390. La visión

Plaiton

 

El hermano Malaquías, amanuense y herbolario, había dedicado buena parte de su vida monástica al cuidado del centenar de viejos olivos que adornaban los campos del priorato que miraban al septentrión. Él conocía, mejor que nadie, las muchas propiedades curativas, tanto del alma como del cuerpo, del denominado oleum hispanicum. Incluso escritos del Antiguo Testamento tan importantes como lo son el Éxodo, el Levítico, el Génesis o el Deuteronomio recogían en sus páginas que este maravilloso líquido extraído de la oliva, convertido en aceite santo o santos óleos y también en crisma mezclándolo con bálsamo, es símbolo por excelencia del Espíritu de Dios o Espíritu Santo, el cual nos aparta del mundo, nos consagra, nos purifica y nos santifica. Quizá por todo ello este viejo fraile no pudo aguantar una aciaga visión que tuvo y en la que se distinguía arrancar todos los olivos para instalar numerosas filas de extrañas placas metálicas que reflejaban el sol. Ese mismo día, después de vísperas y tras dibujar en la pared de su celda una cruz compuesta de olivas, ataría una soga a una de las vigas y se colgaría de ella.

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