395. Con solo un puñado de olivas…

Aripeval

 

El día amanece, me calzo las botas y me preparo para salir del pequeño cobertizo en el que vivimos. Mi marido ya está listo y está encargándose de vestir al niño para salir a cosechar. Aún no hace un frío extremo, pero uno empieza a echar en falta la bufanda nada más sale al exterior. Cogemos los dos sendas varas y nos encaminamos a la pequeña puerta que se presenta ante nosotros.

—Hoy también será un día duro —informa Mari al atravesar la puerta para adentrarnos en el olivar del que somos dueños —. Y parece que refrescará algo más que ayer.

Asiento y le tomo de la mano, agarrando con la otra un cortavientos para el pequeño. Caminamos lentamente, como disfrutando de un paseo, al igual que antes, antes de esta locura conocida como «vida».

Antes, hace poco menos de año y medio, acabamos nuestros estudios universitarios y, tan contentos, decidimos casarnos. Tuvimos el beneplácito de ambos progenitores, aunque insistían en que no nos relajásemos, ya que debíamos estudiar para las oposiciones. Hicimos caso, pero llegó un momento, antes de que llegase el pequeño como nuevo miembro de la familia, en que nos percatamos de que aquello no era felicidad, no nos sentíamos plenos. Sí, éramos un matrimonio bien avenido, pero había algo que no terminaba de cuadrar en nuestra vida. Estuvimos en esa tesitura de vacío existencial algunos meses, puesto que confiábamos en que el nacimiento de nuestro primer hijo llenaría esa profunda grieta. Y, sí, nos trajo una enorme alegría, pero seguíamos disconformes con la vida que llevábamos. Resolvimos en hablar seriamente para desentrañar el fallo de nuestra existencia. Y recordamos, recordamos aquellos tiempos, cuando comenzó nuestro romance. Desempolvamos lejanas promesas que rezaban una vida en el campo, viviendo de él y en él. ¿Por qué aquello se presentaba tan alegre y hermoso, tan pleno y tan deseable después de todos los años que habíamos desperdiciado haciendo trabajos grupales en la universidad? ¿No anhelábamos acaso tener un buen trabajo en la gran ciudad? De ser así, ¿por qué se sentía la vida allí tan poco realizada? Tal vez no estábamos hechos para lo que nosotros habíamos planificado; una vida tan ajetreada y controlada no era para nosotros.

Así pues, decidimos empezar a buscar terrenos. Teníamos algo de dinero ahorrado ya que llevábamos trabajando desde los dieciséis, compaginándolo con los estudios. De esta forma, encontramos un precioso olivar. Mi abuelo había sido olivicultor, había tenido un gran terreno en el pueblo repleto de grandes olivares. Aún recuerdo vivamente verle con una larga vara caminando por la gran explanada, para volver, entrada ya la tarde, bien cargado con cajas y bolsas repletas de olivas de un fuerte verde y un olor muy característico, que no he podido volver a disfrutar en toda mi vida académica, atrapada entre libros. Recuerdo también que intentaba ayudar torpemente a llevarlas, pero ¿acaso una niña de 9 años podía cargar con semejantes cajas? ¡Si tan solo hubiese podido estar cargándolas en vez de estar atrapada entre los alumnos ruidosos en mi clase!, eso pensaba frecuentemente durante mis años universitarios. Cada vez que me ponía a rememorar tiempos tan lejanos, pero a la vez tan deseados, cercanos y nostálgicos, no podía evitar el quedarme ensimismada largo rato.

Pero volvamos al tema importante, el terreno. No me preocupaba sobremanera pues, porque cualquier duda que pudiéramos tener respecto al cultivo de este fruto podía ser respondida fácilmente. Además, yo recuerdo que desde pequeña quería vivir en uno, ya fuera en la copa de un árbol o en una casa de las inmediaciones. Era un sueño infantil, lo que una niña de cinco años piensa cuando su abuelo la lleva por vez primera a su finca. Pocos años después, cuando mi ascendiente se jubiló y vendió su olivar, perdí gran parte de ese interés que tenía, aunque seguía siendo ese «algo» que uno no puede olvidar.

Acordamos un día para ver el terreno y allá que fuimos. Estábamos en el ocaso de la primavera y los olivos se veían vivamente verdes, de un verde tan potente y cargado de vitalidad que, mezclado con el rojizo de la puesta de sol, hacía que me sintiera prácticamente dentro de un libro, uno de tantos que me había tocado leer en la universidad, donde muchas veces los autores idealizan una naturaleza tan realmente bella que puede sonar a mera poesía, hasta que uno ve paisaje tal. A medida que íbamos recorriendo el campo, una calidez realmente agradable se instaló en el ambiente y el perfume de los árboles se volvía embriagador. No presté mucha atención a las divagaciones del vendedor, confiando en que mi marido y mi abuelo la prestasen por mí. Para una persona que lleva toda su vida, sus estudios, en universidades urbanas acompañadas del sonido de vehículos por la calle y de estudiantes algo molestos en el aula, era obvia una reacción así (o al menos, así me quería justificar). Al cabo de un buen rato, tiempo que se me pasó volando, el vendedor nos terminó de mostrar la finca al completo y esta fue estrictamente revisada por mi abuelo, quien sí que prestó atención y, para mi agrado, nos recomendó encarecidamente hacernos con el olivar.

Finalmente, acordamos un precio y nos convertimos en nuevos propietarios. Nosotros estábamos eufóricos porque al fin discerníamos el final de aquella pesadilla llamada ciudad, el término del sufrimiento por los fuertes ruidos que día sí y día también reverberaban en el ardiente asfalto de la calle.

Sin embargo, aún quedaba por resolver un ligero problema… debíamos comentar a nuestros respectivos familiares la decisión de marcharnos a vivir al campo y obtener nuestro sustento de un olivar. Ambos sabíamos que la mera idea haría enfadar a nuestros padres. ¿Por qué? Simple; éramos unos niños de veintipocos años y para ellos teníamos unas ideas muy poco realistas. Además de eso, si una trata de explicarle a una persona que está perfectamente integrada en el sistema y que prácticamente aborrece los pueblos una decisión tal, lo más probable es que se echara las manos a la cabeza, preguntase que qué iba a hacer uno sin un «super», tiendas de ropa y de cosmética, y demás lugares de la urbe. Si una se atreviese a responder a estas personas que, con un huerto, animales, y una furgoneta, una se puede encargar de todo, muy posiblemente le tacharían de loco y de imprudente. Por estos motivos cabía entender el temor ante su reacción.

Ese mismo día fuimos a casa de nuestros progenitores para explicarles la situación. Su sorpresa fue mayúscula y su rechazo aún mayor, si cabe. Aún así hicimos lo que consideramos que nos brindaría mayor felicidad. Y eso era vivir enclaustrados en la naturaleza, abrir la puerta de casa e internarse directamente en un mar vegetal, trabajar en nuestro propio terreno para obtener nuestro propio sustento.

Mi abuelo se ofreció a vivir con nosotros un tiempo para terminar de enseñarnos el oficio. Fue de una inmensa ayuda y le ilusionaba en demasía, por lo que lo difícil era no aprender con tan buen maestro.

De esta forma llegamos al presente, a nuestra caminata por entre los olivos para varearlos. Sentamos al niño en el suelo con una manta y la lona que yo cargaba para protegerle del viento. Lo colocamos y preparamos todo para poder dedicarnos otro día más al duro trabajo que nosotros mismos habíamos elegido. Llevamos ya varios días dedicándonos enteramente a varear, comer y dormir. No podemos permitirnos trabajadores todavía, así que debemos encargarnos nosotros solos junto con la encomiable ayuda de algunos familiares cercanos. Somos pobres como ratas por emplear todo el dinero en mantener el olivar, pero ya llegarán los beneficios; es la primera cosecha.

Los padres siguen creyendo firmemente que somos unos inconscientes, unos ineptos y con poco rodaje en la vida, que debemos abandonar nuestro estúpido sueño y dedicarnos a trabajar en algo más fiable y menos costoso físicamente. Siguen manteniendo que deberíamos volver a la ciudad y encerrarnos en una oficina para hacer papeleo, pasar ocho horas (que se dice pronto) en un lugar opaco, sin luz, alegría o un mínimo aire fresco que no esté completamente contaminado por la excesiva polución del lugar. Ellos son los adultos, ¿cierto? Deberíamos hacerles caso.

Sin embargo y, pese a su insistencia, preferimos seguir siendo unos irresponsables y unos cazurros, aceptamos el título que ellos nos han otorgado. Lo asumimos con orgullo porque sabemos que va acompañado de la felicidad que buscábamos, porque nos hace sentirnos plenos y alegres por levantarnos cada mañana y ver el extenso mar de verde que se cierne ante nosotros.

Así, seguimos vareando los olivos. Nuestro hijo crecerá aquí, rodeado de verde, y amará la naturaleza. Será más feliz que todos los muchachos de su edad que viven siendo adoctrinados en las escuelas y siendo absorbidos por la tecnología. Y otro niño más viene en camino, esperando su turno para unirse al resto de la familia y venir con nosotros a ver las aceitunas caer sordamente en la lona situada sobre la tierra dura y polvorienta, la misma tierra que nos verá envejecer, juntos.

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