394. El olivo que nació donde Dios quiso

Susana Ávila Sánchez

 

El sonido de la ficha al golpear la mesa hizo que se apagaran las voces de aquellos que apuraban su sol y sombra en la barra.

Clac.

Antoñito el Arriero dejó la taza de café con leche en el plato y se caló la boina hasta las cejas. Luego apoyó los codos en el mostrador y se frotó las manos con tanta fuerza que parecía querer echar la rabia fuera. La tarde se había presentado fría y, en el campo, los olivos recibían el agua que caía como si fuera viático de los cielos, mientras en el bar del pueblo se jugaba la temida partida de dominó.

Con los ojos fijos en los restos de café que quedaban en el fondo de la taza, Antoñito el Arriero esperaba oír una vez más el golpe de la ficha sobre la mesa.

Y no tardó.

—Blanca doble —dijo Ramón.

Clac.

Sonó la ficha con estrépito otra vez.

En el bar se hizo el silencio y todos miraron hacia la partida. El camarero, que estaba llenando de anís una copa, dejó la botella suspendida en el aire. Nadie preguntó qué había pasado. Todos conocían la rabia que escondía aquel sonido, la memoria encerrada en cada una de aquellas fichas y, sobre todo, lo que aquella tarde estaba en juego.

—Tuya —dijo Ramón.

Anselmo miró las fichas que le quedaban.

—Pitos… —dijo, golpeando nuevamente la superficie de la mesa.

La tarde se deshacía bajo una lluvia menuda que se pegaba a los cristales del bar. Se acercaba ya diciembre y casi no quedaba luz sobre los tejados del pueblo. El agua corría por las calles estrechas hacia la plaza, como si llorara la cosecha tardía de la aceituna.

El cura seguía la partida sentado al fondo, en una mesa, sin levantarse. A nadie sorprendía su presencia. Todos sabían por qué estaba allí.

Anselmo levantó la vista hacia él.

El padre Ambrosio no dijo nada y siguió rezando el rosario.

Aquella partida tenía una historia tan antigua que los viejos del pueblo todavía recordaban cómo empezó.

—Esto empezó hace muchos años. Mucho antes de que los abuelos de estos se partieran el lomo recogiendo la aceituna —dijo Antoñito el Arriero a un vecino nuevo en el pueblo que había entrado en el bar buscando refugio de la lluvia, cada vez más intensa.

Antoñito saboreó la historia con el palillo entre los dientes y continuó:

—A uno le llamaban Paco y al otro, Francisco, para que no hubiera confusión en el pueblo. Ellos son los que lo empezaron todo…

«Qué diantres, Paco. No vamos a estar toda la vida así. Un año, tú; y, al otro, yo…

«¿Y qué quieres que haga, Francisco? Así lo dispusieron las familias hace ya tantos años. Yo no sé ni quién tuvo la idea… Pero un año el olivo es tuyo y el siguiente, de mi familia.

«Ya, Paco, pero ¿y si no hay aceituna? Este año no ha dado aceitunas… Si no hay aceituna, no hay aceite. Y si no hay aceite, no hay unción. Y eso son dos años con la pena negra…

«¿Y qué quieres que yo haga, Francisco? Este arreglo no es nuestro… ¡Si quieres nos lo jugamos al dominó en el bar del pueblo! Otra cosa no podemos hacer…

Y así empezó todo —concluyó Antoñito.

Ramón y Anselmo llevaban cincuenta años jugándose las aceitunas del olivo al dominó. Y nadie había vuelto a discutir la regla.

Cincuenta años… echando a suertes la pena negra.

Cincuenta cosechas esquivando la mala suerte con el aceite de aquel olivo que Dios quiso que naciera en mitad de la linde de ambos compadres. Y, como Dios es sabio, quiso además que el aceite de aquellas olivas fuera sanador para la familia que vareara el olivo. Con su unción, las dos familias habían sorteado durante siglos, y en más de una ocasión, la muerte.

Decían en el pueblo que el bisabuelo de aquel Paco llegó a vivir ciento treinta años y que se marchó porque le rogó a Dios que se lo llevara, hartito como estaba ya de andar danzando por aquí.

El cura del pueblo, don Ambrosio, había mandado una misiva al Vaticano en la que informaba de los milagros que el aceite de aquel olivo había obrado en las dos familias del pueblo y solicitaba una dispensa papal para vender el aceite como santo, además de una bendición especial para el olivo que pusiera de manifiesto las bondades divinas de su aceite. Hacía ya más de diez años de aquello, pero el padre Ambrosio no perdía la esperanza. Culpaba de los retrasos a la acumulación de peticiones que llegaban al Papa desde el mundo entero.

Los dos hombres rondaban ya los setenta y habían pasado más de media vida vareando un olivo que, a ratos, era suyo y, a ratos, de otro. Pero ninguno se atrevió a pleitear, no fuera a perderse en el pleito la unción con la que Dios había bendecido a sus familias.

Y con ese pacto y ese esperar la bendición año tras año, aquella tarde se libraba una partida de vida o muerte.

Ramón puso una ficha.

Clac.

Anselmo miró las que le quedaban sobre la mesa. Observó sus manos encallecidas de varear las ramas de los olivos. Las miró como si aquella tarde no fueran más que un estorbo.

Le quedaban tres fichas.

Pensó en su nieto.

Estaba enfermo. El médico no sabía qué le pasaba.

Le había alcanzado la pena negra, decían en el pueblo. Llevaban ya veintitrés viernes rogando a Dios por la salud del pequeño y pidiendo misericordia.

Al principio había sido cansancio. Después, fiebre. Después, aquella debilidad que lo había dejado sin ganas de levantarse de la cama.

«Papá, tienes que ganar… ¡Se lo debes!», le había dicho su hija con la voz quebrada y los ojos rojos de tanta pena y llanto a escondidas.

Miró a Ramón, que permanecía inmóvil.

Todos entendían lo que había en juego.

El pueblo entero sabía que el nieto de Anselmo necesitaba el aceite.

También sabían que, si ganaba Ramón, de nada serviría que se lo diera. Podría, incluso, arrodillarse junto a la cama del niño y rezar con ellos. De nada serviría. Nunca había servido. El aceite de la unción solo había curado a la familia a la que pertenecía la cosecha.

Así era desde antiguo.

Anselmo colocó una ficha.

Clac.

Uno de los hombres de la barra se persignó.

Ramón lo miró.

El hombre se encogió de hombros.

La lluvia ahora golpeaba con fuerza los cristales.

Anselmo miró el reloj.

Su nieto ya estaría dormido.

Recordó la última vez que lo había visto. El niño tenía la cara hundida en la almohada.

—Abuelo.

—¿Qué?

—¿Vas a ganar?

Anselmo había sonreído.

—Claro.

Ramón colocó otra ficha.

—Paso —dijo Anselmo, mordiéndose el labio.

El cura se acercó a la mesa y se inclinó sobre Anselmo para hablarle al oído.

—No pierdas la esperanza, hijo. ¡Dios está contigo! Pero, sobre todo, no pierdas la partida… Por tu nieto, piénsate bien la que vas a poner en la mesa.

Después, don Ambrosio se fue a un rincón. Se arrodilló en señal de penitencia y elevó las manos al Señor.

Un parroquiano que tomaba su carajillo en la mesa de al lado, al verle, se levantó y fue a rezar de rodillas junto a él. Poco a poco, todos los allí presentes empezaron a arrodillarse y a rezar a la Virgen de la Fuensanta, de gran devoción en el pueblo.

Los cánticos a la Señora del lugar y los rezos cobraron cada vez más fuerza. Algunos vecinos se fueron acercando para ver qué pasaba. A los pocos minutos, más de un centenar había unido sus voces a las de los demás. De rodillas, con velas y antorchas encendidas, sorteaban la intensa lluvia bajo paraguas negros que aventuraban un mal presagio.

Clac.

Sonó una vez más. Dentro del bar cesaron todos los rezos y cánticos.

Fuera, la tarde había desaparecido. El bar olía a humedad y coñac barato.

Nadie hablaba ya.

Anselmo miró la ficha que tenía entre los dedos.

Pensó en el olivo. No recordaba haber visto nunca su tronco entero. De niño le parecía enorme. Su padre decía que ya estaba allí cuando su abuelo era niño. Su abuelo decía que estaba allí cuando lo estaba su abuelo.

Más de trescientos años llevaba aquel árbol creciendo en mitad de la linde.

Había sobrevivido a todos.

Ramón colocó otra ficha.

Anselmo miró la que tenía en su mano.

Ramón lo miró.

Por un instante, ninguno de los dos fue capaz de mantener la mirada.

—Vas tú —dijo Ramón.

Anselmo se levantó en silencio, se dio media vuelta y se marchó, dejando la ficha sobre la mesa.

La lluvia le cayó sobre la cara.

Al otro lado de la plaza, el campanario tocaba a Vísperas y las plañideras se refugiaban ya en la iglesia.

A lo lejos, la lluvia dejaba entrever la soberbia figura de un olivo que, ignorando las reglas de los hombres, había crecido allí donde Dios quiso.

 

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