407. El ladrón de aceitunas

Juan Manuel Sánchez Puntigliano

    

  No somos una familia especialmente unida. Así y todo tenemos nuestros rituales. El principal consiste en recordar las peculiaridades de mi abuelo paterno. Creía en la existencia de un décimo primer mandamiento bíblico; cortarás el salame fino y en diagonal. Tenía también la certeza de que cada Nochebuena había menos fuegos artificiales que en la anterior. 

 

    Aunque lo más memorable fue aquella temporada en la que insistía con que alguien le estaba robando las aceitunas que dejaba en  sus toneles de salmuera. No era un tema menor, dado que precisamente su oficio era venderlas en las ferias vecinales. Mi padre y tías le insistían que resultaba absurdo tomarse la molestia de entrar a la casa para limitarse a hurtar unas simples aceitunas, pudiéndose llevar cosas más valiosas. Por su parte, mi abuela se encogía de hombros y se llevaba el índice a la sien con un gesto despectivo.  Al final, semejante idea le duró unos pocos meses, luego como tantas otras manías, se le fue. 

       

       Unos doce años después de su muerte, la situación estaba bastante tensa en casa de mis padres. Luego de muchos vaivenes había conseguido mi primer trabajo estable y aquel apartamento estaba disponible. Así que con la bendición de mi familia, decidí instalarme allí. 

 

     Llegó el año 2020 y la pandemia de COVID.  Cuando pensé que me había adaptado razonablemente bien a semejantes tiempos distópicos, me contagié. Faltaría a la verdad si dijera que mi vida corrió peligro en algún momento. Pero no tuve más remedio que permanecer dos semanas en la cama, justo yo que soy de carácter inquieto. Por momentos, sentía la pulsión por pedalear en el aire, para calmar la ansiedad que me subía por la piernas.

 

     Mi mejoría coincidió con un veranillo, el cual aproveché para ponerme al día con la casa que había quedado hecha una mugre. Subí a tender a la azotea. En medio de la tarea me vino la idea de que allí arriba, era un buen lugar para cansarme respetando el aislamiento. Comencé entonces a correr alrededor del tanque de agua.

 

       Cuando al volver, pisé el primer peldaño de la escalera de mano, noté un crujido a madera vieja. Levanté el pie a manera de precaución. No tenía sentido ya que está hecha de metal. Mi asombro fue aún mayor al mirar hacia abajo y darme cuenta que en vez del lavarropas estaban  aquellos antiguos barriles con aceitunas de mi abuelo. Debería haberme preguntado qué era lo que estaba sucediendo, como algo así era siquiera posible. Pero en cambio, un súbito impulso me llevó a destapar el tonel y hacerme con un puñado de ellas. Luego subí rápidamente a la escalera y me senté a comerlas.

 

         Un  sabor, un aroma que creía olvidado en algún rincón de la infancia volvió a mí; el gusto exacto que debía tener una aceituna. Todas las que había probado a continuación me resultaban muy saladas, agrias o sosas, pero estas tenían el punto justo, el equilibrio perfecto que el resto envidiaban. Cómo habían sabido en un principio y siempre debió ser. Cerré los ojos y exhalé; ya no era un hombre a punto de llegar a los cuarenta y jaqueado por las responsabilidades. Era de vuelta un niño; haciéndole la travesura de robarle algunas aceitunas a su abuelo. Respiré fuerte otra vez, de la cocina llegaba un olor a la vez familiar y lejano. Mi abuela cocinaba; quizás pescado frito con mejillones o tal vez una paella; mi plato favorito. 

 

        Ahora debía regresar. Antes de entrar en pánico, observé el cielo. La posición del sol era la misma del momento en el que había subido a colgar ropa. Por otro lado, pude fácilmente reconstruir que había corrido en sentido antihorario en relación al este. Probé hacer la misma cantidad de vueltas pero en sentido contrario. Cuando bajé esta vez, noté nuevamente el metal. Mi suposición había sido correcta.

   

      No fue fácil aquella noche. El sabor de aquellas aceitunas en el fondo de mi boca me llamaban desde la trampilla de la azotea. Tras cambiar varias veces de posición en la cama, razoné que si hacía el viaje a estas horas, mis abuelos estarían dormidos y no se darían cuenta de mi presencia. Me levanté, me abrigué bien y tomé una chismosa de la cocina. Volví a correr en sentido antihorario, contando cuidadosamente las rotaciones. Bajé procurando hacer el mayor silencio. Un par de quejidos de la madera casi me hacen abortar la misión. Retomé el aliento; mi abuela era sorda y el abuelo de sueño pesado.  Obtuve el preciado botín que guardé con una sonrisa en mi heladera. Satisfecho, me desplomé en la cama. 

 

     Naturalmente, dejé de comprar aceitunas en el puesto habitual de la feria. El vendedor – enorme y un tanto intimidante tras su mascarilla- me comentó al respecto mientras me entregaba los quesos. Sin entrar en detalles, le respondí que las estaba consiguiendo en otro lado. En un tono jocoso, me preguntó si estaba comprando en el puesto que tenía mi abuelo. No pude disimular un gesto de sorpresa, dado que habían pasado tantos años y no recuerdo haberle comentado sobre nuestro parentesco. Tan sólo me encogí de hombros, tomé mis cosas y le deseé una muy buena semana. Volví a casa con la sensación de conocer el secreto de un tesoro legendario.

 

     Unas semanas después fue el cumpleaños de mi padre. Justo coincidió con un partido de la selección uruguaya. No es que nos interese particularmente el fútbol, pero se trataba del primer evento destacable desde que había iniciado la pandemia. Acordamos que lo más práctico era preparar una picada sencilla frente al televisor. Mientras mi hermano cortaba el salamín según los mandamientos familiares, yo me dedicaba a descarozar las aceitunas y colocarlas en un platillo.  Papá pasó por detrás, robó una de ellas y se la llevó a la boca. Luego se detuvo en seco e hizo como un gemido raro.

 

       -¿Estás bien? – pregunté preocupado.

-Sí, -aclaró- sólo que no esperé que estuviesen tan ricas. ¿Dónde las compraste?

       -En la feria. – respondí fingiendo normalidad.

 

        Durante todo el partido, se dedicó a comer con lentitud una tras otra y mirarme detenidamente, como si intentara leer mis pensamientos.

       -¿En qué feria las compraste? -murmuraba cada tanto.

 

  A veces fingía no escucharlo, otras le respondía.

 

        -En la de siempre, a la que voy todos los domingos.

 

      No pasó mucho tiempo hasta que comenzamos con los preparativos de navidad. Para aquel entonces, varias de las restricciones se habían levantado, pero de todas maneras se trataron de unas fiestas con atmósfera extraña. A su vez, ciertos proyectos laborales a concluir antes de que terminara el año, lo hicieron un mes caótico. En medio de la noche me desperté recordando que precisaba las aceitunas para la cena familiar. Soplaba una  brisa bastante cálida en la azotea y el cielo anunciaba un amanecer temprano. Por suerte, como suele ocurrir por estas fechas, cierto aroma a pólvora impregnaba el aire; lo que aportaba una pizca de normalidad. Realicé el ya conocido ritual de correr en la altura. Bajé las escaleras con el antiguo temor de que la vieja madera cediera bajo mis pies. 

 

        Estaba colocando una buena cantidad de aceitunas en la bolsa, cuando sentí un ruido a mis espaldas. Mi abuelo improvisaba un arma con un palo de escoba. Nos miramos un instante, de alguna forma me reconoció, o al menos los rasgos de la familia. Aún medio sorprendido, atinó a decir  el nombre de mi padre, le corregí dándole el mío. Torció la boca, intentando comprender la sorpresa. Entonces, esbozó una sonrisa como si se tratara tan solo la travesura de un niño. 

        -¿Estáis todos bien?

        -Sí, lo estamos. 

        -Lleva aceitunas para toda la familia. -dijo después.

 

          Nos tomamos nuestro tiempo para armar cuidadosamente los frascos. Dado el calor, me ofreció un refresco. Pasamos al comedor, allí estaba la enorme mesa de mármol, el televisor esquinero de tubos catódicos y perilla para cambiar de canal. El inmenso mueble donde guardaban documentos y las uvas en aguardiente que unos años antes (o décadas después) mi hermano me hizo atravesar unas cuantas calles de Madrid sólo para mostrarme un antiguo bar que olía exactamente igual. Desde el dormitorio, mi abuela roncaba con un tono sorprendentemente grueso para una mujer con la voz tan fina.

 

       Le pregunté algunos secretos de su oficio, como detalles del largo viaje en barco que en su momento no había tenido curiosidad por saber. Tácitamente, convenimos que no despertaríamos a la abuela, ni que me haría preguntas sobre el futuro. Después de todo, había cosas que no tenía el corazón para contarle. Tan sólo le dije de que estaba trabajando y que vivía en ese mismo apartamento. 

 

      El sol asomaba por la ventana. Ya en la cocina, mientras recogía los frascos, me preparó un pan con manteca.

 

        -¿Todavía te gustan?

        -A veces me como uno, para recordarte. -mi respuesta salió con un acento andaluz que creía olvidado.

 Lo abracé bien fuerte, su peculiar aroma volvió a llenarme. Finalmente, subí las escaleras. Luego de semejante encuentro, no me pareció prudente visitarlo nuevamente. Ahora debería inventar una buena excusa frente a mis familiares sobre cómo conseguí las aceitunas.

 

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