384. Cosecha de gratitud

Sotomayor Nogueras

 

Desde   la ventana observaba  la  avenida como una gran columna vertebral recorriendo la ciudad con el castillo de Santa Catalina al fondo envuelto  en  trazos de sombras que aún no había borrado el sol del amanecer. Lanzó un bostezo y se dejó  caer sobre el asiento.  Dos bandejas repletas de solicitudes de préstamos   que parecían  competir entre ellas para ver cual llegaría antes al techo le robaron de súbito la calma. Tras una honda  inspiración pulsó el  botón del intercomunicador.

⸺Señor Funes, dígame ̶  respondió  una  joven becaria  recién graduada en Ciencias Empresariales.

⸺En cuanto lleguen los de  la valija  súbame los documentos urgentes y, por favor, un café bien cargado.

⸺Sí,  Señor Funes ̶ respondió  con disciplina    militar y agregó: ̶  Le recuerdo que  a las doce tiene cita en su despacho.

⸺¿Con quién?

⸺ Con aquel olivicultor que se presentó hace dos semanas,  José Carlos  no sé qué.  Solicitó   un préstamo con el que  levantar  su olivar y  renovar  la maquinaria de una almazara  ¿Lo recuerda usted? Me mandó  grabar el expediente-añadió la joven, de modo diplomático,  para excusarse por recordar una simple becaria  el caso  y él todo un director no.

Funes  frunció el ceño alternando   la mirada  entre las dos bandejas. La de la derecha con   las solicitudes favorables a  la  aprobación del  préstamo   y la  de la izquierda donde morían  las  denegadas. Alargó la mano  hasta  la bandeja izquierda  y  con las yemas del  los  dedos pulgar e índice  comenzó a entresacar expedientes con  habilidad de crupier  hasta dar con el del  hombre que acudiría, movido por su amor al olivar  a su despacho  para interesarse por su solicitud; para rogarle,  tal vez, que le concedieran aquel préstamo con el que sanear su actividad oleícola y poder vivir del trabajo concienzudo, duro y, sobre todo, bien hecho en el olivar.  Ojeó el expediente para  refrescar los motivos por los que  le sería denegado el préstamo y  poder explicárselo  con  claridad  gravitatoria, esa  gravedad  que provocaba  también la caída al  suelo de las esperanzas por mucho que una vez hubieran rozado el cielo. Tenía una agenda repleta   y temía  que se le escapara  el resto de la jornada cuando llegara aquel tal José Carlos no sé qué.   No podía permitir que  su trabajo se  acumulara con más rapidez  que el polvo sobre el alféizar  de su ventana con vistas al castillo de Santa Catalina.

Faltaba un minuto para que  las dos manecillas del reloj que presidía el despacho se convirtieran  en una sola apuntando  a las doce  cuando  unos  golpes en la puerta anunciaban la llegada del  hombre que aún no sabía que su préstamo sería denegado. Funes tomó una bocanada de aire antes de gritarle a la puerta: <<Adelante>>.

Observó con ojos de búho  a quien  entraba en ese instante.  Ese trayecto de apenas unos diez metros que recorrían los visitantes  hasta su  mesa le aportaba una  información reveladora, que nunca aparecía  en los tratados de análisis bursátiles y de negocios.  Caminaba  con   hombros un poco encogidos. Detalle  importante. Solo lo hacían con el pecho henchido y los hombros elevados   los tipos  que no pensaban devolver el préstamo, los que no les importaría  hacerlo o bien aquellos a los  que no les hacía falta el dinero, estos últimos, sin duda,  los más temibles de todos.

 

⸺Usted  dirá ̶dijo Funes para ganar tiempo mientras  mentalmente repasaba cómo   comunicaría la no concesión del préstamo.

Tras un carraspeo  nervioso el visitante le detalló  su situación. Aunque había sido hombre de ciudad, sus orígenes familiares eran de gente del mundo rural que vivió de su esfuerzo en el olivar y del campo  y él hace un tiempo, cansado de luces cenizas de oficina   apostó todo  por regresar a sus orígenes. Había estudiado ingeniería, pero sintió la llamada del mundo de cielos abiertos y horizontes moteados por  olivos.  Realizó una  gran inversión que se tragó   sus  ahorros como el agua la tierra seca  e incluso una modesta herencia con la que  adquirir un olivar y  maquinaria para modernizar   las instalaciones de una almazara de aceite  (con un sistema novedoso de pulsos eléctricos para la extracción, que aseguraba él, permitiría obtener una aceite de más calidad y obtener mayor rendimiento de la aceituna y con menor gasto energético), pero las últimas cosechas no fueron nada buenas e incluso una  la perdió por culpa de  una misteriosa  plaga de hongos que le dejaron sin aceite y solo con las deudas.  Necesitaba  refinanciarse  y en un triple salto mortal invertir en el olivar y la almazara.  A Funes no le gustaba la música que estaba escuchando.  Por su experiencia sabía que si las deudas contraídas ya resultaban difíciles de saldar más  lo sería un  nuevo préstamo con el que tapar las  anteriores por no hablar de la dificultad de  convencer a sus superiores, a cientos de kilómetros de allí,  de la bondad de unos extraños  pulsos eléctricos que podrían suponer una revolución en la extracción del aceite en frío.

José Carlos no sé qué   comenzó a balbucear ante las preguntas que  formulaba el banquero  en cuanto entendió aquel que éstas no eran más que minas de carga con las que demoler su petición  del préstamo.  Número de olivos, años de la explotación, cargas de la finca, últimos resultados, previsión de cosecha, cálculos de amortización, producción de la almazara, seguros, etc.   Sus respuestas preñadas de incertidumbres grandes como las sombras al anochecer   no lograban despertar la  confianza  a Funes, pero también sabía por experiencia  que, precisamente,  la gente honrada era  quien  más reservas  y precauciones mostraba ante las vueltas  que siempre depara el futuro. Solo los fanfarrones  abrazaban el futuro derrochado optimismo y promesas.   Introdujo con aparente interés datos en su ordenador   y seguiría haciendo  alguna que otra pregunta,  más   por pura formalidad  que por la viabilidad de un  préstamo tan controvertido   como las posibilidades de transformar un secarral en un vergel sin agua.

⸺¿Dónde dice usted que está situada su finca con el cortijo y la almazara?̶ preguntó sabiendo que el expediente  seguiría en la bandeja de la izquierda.

En la de los préstamos no concedidos.

⸺En Sierra Magina, entre Albanchez de Mágina y Jódar. Era una  propiedad  familiar desde generaciones que se abandonó y que  he retomado. De la familia de los Anaya.

⸺…

Al escuchar la ubicación de la explotación familiar  y el apellido Anaya  a Funes un recuerdo  le cruzó el cerebro  como un rayo el cielo en una tormenta de verano.  Su abuelo  había comentado muchas veces a lo largo de su vida   que  se salvó de morir fusilado  en   un Consejo de Guerra tras la guerra civil   gracias a un ángel. Un tal Anaya, amigo suyo del pueblo de la infancia  que, por casualidades del destino, al terminar la guerra civil quedó en el bando nacional trabajando como secretario en los juzgados militares de Madrid. Aquel hombre, Roberto Anaya, le salvó la vida jugándose la suya de haber sido descubierto.  <<La madre que los parió, pues no van y me condenan por adhesión a la rebelión, cuando los que se rebelaron fueron ellos>>, dería el abuelo de Funes  sobre los nacionales muchos años después.

De nada serviría  que dijera a los generales que le juzgaban  con miradas empapadas en desprecio  que  jamás había disparado a nadie en los dos años y medio que estuvo entre barracones y trincheras luchando contra el frío, el calor y las ratas. <<Además de rojo, cobarde>>, dijeron mientras firmaban su sentencia de muerte.

Sobre la mesa del joven Roberto Anaya caían las sentencias a muerte o a cárcel  como las hojas en otoño en el parque del Retiro que se podía divisar desde su ventana. Disponía  de dos modestas bandejas de plástico. En  una iba depositando  las sentencias de los condenados a  muerte y en la otra  las condenas de cárcel cuando  en una fría mañana de enero de 1940  leyó el nombre de Ginés Funes en una de las sentencias que  acaban de llegar. Aquel hombre sobre el que otros habían dictaminado que no debería seguir viviendo, había sido su amigo de la infancia, en el corazón de sierra Mágina.

Su corazón en ese momento comenzó a latir recuerdos.

Ginés Funes fue el niño y el muchacho  con el que iba a la escuela.  Aquel con el que iba al río a cazar ranas y sapos y hacer travesuras en la plaza del pueblo haciéndolos estallar para asustar a las chicas. Aquel con el que apuraba las colillas de los abuelos que se juntaban en el casino.  Ginés siguió  como aceitunero y jornalero del campo  mientras  él, por empeño y deseo  de su madre, movida por la voluntad  más que por los posibles  continuó estudiando. Hizo Derecho y, ahora,   la contienda civil  los había dejado  a cada uno en un lado, como  naipes arrojados sobre la mesa en las que unos quedan boca arriba y otros boca abajo. Ginés quedó boca abajo, pero Roberto Anaya le ayudaría.   No podía permitir  que su expediente acabara en la bandeja de los condenados a muerte y que muriera fusilado  al alba por balazos en honor de una justicia podrida. El rimo de  las ejecuciones era  elevado, sobre todo  al finalizar la guerra y, mientras   Roberto Anaya ganaba tiempo para pensar en cómo salvaría  a su amigo, colocaba su expediente al fondo de la bandeja protegido por el peso de sangre de otras muchas sentencias.

De otros que, como él, habían caído del lado equivocado.

Con el paso de los meses las cosas se fueron calmando y el ritmo de los juicios sumarísimos fue mermando,  pero eso abría a Roberto Anaya un nuevo problema: el expediente  quedaba cada vez más  arriba en la bandeja y, por tanto,  más expuesto a las miradas, de por ejemplo, cualquier General  que gustara husmear para asegurarse  de que la limpieza de la patria siguiera su proceso  para mantener su pureza y bravura y así, de paso,  hacer méritos.

Ya a solas en su despacho,  observaba  el final de la avenida   hacia al extremo opuesto del castillo de Santa Catalina.  A lo lejos, los olivares lamían los confines de la ciudad como las olas del mar  la orilla.  Qué sorpresas trae la vida. Sus padres  y antes los padres de sus padres, gente de pueblo, campo y olivar luchando porque sus hijos estudiaran  y  se ganaran la vida lejos de una tierra ahíta de trabajo inmisericorde por un jornal de subsistencia   que recogía  el sudor con ansia infinita y ahora, el señor José Carlos Anaya, criado en la ciudad  retomaba  el trabajo en el  olivar  como los padres de su abuelo que tanto se afanaron para que sus descendientes  tuvieran un  porvenir alejado de los rigores del invierno y del verano a la intemperie.  Abandonó  la gran ciudad para dedicarse a la explotación del aceite. De vivir en el asfalto a vivir en una tierra que da sustento a los hombres y mujeres obstinados en trabajarla. Si ese  agricultor de aires innovadores no recibiera el préstamo las deudas le ahogarían y con él su tierra de olivos quizá  fuese mal vendida a un fondo inversor  o expropiada por los propios bancos que la rifarían al mejor postor, a gente  que solo saben del olivo que es un árbol, quizás de tradición milenaria y que con la subvención puede ser algo rentable. Un algo sin corazón verde, sin esencia. Sin nada.

Solo números.

Y eso no podría permitirlo. Sería dejarlo morir, como hubiera sucedido si su abuelo no hubiera arriesgado su vida moviendo los expedientes de sitio para salvar al suyo.

Y los hombres no dejan morir a otros hombres.

Nobleza de hombres cabales  para seguir trabajando  como mejor se pudiera, derecho o torcido,  una tierra de sangre, sudor y lágrimas.

Cambió el expediente de bandeja izquierda al de la derecha y después en su ordenador maquilló  algunos datos en la ficha que había grabado su becaria. Mientras el ordenador procesaba la nueva realidad  que le introducía el banquero éste se retrotrajo a sus tardes de verano con su abuelo que le contaba historias de  la guerra en el cortijo situado a no muchas decenas de kilómetros de allí, en un mundo lleno de hostilidades por el frío y el calor sustentado en olivares de troncos retorcidos y nudos imposibles como los hace la vida para que cada cual lo resuelva como pueda. El banquero pasó el expediente a la bandeja  de los aprobados. Lo colocó en una posición intermedia.  No al principio   porque los ojos de los auditores frescos y atentos   podrían observar  discrepancias ni tampoco al final porque ya cansados  propiciaría el rechazo. Cuando días después recibió  la confirmación de sus superiores situados en despachos donde el olivo más cercano estaba en el diccionario  o en Google a conceder el préstamo. Marcó el número del móvil de José Carlos Anaya lleno de júbilo. Experimentaba una alegría que ensanchaba su pecho  muy similar  a la del abuelo de Aldaya,  tras entregar la credencial de libertad al soldado de la prisión para que abriera la celda y dejara salir  por su propio pie el reo.

⸺En unas horas en tu cuenta bancaria tendrás depositado la cantidad solicitada.

⸺…

⸺Estarás contento, no te lo esperabas ¿verdad?-dijo el banquero para romper el silencio glaciar que se había adueñado de José Carlos Anaya.

⸺Gracias, muchas gracias-balbuceó el abuelo del banquero viendo en su amigo de la infancia a un ángel salvador venido del cielo para abrirle las rejas del infierno y escapar.

⸺Es lo mínimo que podía hacer-dijo con orgullo Roberto Anaya-.Si no nos ayudamos los hombres entre nosotros, no quedará nadie  sobre la tierra.

Días después,  tras regresar  de una dura  jornada en los olivos con su tractor para ir acondicionando el terreno   se encontró con un hombre elegantemente vestido a las puertas de la almazara. Ver un hombre allí con corbata resultaba cuanto menos extraño. Fumaba y cuando lo vio aparecer con el tractor  tiró la colilla y la pisó haciendo un aspa en el suelo.

⸺Quién es usted-preguntó sorprendido el joven José Carlos Anaya.

⸺Soy  auditor del banco que le ha concedido el préstamo. Seguro que no he dimensionado  bien la finca, pero me resulta más pequeña y con menos hectáreas de lo que se supone que debería ser para ese préstamo que le han concedido.

⸺….

⸺Procure no fallarle a quién tan generosamente  se ha portado con usted. Se ha jugado el puesto y la vida en el banco por usted – dijo con una sonrisa a medio camino entre la sorpresa y la malicia̶. Lo dejaremos estar.

Algo parecido creyó escuchar el abuelo del banquero que    le dijo el soldado que custodiaba la cárcel <<Lo dejaremos ir>>, cuando le abrió  la celda para que la abandonara, mirando con ciertas reticencias el expediente que le mostraba el secretario del juzgado militar.

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