392. Origen

Sheila Morales Garrido

Al alba, todo comenzó en ese preciso instante. Cada amanecer Lola y sus hermanos se levantaban para cuidar de sus tierras, tierras de flores y azahar, tierra de cultivo y vida. Esas olivas eran la herencia de sus abuelos en Beas de Segura, en Jaén, desde hacía un montón de años, y para ellos eran sagradas.
Al salir de casa, se notaba ese olor tan bueno de la mañana en el campo: a tierra mojada por el rocío, al azahar dulzón y al romero de la sierra. Era un aire fresco que te espabilaba de golpe.
Se pasaban las horas subiendo y bajando cuestas cuidando los olivos. A las doce, paraban a almorzar bajo la oliva más vieja. Ponían un saco en el suelo y sacaban pan de hogaza, tomates con un buen chorreón de su propio aceite, queso y aceitunas. Allí comían con las manos, riéndose al recordar las palizas a trabajar que se daban sus padres cuando ellos eran críos.
Al atardecer, cuando el sol caía por los cerros, merendaban un café caliente de termo con rosquillas. Mirando el campo anaranjado, cansados pero juntos, sabían que esa tierra era su mayor suerte.

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