370. Después del diluvio

Marcel Azor Carné

 

Llegó al caer la tarde, exhausta por el camino y con el viento aún en contra. La posada era humilde, con paredes gastadas y grises. Además, las habitaciones eran estrechas y poco cómodas. Se decía que su techo era imperecedero, pues había soportado lluvias y tormentas desde tiempos inmemoriales. También se contaba que sus frutos amargos podían convertirse en oro y que habían alimentado a generaciones enteras.

El dueño, de carácter amable, le ofreció una habitación con olor a pan recién hecho y un ligero murmullo procedente de los molinos.

Al amanecer, el dueño puso en sus manos un obsequio, símbolo, según decía, de que, tras cualquier diluvio, la vida vuelve a brotar. Tomó entonces la rama perenne con su pico y emprendió de nuevo el vuelo, siguiendo su camino para encontrarse con su maestro, Noé.

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