy a decir.
—Miren, estoy un poco cansado. Ha llegado una nueva etapa, tanto para mi vida como para la finca. Acabo de regresar de Marruecos y quedé fascinado con el modelo de muchas cooperativas dirigidas por mujeres. Creo que es tiempo de que esta tierra también les pertenezca a quienes han trabajado aquí durante tantos años.
Hago una pausa. Mi voz se quiebra.
—He decidido que la finca pase a ser de todos y todas. Sé que no es fácil mantenerse a flote. Competir con otras marcas se ha vuelto casi imposible. Pero ellas no tienen lo que nosotros tenemos: la dedicación y la entrega con las que cuidamos estos olivares.
» No quiero que sigan siendo solamente trabajadores. Son parte de mi familia. Gracias a ustedes, ningún día que he vivido aquí me he sentido completamente solo. Han sido cálidos y honestos conmigo.
» Quiero que sean socios. Haré la cesión, pero primero necesito saber si están de acuerdo.
Se instala un silencio extraño. Hay sorpresa, agradecimientos y lágrimas, pero también desconcierto.
—¿Y si no podemos? —pregunta Mauricio desde el fondo—. ¿Y si la sequía vuelve y la transnacional termina por ahogarnos?
Miro las manos de quienes recogieron aceitunas junto a mi abuelo. Por primera vez no tengo una respuesta que pueda convertir en un plan.
—No puedo prometerles que no habrá sequías ni problemas. Tampoco que todo saldrá bien. Pero sí puedo prometerles que no los dejaré solos durante la transición. Rodolfo ha sido mi mano derecha durante años y confío plenamente en él. También confío en ustedes y en las decisiones que tomarán juntos.
Vuelvo a respirar.
—Pasé demasiado tiempo queriendo expandir la marca y verla en los anaqueles de todo el mundo. Ahora entiendo que lo que debía expandir eran ustedes. El verdadero valor es ustedes. Lo que nos distingue no es la cantidad de producción, sino la excelencia de nuestro trabajo.
» Mi abuelo no llegó solo hasta aquí. Yo tampoco. Ustedes siempre han estado detrás de todo esto.
—Claro que sí, don Fernando. Yo acepto —dice alguien.
Uno por uno, todos responden lo mismo.
Ese mismo día llamo a mi abogado. Durante los meses siguientes cambiamos el régimen jurídico de la empresa, revisamos las cuentas y preparamos la cesión. No les entregaba una finca perfecta; les entregaba una finca viva, con sequías posibles, competencia y un futuro que tendrían que decidir juntos.
Siento que un peso se desprende de mi espalda.
Quizá no tuve una familia propia porque mi familia eran ellos.
Como mi abuelo, me preocupaba que perdieran su trabajo. Pero quizá, en el fondo, lo que me aterraba era perder a las personas que más cerca había tenido.
Cuando todo queda en orden y Rodolfo empieza a organizar los primeros cambios, me voy al mar. Compro una pequeña propiedad. Abro mi computadora, entro a mis redes sociales, busco a Mariela y le envío una solicitud de amistad.
Me siento en un camastro frente al mar y exhalo.
Por fin siento que he elegido algo para mí.
Mi celular vibra.
Mariela ha aceptado mi solicitud.
Cierro los ojos y sonrío. Saco el frasco de aceitunas de la finca y las como una a una. Su amargor, lejos de inquietarme, me tranquiliza.