412. Vestido blanco sumiso

Piera

 

Me senté en el sofá junto a mi familia, vimos el televisor. Luego de una década de matrimonio, no me importa lo televisado. Más bien, se me hacía agua la boca con mi plato de aceitunas, las preparé con queso manchego, luego mi mente voló hasta él. Olivares, así se apellida.

Siendo estudiantes dijo que quien llegara a casarse con él, debía tener buenos principios y valores. Que la llevaría al altar y junto con la bendición del sacerdote, el éxito en la crianza de los niños, era seguro. Cuando escuché aquello, me ilusioné. Ese año, habíamos pasado la noche en la cabaña, por un proyecto final: dibujo de paisaje. Éramos pintores.

Después de un par de años, fui a su boda, Susi se veía realizada, en ese vestido blanco sumiso.

Los créditos en la televisión me hicieron parpadear, jugueteé con mi aceituna jugosa, la comí. Apagué el aparato, solté la mano de mi marido, los niños salieron a jugar. Vi la pintura que hice “la noche de la cabaña”. Deseé que entrara por la puerta de mi casa, que me dijera que dejó a Susi, porque no le dio un hijo.

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