388. Su nombre

Raquel Alcalde Paniego

 

Dicen que un olivo no pertenece a quien lo planta, sino a quien viene después. El de mi abuelo crecía al borde del camino, torcido por el viento y con el tronco abierto en dos grandes brazos. Nadie recordaba quién lo había plantado. Mi abuelo contaba que había nacido allí antes que él, y que seguramente moriría después de todos nosotros.

Un día, de niño, acompañándolo al campo, nos acomodamos en el tronco del olivo para descansar, él me contó que había grabado su nombre en la corteza del árbol, pero a este le había gustado tanto que lo había borrado para quedárselo. Solo se veía una pequeña marca y con la navaja que llevaba en el bolsillo grabó el mío al lado de la pequeña hendidura.

Años después, cuando ya mi abuelo había muerto, regresé al olivar. El pueblo y yo habíamos cambiado, las tierras tenían nuevos dueños. Pero el gran olivo seguía allí. Al acercarme para buscar las marcas, entendí lo que mi abuelo había quería decirme años atrás, el olivo no se quedó con nuestros nombres, el suyo era el que se había quedado grabado en nuestra piel.

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