404. De Jaén a Nueva York

Nahia Torres Domínguez

 

Los aeropuertos son sitios interesantes. Hay muchas personas yendo de un lado a otro y cada una con su propia historia. Hay gente que viaja por placer, otros por trabajo, para emprender una nueva vida o para reunirse con sus familiares. Yo estoy aquí sentada, en el aeropuerto de Nueva York, esperando a que se abra la puerta de embarque para volver a España. Hace unos días, recibí una llamada telefónica informando de que mi padre había fallecido. Mi familia es de Jaén y nunca nos hemos movido de nuestro pueblo en el que la forma de vida son los olivos. Mis dos hermanos siguen viviendo allí, aunque yo me mudé cuando me ofrecieron un puesto en la alta cocina en Nueva York. He estado viviendo aquí unos 7 años, encargándome del control de calidad de los ingredientes y proveedores en un restaurante de renombre internacional. Con el tiempo he ido perdiendo el contacto con mi familia y la verdad es que siento que volver a mis raíces se me va a hacer difícil.

 

Después de un largo viaje, llego a mi pueblo. El paisaje es precioso, no recordaba los olivares así de espectaculares. El choque visual del asfalto y las calles concurridas de Nueva York con el verde de los olivos y la vida tranquila del pueblo es impresionante. Mis hermanos Manuel y Rafa me esperan en la que era la casa de mis padres. Mi madre no está, porque falleció hace tiempo, aunque sigo notando su presencia cada vez que entro a esta casa.

 

–Bienvenida, Cris. –me dice Rafa mientras extiende los brazos hacia mí, para darme un abrazo.

 

Me dejo caer sobre ellos mientras intento decir algo, pero las emociones que me invaden son tan fuertes que me lo impiden y simplemente me rompo en lágrimas. Rafa siempre ha sido el hermano con el que mejor me he llevado. A veces tiene sus momentos en los que se enfada bastante, pero se le quiere igual. Mientras tanto, nuestro hermano Manuel, que es bastante reservado e introvertido, aunque muy amable, se nos queda mirando, pero finalmente también me rodea con los brazos. Volver a juntarme con mis hermanos hace que me sienta mucho más reconfortada.

 

En el funeral me he encontrado con toda la familia. Todos estaban muy cambiados desde la última vez que los vi. Estar con mis familiares ha hecho que me sienta mucho mejor emocionalmente, pero un sentimiento de culpa por haberme marchado a Nueva York y haberlos dejado aquí me revuelve por dentro. Siento que le debo algo a toda esta gente que hace que el pueblo siga vivo.

 

Hoy ha sido un día muy intenso y estoy muy cansada. Mañana mis hermanos y yo iremos a la notaría para hacer algunos trámites legales. De momento, cierro los ojos y me acurruco en la cama, pensando en todo lo que hoy ha pasado y enseguida me quedo profundamente dormida.

 

–Cristina despiértate, que dentro de poco tenemos que ir a hablar con el notario y tu todavía no te has levantado de la cama. –me despierta mi hermano Rafa mientras me quita las sábanas.

–Qué bonita forma de dar los buenos días, Rafael.

–Sí, pero date prisa.

 

Me levanto y pronto me encuentro yendo hacia la notaría. Sinceramente, ahora mismo soy un manojo de nervios, porque no tengo ni la menor idea de qué es lo que nos acontece.

 

–Yo creo que deberíamos venderlos. –opina Rafael.

–¡¿Pero qué estás diciendo?! –salto yo totalmente sorprendida.

–Yo estoy de acuerdo con él. La decisión más sabia es vender el olivar, Cristina.

 

Tengo un vago recuerdo del olivar de cuando era niña y vivía aquí. Sé que mi padre era aceitunero y estoy totalmente segura de que mis hermanos han continuado con el oficio al igual que toda la familia.

 

–Pero… No lo entiendo –titubeo–. Sin olivos os vais a quedar sin trabajo.

 

Rafael suelta una carcajada.

 

–Cómo se nota que no has querido saber nada de nosotros desde que te fuiste a Nueva York, Cristina.

 

Ese comentario me sienta como un puñal por la espalda, pues mis intenciones nunca habrían sido esas.

 

–Hace ya bastante tiempo que no trabajamos en el campo –continúa Manu, con un tono triste y apagado–. Papá estaba haciéndose cada vez más mayor y el trabajo en el campo es muy duro, ya lo sabes…

–No, no lo sabe –interrumpe Rafael con un tono agresivo–. Ella estaba cocinando platitos de lujo en Nueva York y cobrando un sueldo más que generoso mientras nosotros nos dejábamos la piel en el campo y no nos daba ni para comer. Y menos mal que detuvimos la producción en nuestra finca, porque esto no ha hecho nada más que empeorar, ¿a que sí, Manuel?

 

–Tienes toda la razón, pero no puedes enfadarte con ella de esta forma, Rafael.

 

Es totalmente cierto que durante estos siete años nos hemos ido distanciando poco a poco y que no he sabido nada de mis hermanos, pero ahora mismo me siento horriblemente mal por todo lo que acaba de contar Rafa.

 

–Dios mío, no tenía ni idea de que todo esto estaba ocurriendo, chicos.

 

Los dos se me quedan mirando fijamente, con un gesto entre el enfado, la decepción, y la compasión que no sabría muy bien cómo describir. Al ver que no contestan nada, decido retomar yo la conversación.

 

–¿De qué decís que trabajáis ahora?

–Los dos trabajamos en la cooperativa del pueblo. Rafa se encarga de vigilar y coordinar el patio donde llegan los tractores con la cosecha y yo de la administración y ventas.

 

Por lo menos parece que Rafael se ha calmado y los tres nos quedamos charlando tranquilamente, mientras una idea dentro de mi cabeza evoluciona frenéticamente.

 

Hoy me he levantado motivada y emocionalmente ya estoy mucho más estable. Mi jefe me ha dado diez días libres para que venga a Jaén a despedirme de mi padre y descansar la mente. Según él es muy importante para todos aquellos que vivimos en ciudades muy concurridas que tengamos la mente en paz. De lo contrario, las personas tienden a desestabilizarse y perder los estribos.

 

De estos diez días libres ya sólo me quedan seis y tengo ganas de aprovecharlos al máximo. Quiero contarles a mis hermanos la magnífica idea que he tenido respecto al olivar, porque de momento no hemos tomado ninguna decisión.

 

–Chicos, he tenido una idea estupenda sobre el olivar.

–Sorpréndenos. –dice Rafa mientras los dos me observan expectantes.

–No tenemos que vender los olivos.

–¿Pero qué pretendes hacer con ellos? –Manu está tan sorprendido por mi comentario que parece que se le van a salir los ojos.

–Escuchad atentamente…El pueblo me ha encantado y los paisajes me han enamorado. El ritmo tranquilo de vida acorde a la tierra y los cultivos es lo que todos necesitamos en esta vida. Yo vivo muy acelerada en Nueva York y estoy dispuesta a dejar mi trabajo por vivir aquí y cuidar de los olivos juntos. Siempre y cuando vosotros también dejéis vuestros trabajos en la cooperativa y me ayudéis en el olivar.

 

A los pobres se les ha quedado una cara de horror que no pueden con ella. Estoy segura de que la idea no les ha gustado nada.

 

–¿¡Cristina estás loca!? –me contesta Rafa–. Lo que acabas de decir es el mayor disparate que he escuchado en mucho tiempo. No tienes ni idea de lo que estás hablando. ¿Sabes tú lo duro que es este oficio?

–Rafa, te estás repitiendo, ya le has contado antes a Cristina lo difícil que es ser olivarero hoy en día.

–Vale.

 

Se hace silencio, pero no es agradable. Rafa ha dejado de hablar, aunque no parece que esté muy contento. Más bien está furioso. Tiene los dientes apretados y está muy tenso. Nos mira por un segundo y decide marcharse a caminar por ahí. Manu y yo nos quedamos a solas en el patio.

 

–Cristina, siento decirte esto, pero Rafael y yo no podemos dejar nuestros puestos en la cooperativa. Tú tampoco deberías dejar el tuyo en la alta cocina. Papá, Rafa y yo ya apostamos en su día por mantener el olivar, pero tenemos pocos recursos y simplemente no podemos. Es mejor que Rafa y yo sigamos trabajando en la cooperativa mientras familias con campos más grandes y mejor mano de obra siguen trayendo aceitunas.

 

Manu posa una mano en mi hombro y escuchar esas palabras hace que aterrice en la realidad. Me doy cuenta del error garrafal que estaba dispuesta a cometer.

 

–Madre mía, sí que estás en lo cierto –mis ojos se humedecen y empiezo a sollozar–. Esto es totalmente inviable, pero me había dejado llevar por lo bonito y superficial sin siquiera haber participado en una aceitunada.

–Tranquila Cris. Recuerda que puedes pedirme cualquier cosa cuando me necesites.

 

Y dicho esto, Manu me da uno de los mejores abrazos que he recibido en mucho tiempo. Ahora, tendré que pensar en otra forma de ayudar al pueblo, porque esta no es una opción y quiero devolverle algo a este pueblo que tanto me ha dado.

 

Al final Rafa, Manu y yo ya hemos firmado los papeles para poner a la venta el olivar y ya ha llegado el día que tengo que volver a Nueva York. No quiero irme, pues he pasado buenos momentos aquí y me he reencontrado con mucha gente con la que había perdido el contacto. Pero por encima de todo, lo que más me inquieta es que todavía no he hecho nada por el pueblo. Durante estos últimos días he ido fermentando otra idea mucho más realista y que creo que puedo llevar a cabo. Según vuelva a mi puesto en la alta cocina hablaré con un par de personas y pronto llamaré a Manuel para darle buenas noticias.

 

–¡Hola Manu, cuánto me alegro de escucharte!

–Igualmente, Cris, ¿por qué me llamas?

–Te acuerdas de lo ofuscado que estaba Rafa por lo mal que pagan el aceite con el duro trabajo que conlleva, ¿verdad?

–Cómo para no acordarme…

–Me dijiste que ahora estabais los dos trabajando en la cooperativa y que tú te encargas de las ventas.

–Así es.

–Verás, he hablado con el equipo del restaurante y hemos decidido que vamos a incorporar una degustación de aceite gourmet en el menú. Cuando estuve en Jaén me acordé de lo espectacular que es, y he pensado que la cooperativa dónde Rafa y tú trabajáis puede ser nuestro proveedor. La calidad de vuestro aceite es máxima y nosotros podríamos comprarlo a un precio mucho más elevado que el que las grandes cadenas de distribución os ofrecen.

–¡¡¡Cristina, esto es una noticia increíble!!! –puedo notar la euforia en su voz– Además, este contrato beneficiaría enormemente a los agricultores de nuestro pueblo. Eres increíble, muchísimas gracias, de verdad.

–Las gracias te las tengo que dar yo a ti, Manu.

 

Gracias a ese contrato hoy en día no sólo el pueblo y la calidad de vida de sus habitantes ha mejorado, si no que resulta que incluir la degustación de aceite en el menú fue todo un éxito. Los neoyorquinos con morro fino dan lo que sea por venir al restaurante y probar el codiciado aceite. En Estados Unidos el aceite de Jaén se ha hecho famoso y la cooperativa ha abierto en este país un gran negocio de distribución de nuestro aceite único.  Lo más curioso es que resulta que lo llevábamos produciendo tantos años que habíamos olvidado lo bueno que es.

FIN

 

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