386. El primer chorro
La nieta de Aurora empujó la puerta de la almazara sesenta y tres años después de que la prensa cerrara. Corría 2003, el año en que murió su abuela. El edificio seguía cerrado y ella había conseguido una llave prestada. El capacho podrido seguía en el rincón. Al pasar la mano por el esparto, el polvo se le pegó a los dedos. Un olor familiar le inundó de golpe. Aceite viejo agarrado a la madera, metido en la piedra del suelo. Parecía que nadie hubiera limpiado aquello en décadas.
Se agachó junto a la piedra cónica. Buscó la marca que sabía que su abuela había dejado en el eje. Una muesca a golpe de punzón para saber cuándo la piedra completaba una vuelta. La encontró. De niña había crecido con esas historias. El crujido grave de la maquinaria antes de que la aceituna empezara a triturarse, el sonido más fino que solo su abuela distinguía, el instante exacto en que la pasta cambiaba de textura y había que detener la molienda antes de que el calor echara a perder el aceite.
Su padre nunca lo aprendió. El molinero de turno, tampoco. Aurora tenía once años cuando comenzó a detenerse junto a la prensa con la cabeza ladeada. A los catorce, el encargado ya no daba la orden de parar solo mirándola.
—Escucha —le decía a su padre.
Y él escuchaba. Le prestaba atención porque ya sabía que la niña oía cosas que él no podía.
La almazara era de don Emilio Cárdenas. Con nueve años, Aurora ya se movía entre los sacos de esparto con soltura. La casa usaba todavía prensa de viga. Se apilaban los capachos, se aplicaba peso y el aceite comenzaba a manar por los bordes en hilos finos, casi transparentes al principio, cada vez más cargados de color según avanzaba la prensada.
El primer chorro era el que más valía. Salía solo, sin presión, en un hilo tan fino que casi no hacía ruido al caer. Tenía un verde turbio y denso. Al llegar a la tina producía un chapoteo corto que se apagaba enseguida contra el metal. Llevaba el amargor limpio de la aceituna recién molida, un picor que se sentía primero en la punta de la lengua y subía después hasta la garganta, donde se quedaba un rato antes de desaparecer. Olía a hoja machacada y a tierra removida, un olor que solo aparecía en las primeras gotas y se perdía después, cuando el calor de la prensa empezaba a espesar el resto. Las mujeres se turnaban para recogerlo en tinas pequeñas y llevarlo aparte, sujetando el recipiente con las dos manos para que no se moviera el aceite. Se guardaba para las ocasiones importantes. El que salía después, con más calor y más presión, perdía aquel verde y se volvía dorado y pesado en la boca. Ese se mezclaba y se vendía por arrobas a los compradores que bajaban de Jaén.
Aurora distinguía aquel primer aceite por su caída. Esperaba con paciencia el goteo espaciado que terminaba por juntarse en un hilo continuo. Sabía además que el sonido cambiaba si la aceituna era de vuelo o de suelo, si había llovido aquella semana o si la sequía llevaba meses apretando. La de vuelo, recogida del árbol, daba un aceite más verde y fino, con un amargor que aparecía al final de la garganta. La de suelo, levantada de la tierra, tardaba más en molerse y oscurecía el aceite: había empezado a fermentar en contacto con la humedad.
—Huele a que ha estado esperando —le dijo una vez a su prima Encarna mientras cargaban espuertas hacia la tolva.
Encarna se rio. No sabía bien de qué se reía Aurora. Ni de qué se reía ella misma.
Don Emilio confiaba en su criterio para decidir cuándo una carga estaba lista y mandaba llamarla antes que al capataz cuando algo iba mal. Esa confianza no se tradujo nunca en un salario distinto ni en un puesto superior. En el libro de jornales, Aurora figuraba como recogedora, igual que las demás.
El invierno de la gran helada, el molinero titular cayó enfermo de pulmonía y pasó tres semanas en cama. Aurora se quedó junto a la piedra, dormía dos horas sobre unos sacos vacíos y se levantaba al primer cambio en el ritmo de la piedra. Decidía cuándo parar cada carga y salvó la producción de aquel invierno.
Cuando don Emilio conoció los rendimientos que había sacado la almazara pese a la ausencia del molinero, la llamó al despacho. Tenía la mano dentro del cajón en que guardaba el dinero.
—Has hecho un buen trabajo. ¿Cuál crees que sería un jornal justo?
—Que apunte usted en el libro que la molienda de esas tres semanas la llevé yo.
Don Emilio se rio. Sin maldad, pero se rio. Sacó algunas monedas.
—Eso no se apunta en ningún libro, hija.
Aurora recogió el pago que le ofreció y regresó al molino, donde esperaba otra carga recién bajada de la sierra. El capataz, un hombre llamado Servando que llevaba treinta años en el oficio, empezó a anotar por su cuenta una abreviatura junto a las cargas en cuya prensa intervenía Aurora.
A.M., decidió parar. A.M., primer chorro verde, excelente.
Nunca dijo nada. Le parecía que no estaba mal que las cargas llevaran la firma de quien había tomado la decisión. Aunque fueran dos letras que nadie entendiera.
El día de la foto llegaron dos hombres de Jaén capital con una cámara grande. Venían a preparar un reportaje para el periódico de la provincia y don Emilio había avisado con dos días de antelación para que las mujeres se pusieran el mandil limpio. Las colocaron en fila delante de la puerta grande, junto a los sacos de esparto. Aurora ocupó un extremo, al lado de Encarna, mientras el fotógrafo ajustaba el trípode y probaba la luz contra el sol con la mano abierta.
—Un poco más juntas —dijo.
Las mujeres se apretaron.
Aurora dio un paso atrás. No lo pensó, o no lo pensó del todo. Sintió dentro del pecho el ruido de la prensa. Dio el paso atrás justo cuando el fotógrafo bajaba la mano y ordenaba:
—Quietas.
El clic la dejó casi fuera del papel.
En la fotografía que se publicó semanas después salían nueve mujeres sonriendo y don Emilio con las manos en los bolsillos. El extremo derecho lo ocupaba una sombra borrosa.
La foto se colgó en la pared del bar del pueblo, dentro de un marco de latón que ya tenía otras fotos de cosechas anteriores. Aurora la vio allí muchas veces, camino de la compra, y nunca se detuvo a mirarla.
Las nueve mujeres aparecían sonrientes. Creyeron que esa vida iba a durar siempre, pero ese mismo año ya no compensó seguir con la prensa de viga. La almazara no sobrevivió. Servando siguió apuntando iniciales en su cuaderno hasta el último día de molienda, y se lo llevó a casa cuando recogió sus cosas. Aurora, durante años, siguió pasando por delante del edificio. Miraba de reojo la puerta cerrada y continuaba su camino.
Fue Encarna, muchos años después, quien volvió a sacar el tema mientras miraban el recorte amarillento que guardaba en una caja de galletas. Las dos eran ya mayores y estaban sentadas en el patio, con un plato de aceitunas partidas entre las sillas.
—Te saliste de la foto.
—Me salí de la foto —repitió Aurora.
No añadió nada. No había más que explicar.
Encarna insistió.
—¿Por qué te apartaste?
—Porque en esa foto no salía lo que yo sabía hacer. Salían las manos. Yo tenía otra cosa.
—¿El oído?
Aurora se llevó una aceituna a la boca y tardó en responder.
—El oído. Saber cuándo parar. Eso nadie se preocupó en registrarlo.
Aurora murió en 2003, dos meses antes de cumplir noventa años.
Años después, su nieta encontró un recorte del periódico que Aurora había guardado sin decir nada, mientras ordenaba las cajas del trastero familiar. Reconoció el edificio antes que a nadie en la fotografía. En ese momento trabajaba como guía en el centro de interpretación instalado en la almazara reconvertida. La piedra cónica se conservaba como pieza de museo; en una vitrina del antiguo despacho de don Emilio se exponía el cuaderno de anotaciones de Servando, donado por su familia.
Al día siguiente le tocaba turno de mañana. Llevaba dos años haciendo la misma ruta. Empezaban con la entrada por la puerta grande, visitaban la piedra cónica, la sala de las prensas y, al final, el despacho de don Emilio con las vitrinas. Recitaba de memoria los datos técnicos y se aventuraba a contar la rutina de trabajo de las mujeres del lugar. Aquel día el grupo era pequeño, apenas ocho personas, y un hombre mayor se quedó mirando las páginas del cuaderno expuesto.
Levantó la vista y preguntó qué significaban las iniciales que se repetían en varias páginas: A.M., junto a cargas y fechas de cosechas.
Ella las miró. Pensó en el recorte que había heredado, en el hueco de la derecha ocupado por una sombra. Calló unos segundos.
«Era mi abuela», pensó. Pero dijo:
—Son las iniciales de los responsables de cada cosecha.
Y pasó a la vitrina siguiente, porque el grupo tenía que seguir la ruta. Había explicaciones que no cabían en una visita de cuarenta minutos.