396. Hasta el final

María Ascensión Millán Jiménez

 

Este extenso y vigoroso olivar  es el perfecto escenario de mi vida. No sé si es más bello el canto de los pájaros al amanecer o la melodía del agua cristalina del arroyuelo en su discurrir insistente a pocos metros de mi casa, cuando cada día siento la llegada de una nueva jornada en el panorama de color verde y plata que se abre ante mi ventana.

Me llamo Clara y cuento sesenta y cinco años en el haber de mis huesos y de mi memoria. Soy escritora.

En un caluroso mes de julio, en esta misma casa, mi madre me trajo al mundo. Cuando al fin lograron desprenderme de su cuerpo, con las aguas del arroyuelo me bañaron. Del manantial del que nacen, detrás de los primeros riscos de la sierra que nos rodea, ya en los albores de mi vida me dieron de beber. Fui ungida y bendecida siempre, mientras crecía, mientras vivía, con el aceite elaborado con tesón, esfuerzo y sabiduría por las manos de mis mayores.

Algunas cosas de las que sé me las enseñó doña Gertrudis,  maestra de la escuela rural a la que mi madre me llevaba cada día en la furgoneta del abuelo Antonio, que a veces se negaba a recorrer la decena de kilómetros que a diario me costaba el aprendizaje y entonces era mejor ir caminando con paciencia, siguiendo el trazado del arroyuelo cuyos giros, saltos, remolinos y vegetación orillada me aprendí de memoria.

Me apasionaban las lecciones de doña Gertrudis porque me apasionaba aprender. Mi maestra se dio cuenta enseguida de mi gusto por la lectura, disciplina que yo apreciaba más que ninguna otra. Ella me prestó siempre los libros que viajaban en mi cartera conmigo a la vuelta del colegio. No hay prisa, me decía siempre, tráemelo cuando lo hayas leído, pero en eso tardaba yo mucho menos de lo que mi querida maestra pensaba.

Cuando el curso acababa, doña Gertrudis me empaquetaba en papel de estraza, atados con una cuerda, seis o siete volúmenes escogidos de su nutrida biblioteca con los que ella estaba segura de que yo, hasta que en septiembre nos volviésemos a ver, disfrutaría enormemente.  En los largos días de verano, tras acabar las tareas de la casa y el campo que mi madre me mandaba, se me podía encontrar junto al arroyuelo, sentada bajo el olivo más grande y centenario de todos, apoyada en uno de sus troncos retorcidos, robustos y escultóricos, leyendo y releyendo los libros de mi querida maestra.

Nunca podré olvidar el desconcertado semblante de doña Gertrudis cuando mi madre un día le habló de que había llegado la hora de retirarme del colegio pues necesitaba de mi ayuda en casa y en la hacienda familiar. Mi abuela Virtudes había muerto y el abuelo Antonio y ella no daban abasto en el trabajo diario. La apenada maestra solo se repuso para decirle a mi madre: tenía grandes esperanzas en que Clara fuera maestra como yo y me sucediera en la enseñanza a los escasos niños que habitan estos lugares, pero ya que eso no puede ser, prométame al menos que a su hija nunca, ningún día, le falte un libro que leer. Mi madre lo prometió.

Seguí creciendo en torno a mi casa, mis animales y mi cándido y soberano olivar, anhelando siempre a don Ramón, el dueño del camión que cada tres días pasaba por las casas del valle para acercarnos los productos solicitados. Quizá un día, al abrir los paquetes, me sorprendía un par de zapatos preciosos, o una pieza de tela verdaderamente hermosa con la que mi madre me haría un bonito vestido con su primoroso manejo de la costura… pero yo realmente buscaba, en medio de todas esas cosas, mis libros, que me llegaban puntualmente entre toda la paquetería que inundaba el vehículo  del bueno de don Ramón. Mi madre nunca olvidaba encargárselos, fiel a la promesa que le hizo aquel día a doña Gertrudis o, al menos, eso me decía ella.

Nunca eché en falta la figura de un padre, nunca me di cuenta siquiera de que me faltaba el mío. Mi abuelo, mi abuela y mi madre eran mi vida entera y no había necesidad de nadie más. Fueron los libros, y los argumentos tramados entre padres, madres e hijos, los que me hicieron pensar que yo no sabía nada de mi propio padre, del que mi madre ni me había dado explicaciones ni parecía querer hacerlo. También se negaba a hablar de ello el abuelo, alegando problemas de memoria para acordarse ya ni de lo que comió ayer, decía.

Un día en que vino mi vecina Eulalia a comprar nuestras ricas aceitunas aliñadas, reparé en que por la edad avanzada de esta mujer y por su cercanía a la vida de mi familia, podía contarme quizá lo que nadie se atrevía a hacer acerca del hombre que me engendró y, niña, me contestó la anciana, tienes ya suficiente edad para darte cuenta con solo fijarte en la alegría que tu madre muestra cuando llega noviembre y vienen los jornaleros a coger la aceituna en vuestras tierras.

Fue inútil arrancarle ni una sola palabra. Mi madre solo lloraba cuando yo le afeaba su actitud, reprochándole que a mis veinte  años me siguiera ocultando que mi padre era un señor que estaba vivo y que, además, nos visitaba cada año. En un enojo desorbitado, yo le gritaba, pero ella lloraba desconsoladamente en el regazo de mi abuelo Antonio, que lloraba también, pobre hombre.

Aquella noche, a solas en mi habitación, mientras veía la oscuridad hacerse cada vez más espesa borrando cualquier cosa que existiese tras mi ventana, hice uso de mi memoria y me empeñé en centrarla en los tiempos de recogida de la aceituna en nuestros campos. Sí, pensé de pronto, podría ser ese señor que cada año llegaba antes que los demás. O aquel otro de pelo tan rubio como el mío que me traía tantas golosinas. O aquel otro señor tan amable que me llamaba mi pequeña Clarita. Quién sabe. Falta poco, me dije al fin, mañana amanecerá el día veintiocho de octubre y los olivos están repletos ya de fruto. La recolección de aceituna empezará pronto y pronto, quién sabe, yo misma devanaré este acertijo de mi propia vida.

Admiro tanto la figura de don Quijote de la Mancha que no recuerdo cuántas veces he leído este libro poderoso que embauca mis sentidos mientras discurren a través de sus páginas las aventuras y desventuras del caballero andante. Caminos, ventas, molinos, poblados… qué maravilla para la mente del loco más cuerdo que he conocido y de su  bonachón escudero. Aquel domingo de primeros de noviembre habíamos madrugado aún más de lo normal en mi casa para cuidar el ganado y hacer los trabajos de la huerta, que eran muchos. Después de comer, en vez de dormir la siesta en casa como mi madre y el abuelo, me marché, ya libre de quehaceres, libro en mano, hacia mi querido olivo centenario, mi más preciado espacio, y hacia el arroyuelo que lo cercaba; sin el sonido de las aguas nunca me pareció tan bonito leer. Bajo el olivo me senté y di comienzo a la lectura. Embobada en el apasionante episodio de la pastora Marcela estaba cuando vi a lo lejos que alguien venía hacia el arroyuelo desde el camino.

Descartado el abuelo, que había quedado en su sillón iniciando una de las largas siestas a las que acostumbraba, cerré el libro y miré fijamente hacia aquel hombre que llegó hasta las aguas al fin y con ellas refrescó sus manos, su cuello y su frente. Oiga, señor, ¿quién es usted?, le pregunté mientras me ponía en pie. Fue entonces cuando él, tras fijar bien su mirada deslumbrada por el sol del mediodía, reparó en mí.  Pude ver una amplia sonrisa dibujada en su rostro mientras caminaba hacia mi olivo y hacia mí.

-Hola, Clara –me dijo-, qué alegría me da verte de nuevo. Pero qué haces aquí, mujer, tan sola…

–  ¿Tú eres Miguel? – pregunté tímidamente.

-El mismo. Bueno, un año más viejo. Y tú, un año  más guapa -dijo mirando el libro que yo tenía entre las manos.

-Don Quijote de la Mancha –acerté a decir.

Mientras me contaba que a él también le cautivó en su momento el caballero de la triste figura porque él también era un gran lector, me fijé en sus ojos de color azul grisáceo, como los míos. Un hombre apuesto en verdad, a pesar de la plata que ya aparecía por sus cabellos de forma abundante.

Observé la alegría del abuelo y de mi madre ante la llegada del primer jornalero pero supuse que quizá la alegría de ella sería mayor ante la llegada de otro de los que quedaban por venir, qué sabía yo. La veintena de hombres restantes llegó pocos días después, cuando Miguel ya se había integrado en todo el trabajo de establos, cultivos y preparación de las labores de recolección aceitunera. El cariño con el que Miguel me trataba a mí era excepcional, pero también a mi madre, también a mi abuelo, también a mi vecina doña Eulalia que nos visitaba asiduamente. Mi madre le correspondía, es cierto, pero también, de igual manera, es encantadora con todos, siempre pendiente de que nada falte a nadie, me decía yo a mí misma.

Como los días de aceituna llegaban a su fin y yo creía volverme loca sin poder averiguar la verdad, un día, sentados a la mesa Miguel, mi madre, el abuelo y yo, cuando ya estábamos acabando de comer, me atreví a hacer la pregunta que tantas veces me había mordido los labios para que no saliera de mi boca: Miguel, ¿tú eres mi padre?

Mi madre se volvió del color de la cera, Miguel dejó en la mesa el cuchillo con el que mondaba la manzana, el abuelo me miró fijamente. Es inútil ocultarlo por más tiempo, Isabel, dijo al fin Miguel mirando a mi madre, Clara ya tiene veinte años. Sí, dijo al fin de manera rotunda. Recuerdo que me levanté bruscamente de la silla  y salí corriendo del comedor y de mi propia verdad.

Sentada en mi lugar de lectura, llorando junto al tronco retorcido y vetusto del olivo centenario, les vi acercarse. Vi, entre la neblina de mis ojos lluviosos, a mi recién descubierto padre y mi madre. A mi lado se sentaron y fue Miguel, al rato, quien comenzó a hablar de una historia de amor que nació de forma inevitable tantos años atrás, siendo mi madre libre y él cautivo de otros lazos familiares. Hay barreras, las de mi familia, que yo nunca he podido o no me he atrevido a saltar, continuó, y tu madre así lo ha aceptado. Siempre tuve la convicción, siguió mi madre, de que ni quería perder a Miguel, ni jamás podría amar a otro hombre como a él. Aquí metida, agregó, en medio de estos valles, sola como la una, Miguel fue mi refugio aún en la distancia, la razón de mi vivir, el amor que con él descubrí y al que nada ni nadie ha podido hacerme renunciar nunca, el padre de mi única hija.

Soy consciente, dijo él, de la dificultad de comprender esta situación pero a veces el amor salta por encima de todo tipo de fronteras y se alza sobre ellas lo mismo que si fuera un águila real. Como dos rayas paralelas  que no se pueden nunca juntar, así son las vidas de tu madre y mía, ni la de ella puede salir de este valle ni la mía puede salir de mis circunstancias.

¿Cuántos hermanos tengo? le interrumpí yo. Tres, y son mayores que tú, contestó Miguel. Ya, tres, repetí yo, tres que quizá fueron al colegio más que yo, o que no se levantan al alba para cuidar a los animales, o que no se han dejado las manos entre los olivos y la tierra de este lugar…  Sí, tres, prosiguió Miguel, que tienen cosas que tú no tienes pero que jamás gozaron de la belleza de este impresionante y cautivador mar de olivos, jamás tuvieron afición por el conocimiento, jamás leyeron un libro de esos que yo te compro.

¿Cómo?, exclamé yo asombrada. Pues eso, respondió Miguel, ¿de verdad piensas que don Ramón se molesta en buscar libros? Mi niña Clara, detrás de todos los libros que  has estado recibiendo a lo largo de todos los años pasados, estoy siempre yo.

Si mis padres, continuó mi madre, a pesar de su edad y su mentalidad anticuada, acabaron aceptando a Miguel y esta forma de amor, que es tan válida para nosotros como cualquier otra, yo sé que tú también lo entenderás. No sabes cómo duele la ausencia, Clara, pero mi amor ha sabido siempre esperar, sabe ignorar todo cuanto no le interesa, sabe realizarse dentro de la dificultad, y hasta que muera así lo viviré.

Mi madre me acercó su pañuelo para que yo secara mis lágrimas y Miguel sacó del bolsillo de su chaqueta un paquete que también me entregó. Ábrelo, dijo. Retiré la cinta y el papel que lo envolvía, y descubrí un precioso cuaderno de pastas azul cielo. Escribe en él, Clara, añadió, sé que has leído mucho y sé que quien tiene tanta habilidad para leer la tiene también para escribir. No lo dudes, escribe, vacía tu corazón que es tan puro como las aguas de ese arroyuelo, dibuja la soledad ensimismada y el silencio locuaz de estos campos, de la belleza en color verde y plata de estos majestuosos olivos, de sus extraordinarias promesas de aceite. Habla de los nudos que marcan este tronco poderoso en el que te recuestas. Habla del aire que mueve las ramas y canta entre ellas. Habla de estas preciosas hojas lanceadas, sonrisas del cielo. Habla de tus raíces, habla de ti. Habla del amor que un día conocerás para comprender que es una fuerza que estalla en tu interior como si fuera un rayo que atraviesa un árbol en mitad de una tormenta…

Hoy, a mis sesenta y cinco años, sé que en aquel cuaderno azul que me regaló mi padre comenzó todo. Vencido el miedo a dejar escritas las primeras frases, mi imaginación era un dechado de argumentos y mis palabras fluían a borbotones de mi mente para ser escritas en el papel con la preciosa caligrafía que me enseñó doña Gertrudis. Cuidar de los animales en el establo y leer, trabajar en el olivar y escribir… así pasaban los días por mi vida  y las historias por mis cuadernos. Don Ramón multiplicaba sus entregas y yo las recibía totalmente feliz, sabiendo a mi padre al otro lado del envío y a mi madre desbordada de amor. Te aseguro, me decía, que es este, el mío, un amor muy grande y generoso, igual de compartido que de inmortal.

Qué me iba a imaginar yo que el jornalero Miguel, mi padre, se había llevado un cuaderno de esos que yo llenaba con mi desbocada imaginación. Un día, que no era de los de recolección de aceituna, vino a casa y me tendió sus manos, que sostenían un regalo. Pensé en principio que se trataba de otro cuaderno, de tantos como me regalaba o me hacía llegar, pero al quitar la cinta y el papel,  vi lo que jamás hubiera imaginado. Al leer el título casi muero de alegría.  Los árboles de mi vida era una novelita que yo había escrito hacía bastantes meses y que ahora estaba perfectamente encuadernada en un libro de pastas de color azul cielo, con mi nombre impreso en la parte inferior. Ahora sí puedes decir que eres escritora, me dijo sonriendo.

Mi madre murió meses después que el abuelo Antonio. Su corazón era muy grande, pero también estaba muy herido, y una noche decidió detenerse. Miguel, mi padre, ahora vive conmigo, en la casa de aquel pueblecito que cada vez se hace más pequeño y más solitario, junto a mi marido, mis hijos y algunos de mis nietos.  Hasta que yo no conocí el amor, con sus imparables formas,  no pude comprender del todo el que mis padres se tuvieron, aquel del que yo nací.

A veces, cuando he publicado alguna nueva novela, o me han dado algún premio, en el transcurso de alguna entrevista, alguien me ha preguntado cómo se puede vivir en este lugar perdido entre montañas y olivares, en este pueblito con menos ya de una docena de casas.  Yo siempre contesto que no concibo la vida si no es bajo este cielo que me vio nacer y crecer, y en medio de mis sembrados, de los animales de mis establos y del olor a aceituna y a aceite, mi más preciado perfume. Contesto que no me concibo alejada del lugar donde mi madre amó sin reservas ni condiciones y donde mi padre, junto a nosotras, aunque fuesen pocos días en cada año, se sentía feliz. Contesto que no me concibo si no es amanecida cada día de olivos, tierra y sol.

Estoy firmemente convencida de que ni uno solo de mis libros habría nacido si no hubiera sido bajo el cobijo de aquel olivo centenario, la perfecta biblioteca que a diario yo buscaba para leer y  escribir. Ese poderoso hijo de Atenea es templo de mí misma, su sombra es para mí manantial continuo de inspiración para vivir y para escribir. Así lo fue, así lo es y así lo será hasta el final de mis días.

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