374. La noche de luna verde

Bon Gallard

 

Julián llevaba el olivar como se lleva una segunda piel. Sus abuelos plantaron cuarenta árboles en una ladera que, entonces nombraban “el Pedregal” y ahora llamaban “Dominio de Encinar” en los folletos de oleoturismo. Él mismo diseñaba las catas, explicaba a los visitantes cómo el aceite virgen extra podía saber a alcachofa o a hierba recién cortada, según la lluvia de abril.

A Alma la conoció una tarde de poda. Ella llegó con un grupo de periodistas gastronómicos. Era bibliotecaria y había aceptado el viaje de prensa como quien acepta un chicle en la caja del supermercado: sin esperar mucho. Sin embargo, Julián la vio oler una hoja machacada entre los dedos. Un brillo en la manera de cerrar los ojos le dijo que aquella mujer entendía de paciencias largas.

Cuando llegaron los diagnósticos llevaban tres años casados. “Fallo ovárico prematuro”, dijo la ginecóloga y la palabra “prematuro” sonó a chiste cruel porque nada había sido prematuro en ellos: ni el noviazgo, ni la boda, ni las noches de luna llena que pasaban en el prado mirando derramarse la plata sobre las copas de los olivos. Manuela, la madre de Julián, hizo un abismal silencio ubicando sus entendederas en el estrecho carro de la montaña rusa de las ideas. Después empezó a dejar libros en la mesilla de Alma. Eran cuadernos de campo, de los años treinta, recetarios de matronas rurales, un folleto amarillento acerca de “Los misterios de la Granada Nazarí”. Alma los leía por las noches, mientras Julián dormitaba con la almohada sobre la cara.

— Hay una tradición —dijo Alma una tarde de octubre, a la par que embotellaban la cosecha temprana—. Dicen que las mujeres de la Alpujarra… Se untaban todo el cuerpo con aceite de la primera aceituna negra y dormían desnudas bajo un olivo centenario.

— ¿Y se despertaban embarazadas? —preguntó Julián sin apenas levantar la vista de la etiquetadora.

Alma tardó en responder.

— Plantaban algo.

Julián se rió. Era un hombre que medía el mundo en litros, kilos, grados de acidez y en fechas de recolección. Las tradiciones no cabían en su catálogo de trazabilidad, pero esa noche al repasar las cuentas, vio a través de la ventana que Alma salía al patio con el frasco de “AOVE – Selección Familiar”, ese que guardaban para las visitas. Pensó que iba a cocinar para los animales y no preguntó.

 

Los días siguientes Alma no volvió a mencionar la tradición. En cambio, Julián notó que su mujer olía a aceite de oliva de un modo distinto. Despedía un aroma a fruta verde y hoja macerada; al olor que tienen las almazaras los días de molienda. También se percató que había dejado los libros de matronas en una esquina del dormitorio encima del sillón desvencijado del abuelo y comenzó a leer poesía. Plantaba romero en macetas. Se quedaba largos ratos mirando la estampa de la Virgen de la Candelaria que Manuela les había regalado.

En enero, un turista alemán se quejó de que la cata no era experencial suficiente. Julián, hombre educado, no pudo contenerse y contestó mal. Fue lo nunca visto para la familia, tanto que el resto de visitantes se asustó y se retiraron con lentitud.

Una hora después, Alma lo encontró llorando en el almacén, entre sacos de hueso de aceituna.

— No es por el alemán —dijo—. Estoy harto de enseñar olivos a gente que se va a poner la crema hidratante al terminar la visita.

Alma se sentó a su lado y le contó que habló con doña Concha, la tabernera del pueblo, que a su vez había hablado con su abuela, que vivió en Laroles. La abuela decía que la tradición no era solamente untarse. Había que hacerlo la primera noche de luna llena después de San Isidro y usar aceite de un olivo que hubiera visto morir a su plantador.

— Ese aceite no lo tenemos —dijo Julián.

— Manuela dice que el olivo de tu bisabuelo todavía está en la parcela de los Gómez, que nadie lo riega desde que murió el viejo Castaño y sigue dando aceitunas.

Julián recordó el árbol con facilidad. Aunque no quería hacerlo.

Estaba en el límite sur de su propiedad, retorcido como una oración infinita que jamás nadie escuchó. Las aceituna eran pequeñas, amargas y tan negras que parecían agujeros en el aire. Nunca las había molido porque no superaban los controles de calidad.

— Esas aceitunas deben saber a rabia, quizás a un sentimiento peor.

— Lo mismo dijo Concha, que la abuela decía que la rabia es la mejor madre cuando no hay nada más.

La primera noche de luna llena después de San Isidro, Julián fue a la parcela de los Gómez. Las estrellas titilaban, les costaba sostenerse; él las observaba demasiado cercanas. Atestiguaban lo que estaba a punto de hacer.

El olivo del bisabuelo tenía la corteza más oscura de lo que recordaba y al tocarla, sus dedos sintieron un calor tenue, de piel expuesta al sol por mucho tiempo. Cogió un puñado de aceitunas, de una rama que tocaba el suelo. La brisa húmeda le arrancó un escalofrío y tragó un grueso buche de saliva. Miró a los lados, se giró por completo y no había nadie. El aire volvió a acariciarlo y en esta ocasión sintió una delicada caricia, pero áspera en su tesitura, como si la rama arqueada hasta el interior de la tierra, quisiera sobre su eterna espera. Julián no miró atrás. El miedo lo corroía y salió corriendo.

Un rato más tarde, alcanzó el lateral de su casa. La mano se le estremecía al palpar la puerta metálica; entró al garaje mientras escuchaba el repiqueteo de su corazón. Usó la prensa manual que su padre usaba para hacer aceite medicinal. Las exprimió muy despacio, casi con reverencia y salió medio litro con una coloración turbia, verdinegra y un olor que le recordó algo que no podía nombrar.

Alma lo esperaba desnuda en la cama. Ella estaba sin pudor y sin deseos, con la quietud que tienen las mujeres en el instante que toman una decisión y el resto del mundo no ha sido informado. Julián vertió el aceite en sus manos, que le temblaban.

— Esto es ridículo.

— Todo lo es —respondió ella y se tendió boca arriba.

Él frotó sus hombros, sus clavículas, el esternón. El aceite no resbalaba bien. Era denso, pegajoso, con un punto de arena que no había filtrado. Cuando llegó a sus pechos, Alma suspiró; un vaho de las cosas que se acaban de entender, aunque no tengan sentido. Luego le tocaría el turno al vientre, a las caderas, los muslos, las rodillas, los pies y por último, Julián vertió lo que quedaba en sus propias manos y se lo untó en la cara. Durmieron así, pegosteados, oliendo a árbol viejo y a sereno.

A las tres de la mañana, Julián soñó que un olivo crecía dentro de él, desde los pies hasta la garganta y que al abrir la boca brotaban de lo profundo ramilletes de hojas en lugar de palabras. Despertó con la lengua seca. Alma seguía dormida y el aceite se había vuelto transparente sobre su piel, como si lo hubieran bebido.

Al mes entrante, el test de embarazo dio positivo. El ginecólogo diagnosticó una “remisión espontánea y ovulación residual”. Alma asentía con la cabeza, pero su mano debajo de la mesa hacía círculos lentos encima de su vientre. Julián anhelaba el milagro y en el fondo no podía creerlo.

El embarazo fue silencioso. No hubo náuseas, tampoco antojos extraños. Alma, eso sí, empezó a hablar sola en voz baja y Julián la sorprendía a veces arrodillada en el patio tocando la tierra. Él preguntaba, ella decía que buscaba lombrices. Era mentira y lo sabía porque las lombrices no se buscan con los ojos cerrados.

Manuela trajo mantas de lana bordadas con dibujos de olivo. Doña Concha dejó en la puerta un tarro de miel con romero y una nota:

“Para cuando la niña sepa hablar”.

Nadie había dicho que sería niña. Julián pensó que se trataba de un ruego de la señora.

 

El parto fue en casa. No estaba planeado. Ocurrió en una hora, sin médicos, con Manuela y Concha como únicas testigos. Julián llegó de una cata vespertina y encontró la puerta del dormitorio cerrada. Adentro, su madre lloraba.

Abrió la puerta, con el credo en la boca. Temía por todo y apretaba el pomo hasta blanquear los nudillos.

Alma estaba sentada en la cama, desnuda de la cintura para arriba. En su regazo, sobre una mancha enorme de aceite y sangre, había una mata de olivo. Era minúscula, de unos quince centímetros y dos hojas verdinegras asomaban de un tallo leñoso que aún tenía restos de placenta.

— Se llama Lucía —dijo Alma y su voz era demasiado frágil.

Julián se arrodilló. El piso se encontraba mojado, tocó una de las hojas y olía a cera, a tierra húmeda, al aceite imposible que había prensado en el garaje. No dijo nada, no podía y fue doña Concha quien rompió el silencio:

— Pues una caña, que llevo desde las seis sin desayunar.

Manuela la miró con odio, pero doña Concha ya estaba friendo huevos en la cocina y el olor a aceite de oliva virgen extra, el bueno, el de las etiquetas blancas llenó la casa. Julián se dirigió al patio trasero y trasplantó a Lucía en un hoyo que él mismo cavó con una azada, herencia de su bisabuelo.

 

Alma la regaba con agua de lluvia recogida en barreños de cobre. Nunca le llamaron “árbol o planta”, siempre le dijeron “la niña”.

La nueva oleada de turistas preguntaron por la mata recién adquirida debido a la comidilla del pueblo. Julián inventó que era un ejemplar de la variedad “Lucía”, una variante local muy rara, que solo da aceituna negra en luna llena. Los turistas tomaron fotos. Alma las odió sin proferir palabra alguna.

Lucía cumplió nueve meses la misma noche que Julián y alma cumplían cuatro años de casados. Tenía ya medio metro y los brotes le crecían apretados, aún aferrándose a la tierra. Alma salió al patio a las dos de la madrugada y encontró en la base del tronco una aceituna diminuta del tamaño de una lágrima. La recogió con apenas dos dedos. Olía a Julián, a la noche de San Isidro, a rabia y a la fe revuelta; dentro, el hueso sonaba igual que un cascabel usado.

Hizo un espacio en el sillón del abuelo junto a los libros de matronas que ya no leía, allí la colocó con amor. Esa noche su sueño la transportó a un campo entero de olivos pequeños, todos movían las hojas al unísono, como si aplaudieran sin manos.

Al día siguiente, Julián continuaba explicando a los turistas que el aceite de oliva era más que grasa. También destilaba memoria, pues un olivo puede vivir dos mil años, una aceituna puede fermentar, transformarse en algo que nadie esperaba, pero nunca contaba toda la historia. Con gran orgullo mostraba la etiqueta de su nueva variedad: “Lucía – Cosecha de luna llena. Envejecimiento en cama de mujer”. Los turistas sonreían, consideraban que era poesía de marketing. Alma esbozaba una tenue sonrisa, para ella los versos tenían raíces.

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