416. El velatorio

Juan Manuel Poza Moreno

 

En la cocina del tío Fortunato la tristeza y la austeridad andaban a la par. Durante el día sólo entraba un hálito de luz a través de un ventanuco que daba al patio; por la noche, la amarillenta y pobre luz de una bombilla que colgaba del techo apenas iluminaba sus rincones. Tenía un suelo antiquísimo compuesto de baldosas disparejas y descoloridas, las más de ellas desportilladas; y las cuatro paredes estaban alicatadas hasta el techo con sencillos azulejos blancos. Un poyo con dos lebrillos, un armario con puertas acristaladas para guardar la vajilla, una estufa con tres hornillas, una mesa de madera, coja, y dos taburetes componían su mobiliario.

El café comenzó a gorgotear en la cafetera de hierro. Instantes después el vapor ascendía con fuerza hacia el techo. Una parte se condensaba al contactar con los azulejos barnizados de ictericia por la bombilla. Dos mujeres entraron en la cocina atraídas por su olor.

―A ver si ahora que ha palmado el viejo vamos a salir volando por los aires ―refunfuñó una de ellas al ver la bombona de la cocina volcada.

― Casi no le queda gas. Si no la vuelco, no hay café ―replicó la otra.

―¡Coño, se compra otra en la gasolinera!

―¿Quién la paga?

―¿Qué más da?

―No, no da igual. Porque luego empiezan a desaparecer cosas de la casa, como ocurrió cuando murió la tía abuela Paquita, y si te visto no me acuerdo.

―¡Joder, éramos un montón de herederos! Ahora sólo estamos nosotros.

El tío Fortunato había fallecido a los ochenta y dos años con la vara de varear y el hacha de despestugar en las manos, como quien dice, arrugado como un higo seco y renegrido por el sol. A pesar de la edad, era duro como la rodilla de una cabra. Quienes lo conocían, es decir, todo el pueblo, bromeaban diciendo que se bañaba en formol y que iba a heredar las propiedades de toda su familia. Sin embargo, de la noche a la mañana se lo había llevado por delante una gripe mal curada. No había salido del pueblo más que para hacer la mili en Sevilla y hacer un viaje a Madrid; no había conocido otra vida que el trabajo en el campo; no había gastado dinero más que el imprescindible para vivir y el que empleó para comprar el Land Rover que, a pesar de tener una matrícula con la letra de la provincia y seis dígitos, todavía le aguantaba.

―¿Hay algo para servir con el café?

―El Juan me ha dicho que va a traer magdalenas. Las pago yo.

Las tres últimas palabras eran un reproche desnudo.

―¿Sólo magdalenas?

―Esto es un velatorio, no un bufé libre de esos. Además, la mitad de los que hay en el salón han venido para intentar averiguar si van a pillar algo. Venga, saco la cafetera, trae tú las tazas y lo demás.

―¡Lleva la tabla, que si no se estropea la mesa!

El velatorio había comenzado a las ocho de la tarde. Hacia las nueve ya se habían presentado en la casa una docena de asistentes, que estaban repartidos entre el salón y una pieza de paso contigua. En ambas estancias había numerosas sillas colocadas junto a las paredes, muchas traídas desde las casas de los vecinos. El finado yacía con el féretro abierto en su dormitorio con la luz apagada y alumbrado por cuatro cirios.

―Aquí traigo café. Ahora haremos más.

―¡Esa Cándida! Muchas gracias, cuñada. A ver si así nos calentamos un poco.

Cándida se limitó a emitir un gruñido inamistoso.

―Hija, ¿no habrá algún radiador para que nos calentemos? ―preguntó la anciana doña Cecilia, vecina de toda la vida, desde la silla de anea en que se había sentado nada más llegar.

―No doña Cecilia. La potencia de la instalación eléctrica no da para tanto.

―¿Y por qué no encendéis la chimenea?

―Nosotras no sabemos de esas cosas. Se lo diré al Juan cuando venga.

Tres mil buenos olivos de riego tenía el tío Fortunato, y seguía trabajándolos con la ayuda de una cuadrilla.

―La duda que trae a mal traer a los sobrinos es quiénes se llevan los tercios de mejora y libre disposición.―Nos trasladamos a la estancia de paso contigua. El que así había hablado en susurros era uno de tantos agricultores conocidos del finado. Junto a él, otro agricultor asintió.

―Los puede repartir igualmente.

―Ya te digo yo que no.

―O desheredarlos.

―Eso implica un proceso judicial. Nos habríamos enterado. No, no los ha desheredado.

―Pues podría dejarme a mí parte. Al fin y al cabo, lindan con los míos y más de una vez me ha contratado para que se los trabaje.

―No sabes tú nada. Tres mil olivos cojonudos al lado del río. Anda que no tienen novios… La mitad de los que van a pasar por aquí esta noche.

El tío Fortunato no tenía hijos. Ni siquiera se había casado. Se rumoreaba que una vez tuvo novia, una chica de otro pueblo, pero nadie sabía a ciencia cierta si era verdad. Había dedicado su vida por entero al trabajo en su olivar. Se decía también que su cuenta corriente tenía muchos ceros, cinco, puede incluso que seis.

―Como Fortunato se ha muerto de golpe, a los sobrinos no les ha dado tiempo a pelearse por cuidarlo ―comentó por lo bajini la esposa del boticario a Carmen la Chica―. No han podido engatusarlo para pillar más herencia.

―Oportunidad tuvieron en su momento ―respondió la otra.

Años atrás, el tío Fortunato había estado ingresado en el hospital durante dos semanas debido a una severa infección renal, y ni Cándida, ni Lola, ni Juan, sus sobrinos, única familia que le quedaba, habían ido a visitarlo. El trabajo, los niños, ya se sabe. Tampoco es que el tío fuera risueño, ni cariñoso, ni mucho menos dadivoso. La vida sacrificada había moldeado su personalidad hasta convertirla en un témpano de hielo y reducido sus intereses a su olivar y a echar un chato de vino en el bar con los amigos.

A las diez de la noche había en la casa una treintena de personas. Cándida y Lola perdieron la cuenta de las cafeteras que prepararon. Juan se sintió ridículo cuando llegó con dos tristes bolsas de magdalenas y vio la cantidad de gente que se había presentado en el velatorio. Sus hermanas lo enviaron a la gasolinera a que comprara algo más de picar y leche.

La cocina se había convertido en el refugio de las dos mujeres. Allí podían hablar con libertad, en voz baja, eso sí, siempre que ningún asistente al velatorio entrara para darles el pésame o charlar con ellas.

―A más de la mitad de los que hay ahí fuera no los he visto en mi vida ―rezongó Lola.

―Se ve que el tío era más popular de lo que creíamos ―replicó Cándida.

―Te voy a decir yo donde tenía la popularidad: en el paraje de las minas, junto al río. Tres mil popularidades tenía allí. Por no hablar de la cartilla. Que sigue sin aparecer, ¿no?

Cándida negó con la cabeza.

―¿Dónde la habrá escondido?

―Pues hay que dar con ella, porque ya me dirás tú cómo pagamos el entierro. Ya podría haberse gastado dinero en un seguro.

La situación económica de los sobrinos del tío Fortunato no era lo que se dice boyante, y la herencia iba a suponer un impulso económico para sus vidas. Pero no tenían claro de qué calibre, pues todavía no habían pasado por el notario para que les leyera el testamento. Ignoraban a qué heredero le corresponderían más propiedades y dinero, y también quién iba a llevarse el tercio de libre disposición, que puede ser legado a cualquier persona, familiar o no.

A las once y media de la noche llegó don Antonio María, el notario, amigo personal del tío Fortunato. Se habían conocido en el casino, jugando el dominó. Aunque adinerado, como todos los notarios, era un hombre llano que disfrutaba mezclándose con sus convecinos.

―Ha llegado el único que conoce el secreto ―dijo el concejal de cultura del ayuntamiento, que también se había dejado caer por el velatorio. Según las malas lenguas, el consistorio albergaba esperanzas de recibir parte de la herencia.

―Míralo, si parece que ha llegado una estrella de Hollywood ―comentó el paisano que conversaba con el concejal, llamado Dos culos porque estuvo una temporada con una bolsa para sus deposiciones conectada a su intestino.

Numerosos asistentes se habían acercado al recién llegado para saludarlo.

―Chominá que brieguen, lo que está escrito no va a cambiar porque le hagan la pelota esta noche ―comentó otro paisano.

―Tampoco porque asistan al velatorio, y aquí los tienes ―replicó Dos culos.

Tras el ingreso en el hospital del tío Fortunato alguien abrió los ojos a los tres sobrinos: no toda la herencia debía ser para ellos, tal y como creían. Fue entonces cuando se informaron de la estructura de una herencia y decidieron tratar todos por igual a su tío para que no tuviera preferencia sobre ninguno de ellos cuando testara.

―Hay que ver. Hace unos días lo vi en su olivar, revisando los riegos, y ahora está en una caja de pino ―comentó un olivarero que había acudido al velatorio directamente desde el campo, con la ropa de faena y la gorra de Agroquímicos Peláez en la cabeza.

―De contrachapado más bien. Con lo ratas que son sus sobrinos… Anda que no estarán contentos ―apuntó otro agricultor de la misma tribu.

―Pues lo mismo se llevan una sorpresa.

―¿Por?

―Algo se le escapó. Pero yo no digo nada, que luego todo se sabe.

―Al final acaban pillando algo las monjas, ¿no?

El de la gorra hizo un elocuente gesto: cierro la cremallera de mis labios.

En el salón y la sala contigua el ambiente comenzaba a cargarse. Olía a café mezclado con sudor, laca y perfumes cansinos. Las conversaciones se solapaban unas:

―Mira Paco el Bizco. ¿Qué buscará aquí? No se hablaba con el difunto. ¿Sabes que su hija se ha separado?

―Sí, del hijo de Fernanda, la de la huerta. Por lo visto era un pieza.

―Pues a mí me han dicho todo lo contrario, que era ella. Algo tiene por ahí.

―Me extrañaría, con lo poquita cosa que es.

Con otras:

―¿Qué pintará esa aquí?

―¿Quién es?

―Prima del Fortunato. La que viene con ella es su hija. Vive en Madrid, creo.

―¿La de Úbeda?

―La misma.

De vez en cuando una de las hermanas se daba una vuelta para dejarse ver y volvía a la cocina. Al finalizar unas de estas expediciones, Lola entró en la cocina con cierta prisa y se dirigió a su hermana de forma apresurada:

―¿A que no sabes quién ha venido?

―Sorpréndeme ―respondió Cándida con desgana.

―La prima del viejo, la de Madrid. María.

―¡Anda! ¿Y qué se le ha perdido a ésa aquí?

―Lo mismo que a la mitad de los buitres que han acudido, golismear, y ver si le cae algo.

―Voy a echar un ojo yo también.

No andaban desencaminadas Cándida y Lola.

―Don Antonio, suelte usted prenda.

Por fin uno de los asistentes se había atrevido a solicitar información al notario. De repente, alrededor de don Antonio se formó un círculo de vecinos.

―¿Qué quieres decir, Benito?

―Que qué pasa con la herencia. Hay mucha gente pendiente. ¿Ha traído el testamento?

―No, claro que no. He venido a presentar mis condolencias a la familia. Las cosas del trabajo, en el trabajo.

―¿No puede adelantarnos algo?

El notario miró en derredor sorprendido por la expectación que había causado su presencia y respondió:

―Sí, algo puedo adelantar: Benito, don Fortunato no te ha dejado nada.

―Lástima, porque ese olivar que tenía es canela en rama.

Cándida había observado la escena con cara de pocos amigos. Torció el morro y se marchó a la cocina.

―Si te digo lo que acabo de escuchar… ―dejó caer a su hermana―. Bueno, a lo que iba, ¿sabes lo que me acaba de decir doña Amparo?

―No.

Lola estaba preparando otra cafetera. La dejó sobre la hornilla y se volvió para atender a su hermana.

―Que el Juan lleva mucho tiempo viniendo a visitar al tío. Más de un año.

―¿Cómo?

―Lo que oyes. Ha estado haciéndole la pelota.

―Mierda. ¿Cuándo modificó el viejo el testamento por última vez?

Cándida se volvió para asegurarse de que nadie se había acercado a la puerta de la cocina antes de responder.

―Yo qué sé…

―No me lo puedo creer ―se lamentó Lola mordiéndose el labio inferior, los brazos en jarra ―. ¡Será traidor! Se va a enterar.

―No digas nada. No vayas a montar el espectáculo.

―No voy a montar nada, pero sí se lo voy a decir. Y al notario, si hace falta.

―¡Que te estés callada, coño!

Los asistentes llegaban, saludaban a los presentes, daban el pésame a los sobrinos del difunto y se asomaban al dormitorio para verlo y santiguarse. Se los podía clasificar como de larga, media y corta estancia. Los primeros, una vez presentados sus respetos, se incorporaban a alguna conversación o se sentaban en alguna silla en cuanto quedaba libre. Estos iban a quedarse hasta entrada la madrugada. Los segundos rehusaban sentarse en su mayoría y los terceros salían de allí por piernas o tras haber intercambiado cuatro frases con alguno de los presentes.

Hacia las doce las dos estancias estaban hasta la bandera. Quienes llegaban tenían que abrirse paso entre la multitud para buscar a las sobrinas del finado y presentarle sus respetos. Cándida y Lola los recibían en la cocina, mientras esperaban a su hermano. esperaron a su hermano. En cuanto llegó cerraron la puerta y procedieron a interrogarlo. Comenzó Cándida.

―¿Qué pasa, que has estado viniendo a hacerle la pelota al viejo?

―¿Yo? ¿Pero qué dices?

―Lo que oyes.

―¡Eso es mentira!

―Sshhh… Baja la voz, imbécil.

―Qué joven eres… ―intervino Lola―. ¿No sabes que en este pueblo, hagas lo que hagas, si no te están mirando dos ojos es porque te están mirando cuatro? ¡Que te han visto, Evaristo!

―He venido un par de veces para pedirle herramientas.

―Ya, ya…

En vista de que sus hermanas no lo creían, Juan contraatacó:

―¿Tú no tienes nada que decir? ―se dirigió a Lola señalándola con un dedo acusador.

―¿Yo?

―Sí, tú. Que también venías a verlo. Me lo decía el tío.

―¿Qué? ¡Eso es mentira!

―Vaya, ahora eso es mentira.

―¡Te lo dijo por malmeter!

―Entonces te habría dicho a ti que yo venía, ¿no crees?

Cándida enrojeció de ira. Tuvo que contenerse para no gritar:

―¿Pero qué clase de ratas traidoras sois? ¿No habíamos hecho un trato? Que es mucha pasta la que está en juego, y muchos olivos. Miserables…

Ajenos a esta conversación, los asistentes al velorio charlaban sobre cualquier cosa menos sobre el finado.

―Tres mil soles. Algunos centenarios. Con su riego. Al lado del río. Lo menos cincuenta kilos le daba cada uno. Quién los pillara.

―Los van a pillar los sobrinos.

―No me lo recuerdes. ¿Qué van a hacer con ellos, si no tienen ni idea de campo? El Juan es un vago y las otras, lo mismo pero con más experiencia, lo mismito que sus maridos.

―Podemos preguntarle al notario. Yo creo que la parte de libre disposición no la huelen.

―Ya le han preguntado, y no ha soltado prenda.

―¿Cuándo? No me he enterado.

Cándida y Lola había acordado que cuando se marchara todo el mundo, una de ellas se quedaría a dormir en el sofá y la otra se marcharía a casa y la relevaría temprano. Pero a la una y media de la madrugada, todavía permanecían en la vela, María, la prima de su tío, y su hija Laura. Juan ya se había marchado.

―Bueno, pues aquí nos hemos quedado cinco ―comentó Cándida en un tono que expresaba más fastidio que pena.

―Ea ―respondió María, visiblemente incómodo. Su hija, sin embargo, parecía sentirse cómoda. Era una mujer de unos cuarenta años, atractiva y de mirada felina.

―¿Cómo que habéis venido? Os hacíamos en Madrid ―preguntó Lola.

―Así es. Pero nos han avisado.

―¿Desde Madrid habéis venido para el velatorio de un primo al que no veías desde hace años?

―Manteníamos el contacto por móvil.

―¿A sí? Mira el tío, qué guardado se lo tenía.

―Fortunato tenía más cosas guardadas ―comentó Laura en tono críptico.

―¿Qué cosas? ―se interesó Cándida.

Lola empalideció de súbito y se sentó a tientas en una silla. Cándida la miró extrañada.

―¿Qué te ocurre? Ni que hubieras visto un fantasma.

―Nada. Estoy cansada. Creo que ya hemos tenido suficiente vela.

En un suspiro Lola había pasado de ser una fiera a un alma en pena. Se levantó y caminó hacia la cocina. Antes de cruzar el umbral de su puerta se dirigió a las invitadas:

―Creo que es hora de que regreséis a Madrid.

―¿Nos estás echando, prima? ―preguntó Laura en tono desafiante.

―No. No es eso.

―Menos confianzas, ¿eh? Nosotras no somos primas ―replicó Cándida molesta por la desfachatez de Laura.

―Claro que somos primas. Primas hermanas.

―No, no lo som… ―Cándida no pudo acabar la frase―. No puede ser.

Hizo pucheros. Las lágrimas humedecieron sus ojos. Lola, que seguía de pie junto a la puerta de la cocina. se contagió de su hermana y rompió a llorar. María también tenía los ojos acuosos además de enrojecidos. Bajó la cabeza, y una lágrima se precipitó hacia el suelo. Intentó agarrar a su hija de un brazo, pero ésta evitó la mano de su madre y dijo:

―Claro que sí. Aquí, mi madre, es la única mujer con la que estuvo vuestro tío Fortunato, mi padre. El mismo que no quiso saber nada de nosotras. Primas. Hablad con el notario y que os cuente para quién son esos tres mil olivos.

 

 

 

 

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad