408. Receta para volver

Lady in red

 

Para preparar aceite de olivo no hacía falta molino.

Mi madre lo hacía los jueves de invierno, cuando la lluvia golpeaba las tejas y el patio se quedaba vacío. Extendía un paño sobre la mesa, colocaba encima un cuenco de barro y se lavaba las manos con una solemnidad que nunca entendí. Después cerraba los ojos y empezaba a decir nombres.

Primero venía mi abuela, con una rama seca entre los dedos. Luego su madre, con un pañuelo anudado en la cabeza. Después aparecían los que yo solo conocía por las historias de mi madre: una tía que murió joven, un hombre cuyo rostro se había borrado de las fotografías y un niño que nadie llegó a conocer.

Mi madre los nombraba a todos.

Yo permanecía callada.

Había aprendido que algunas cosas, si se preguntaban demasiado, dejaban de funcionar.

La receta empezaba con tres aceitunas negras.

Mi madre las sacaba de un tarro de cristal que guardaba en la despensa, junto a las botellas de aceite. Las elegía despacio, como si pudiera equivocarse. Luego las ponía entre las palmas y las frotaba.

—Tienen que estar arrugadas —decía—. Así saben más cosas.

Yo no sabía que las aceitunas pudieran saber cosas.

Mucho después comprendí que mi madre hablaba de la tierra.

Cuando terminaba de frotarlas, dejaba las aceitunas sobre el cuenco y mojaba la yema del dedo en una de ellas. Me miraba unos segundos, como si comprobara algo que solo ella podía ver.

Entonces me tocaba la frente.

—Para que no te pierdas.

Yo nunca entendí de qué tenía que perderme.

Ella tampoco lo explicó.

En nuestra familia, el olivo siempre había estado antes que nosotros.

El abuelo de mi abuelo había plantado los primeros. Nadie sabía exactamente cuándo. Tampoco quedaba nadie que pudiera asegurarlo. Los troncos eran tan anchos que dos personas no alcanzaban a rodearlos con los brazos. Algunos estaban huecos por dentro, abiertos por el tiempo, pero cada primavera sacaban hojas nuevas.

Mi madre decía que los olivos no morían cuando dejaban de parecer vivos.

Eso también formaba parte de la receta.

Desde niña aprendí a distinguir las estaciones por el olivar.

En primavera aparecían las primeras flores pequeñas, casi escondidas entre las hojas. En verano, los frutos empezaban a engordar y cambiaban lentamente de color. En otoño llegaba la cosecha y, con ella, las mantas extendidas bajo los árboles, los capazos, las manos oscuras y las uñas llenas de tierra.

El invierno era distinto.

Los árboles parecían descansar.

Nosotros también.

En otoño comenzaba la cosecha temprano, antes de que el sol calentara demasiado. Los mayores se repartían los olivos y los niños hacíamos lo que podíamos. Yo esperaba mi turno con un palo demasiado grande para mis manos.

—No golpees con rabia —me decía mi madre—. El árbol no tiene la culpa de que tengamos prisa.

Había que varear con cuidado, dejando caer las aceitunas sin destrozar las ramas jóvenes. Después se retiraban las hojas, las pequeñas piedras, las ramitas.

Separar.

Limpiar.

Esperar.

El abuelo decía que un buen aceite empezaba mucho antes de entrar en la almazara.

Yo pensaba que hablaba de las aceitunas.

Ahora sé que hablaba de todo.

En casa se sabía cuándo tocaba llevar la cosecha al molino. Las aceitunas no podían quedarse días esperando. Mi madre repetía que el fruto tenía su momento y que, si se dejaba pasar, el aceite lo pagaba.

Yo no entendía cómo algo tan pequeño podía tener tanta prisa.

En la almazara, el aire cambiaba.

Olía a aceituna recién triturada, a verde intenso, a fruto machacado. Había un ruido constante de máquinas y voces. Las aceitunas desaparecían por un lado y, después de pasar por todas aquellas cosas que yo no comprendía, el aceite comenzaba a salir.

Yo me quedaba mirando aquel hilo dorado.

Me parecía imposible que algo tan oscuro y arrugado pudiera convertirse en aquello.

Mi madre acercaba un trozo de pan.

Nunca utilizaba cubiertos.

Lo mojaba directamente en el primer aceite y me lo daba.

Yo cerraba los ojos.

Picaba.

Me hacía toser.

Ella se reía.

—Eso es que está vivo.

A veces nos llevábamos a casa una botella del aceite nuevo. Mi madre la dejaba reposar y, al cabo de los días, cambiaba su aspecto. Yo me acercaba para mirarla contra la luz.

—¿Por qué se pone así?

—Porque también necesita tiempo.

Siempre tenía una respuesta.

Nunca estaba segura de que fuera la verdadera.

Los jueves de invierno, sin embargo, no necesitábamos la almazara.

Bastaban las tres aceitunas.

Mi madre las frotaba entre las manos y empezaba a hablar.

Contaba que la abuela sabía distinguir un olivo enfermo solo por cómo sonaban sus hojas cuando soplaba el viento. Que su madre guardaba siempre una botella del aceite nuevo para las fiestas. Que aquella tía que yo no había conocido era capaz de llenar un carro de aceitunas antes de que los demás hubieran terminado de extender las mantas.

También hablaba de las manos.

De las manos de su madre, ásperas de tanto trabajar.

De las manos de su padre, que podían reconocer una rama enferma sin necesidad de mirarla.

De las manos de una mujer cuyo nombre ya nadie recordaba y que, según mi madre, sabía exactamente cuándo había que dejar de varear un árbol.

Los muertos regresaban así.

No como fantasmas.

Como costumbres.

Como una manera de cortar el pan.

Como una canción tarareada mientras se recogían las aceitunas.

Como la forma de sujetar una botella para que no se derramara ni una gota.

Como una receta que nadie había escrito.

Una tarde le pregunté por qué hacía aquello.

Mi madre dejó la aceituna sobre el cuenco.

—Porque si dejamos de nombrarlos, se van del todo.

No pregunté adónde.

Por entonces todavía creía que las personas podían irse dos veces.

La primera, cuando morían.

La segunda, cuando nadie recordaba cómo reían.

Con el tiempo descubrí que mi madre tenía miedo de muchas cosas, aunque nunca lo decía.

Tenía miedo de que un día olvidáramos el nombre de algún árbol.

De que alguien vendiera el olivar y los nuevos dueños no supieran quién había plantado cada uno.

De que las recetas se perdieran.

De que yo dejara de reconocer el sabor del aceite de nuestra casa.

Una vez me preguntó:

—Si tuvieras que llevarte una sola cosa, ¿qué sería?

Pensé en mis muñecas, en mis vestidos, en la fotografía de la familia.

—El cuaderno.

Ella negó con la cabeza.

—No.

—¿Entonces?

Señaló el olivo más viejo.

—Eso no cabe en ninguna maleta.

Yo me reí.

Ella no.

Años después llegó el día en que nos tocó marcharnos.

No hubo despedidas grandes. Las cosas importantes casi nunca las tienen.

Mi madre cerró las ventanas. Mi padre revisó dos veces la puerta. Yo metí en una bolsa tres vestidos, un cuaderno y una fotografía doblada.

La casa estaba casi vacía.

La despensa también.

Solo quedaban unas pocas botellas de aceite.

Mi madre envolvió una en un paño y la metió entre nuestras cosas.

—Esta no se rompe —dijo.

No le pregunté por qué.

Antes de irnos, caminó hasta el olivo más viejo.

Puso la mano sobre el tronco.

No dijo nada.

Yo la observé desde la puerta.

Después arrancó una aceituna.

La guardó en el bolsillo de mi abrigo.

—Para que no olvides.

Yo pensé que hablaba de la casa.

Durante mucho tiempo pensé que era eso lo que había que recordar: una puerta, una cocina, un patio, una hilera de olivos que desaparecía al final del camino.

Con los años, la casa se hizo pequeña dentro de mi memoria.

El patio perdió sus colores.

Los nombres empezaron a mezclarse.

Algunos rostros se fueron borrando.

Pero cada vez que abría una botella de aceite, algo regresaba.

El olor verde.

El picor en la garganta.

Las manos de mi madre.

El brillo dorado sobre el plato.

El ruido de las aceitunas cayendo sobre las mantas.

Y aquel olivo.

Siempre aquel olivo.

No sabía si seguía allí.

A veces imaginaba que sí.

Me lo imaginaba creciendo sin nosotros, ensanchando el tronco, sacando hojas nuevas cada primavera. Otras veces pensaba que ya no existía, que alguien lo había arrancado para construir otra cosa encima.

Nunca fui capaz de averiguarlo.

Quizá porque algunas preguntas, si se responden, dejan de funcionar.

Pasaron muchos años antes de que tuviera una hija.

Para entonces mi madre ya no estaba.

El día que mi hija cumplió ocho años, llovió.

La niña entró en la cocina y me encontró preparando la cena.

—Mamá.

—¿Qué?

—¿Es verdad que la abuela hacía aceite sin molino?

Sonreí.

—Eso decía.

—¿Y cómo?

No supe explicárselo.

Así que saqué un cuenco.

Lo puse sobre la mesa.

Me lavé las manos.

Ella me miraba.

Fui a la despensa y encontré un pequeño tarro de aceitunas negras.

Elegí tres.

Las puse entre mis palmas.

Por un instante tuve las manos de mi madre.

Y empecé a nombrar.

La abuela.

Su madre.

La tía.

El niño que nadie llegó a conocer.

Mi madre.

Después nombré a quienes mi hija nunca había visto.

Personas que para ella eran apenas nombres sin rostro.

Cuando terminé, dejé las manos sobre la mesa.

Esperamos.

El cuenco siguió vacío.

Mi hija miró dentro.

—¿Y ahora?

No supe qué decir.

Entonces cogió las aceitunas.

Las apretó entre los dedos.

Una se le escapó y rodó por la mesa hasta caer al suelo.

Las dos nos agachamos para buscarla.

Estaba debajo de la silla.

Mi hija la recogió y se quedó mirándola.

Después metió los dedos en el cuenco vacío.

Se los llevó a la frente.

Igual que hacía mi madre conmigo.

—¿Así?

Asentí.

No había una gota de aceite.

Ni una.

Pero durante un instante sentí en las manos el tacto áspero de las aceitunas recién recogidas.

Volví a ver las mantas extendidas bajo los olivos.

El aceite nuevo, todavía turbio, cayendo lentamente.

La mano de mi madre sobre mi frente.

Mi hija sonrió.

—Entonces funciona.

La miré.

Quise decirle que sí.

Quise explicarle que quizá eso era lo que mi madre había intentado enseñarme todos aquellos años: que hay cosas que no se conservan guardándolas, sino repitiéndolas.

Pero no dije nada.

Ella volvió a tocarse la frente.

—No es para volver —dijo.

La miré sin entender.

—¿Entonces para qué?

Se encogió de hombros.

—Para que la tierra nos encuentre.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad