369 …¡Espíritu de Olivar!

Antonio Galdón Palomares

Fue durante el año de la pandemia. El inicio del confinamiento obligado me hizo adoptar la decisión de abandonar la ciudad y marcharme al campo. En el rellano del piso se acumulaban enseres, víveres y ropa y una hija de quince años que me miraba con ojos atónitos, como si de pronto descubriese a un padre enloquecido de espanto dentro de un escenario que parecía pronosticar el fin del mundo.

-Me marcho al campo de los abuelos -le informé inmerso en los preparativos del viaje y añadí con tono melodramático-. Desde este momento quedas emancipada, Luna. Tú decides por ti misma si quedarte en la ciudad o venir conmigo.

Dentro de un escenario global que cobraba tintes apocalípticos, mi compañera y esposa Estel me llamó desde Marraketch, después de haber coronado con éxito la cima del Tubqal, informándome que todas las fronteras por mar y aire habían sido cerradas y su retorno a España le estaba resultando complicado. Habrá que esperar a ver cómo evoluciona este episodio, señaló Estel, y ya me hice a la idea de haberme quedado sin compañera, amiga y entrañable esposa. También se dirigió a nuestra hija común y le ordenó, como madre tutelar y protectora, a hacer la maleta y marchar conmigo.

El último elemento en cargar al coche fue el gato, Cthulhu, al que no fue nada fácil convencer para que se adentrase en el transportín de plástico. Cargados los bártulos arrancamos motor y marchamos los tres rumbo a la comarca valenciana de la Canal de Navarrés, al encuentro de lo épico.

Nos recibieron mis padres en la puerta de la casa de campo, envuelta por un hermoso paisaje de montañas y olivos que todos los años hacía reunirse a la familia en torno a esa celebración fabulosa que implicaba la recogida y el traslado de la aceituna a la almazara para verla convertida en delicioso elixir. Ante mi duda de compartir un abrazo, por miedo a contagiarlos de ese famoso virus del que tanto hablaba la tele y los medios, mi padre abrió los brazos restando dramatismo al momento y dijo:

-¡Anda ven aquí, hijo mío, y alejemos los miedos!

Me fundí en el abrazo distendido con mis padres. Lloré emocionado, recuerdo, necesitado tanto de afecto como de comprensión para entender unas reglas que de repente habían cambiado para imponer otras nuevas de un nivel más duro y exigente que me hacía sentir una ficha sobre un tablero de juego.

Finalmente, Luna y yo nos instalamos en la casa que había construido con sus propias manos un vecino cercano, amigo de la familia, o propiamente familia: Paco, a quien llamé por teléfono y me informó que había contraído síntomas gripales y que había decidido pasar la cuarentena en su piso, en la ciudad de Carcaixent. Nos ofreció generosamente su querida «caseta», como él amorosamente la llamaba con acento valenciano, y nos indicó bajo qué piedras guardaba copia de las llaves.

-No sé si sobreviviré a ésta, la tengo bien cogida -auguró con voz frágil y quebradiza Paco-. Resistiré en casa todo lo que pueda. Haced uso de la «caseta». Como si fuese vuestra.

Nos despedimos de Paco y pasamos a instalamos en su «caseta» querida: Luna, Cthulhu y yo, para adoptar la costumbre de comer todos los días en la casa de mis padres Bernardo y María.

Fue un periodo extraño aquel, que me hacía sentir no menos extraño, donde las agujas del tiempo parecía haberse interrumpido de súbito y siempre amanecía nublado y con lluvia, como si la interrupción de la acelerada actividad humana hubiese propiciado el retorno de una auténtica estación de primavera, como las de antaño. El fuego de la chimenea ardía todas las noches, calentando nuestros corazones fríos, mientras los días transcurrían lentos y monótonos ocupados en escuchar cada vez menos las noticias de la radio y sí más música y contenidos culturales, para escribir en nuestros diarios, leer los libros de medicina que guardaba Paco o quizás dibujar paisajes, retratos o sueños haciendo uso del tesoro en forma de láminas, ceras y lápices de colores que descubrió Luna en el trastero.

Cada uno de los días de esa generosa primavera del dos mil veinte me parecieron otra vida muy distinta, alejada de la rutina programada, del mundanal ruido y la aglomeración urbana. Gané en paciencia, tranquilidad y calma escuchando la sonoridad de la lluvia y el canto de los estorninos y gorriones, pero también confianza hacia mí mismo que fue alejándome del miedo institucionalizado y del discurso implementado. Y nació dentro de mí: ¡las ganas de recorrer a pie el territorio cercano!

Durante mis paseos por los campos y las montañas de la Canal de Navarrés -que pasaron ya a ser diarios- me obligué a tomar botas katiuskas, chubasquero y un callado hecho a partir de la rama de un olivo, por hacerme sentir con su agarre más seguro ante las piedras del camino y apaciguar mi imaginación ante la aparición repentina de algún jabalí o perro sin dueño. Por el monte tupido anduve solo y me interné por desconocidas veredas y sendas sin encontrarme con alma humana, no más allá de algún espontaneo vecino al que saludaba dentro de su perímetro vallado. Atravesé campos de olivos y visité casas abandonadas a los estragos del tiempo, sintiéndome por momentos protagonista de una novela de realismo imaginario cuyo protagonista era un pueblo y una familia atrapados dentro de una maldición gitana que les hizo vivir diez años ininterrumpidos de lluvias.

Descubrí en un punto del camino cómo el paisaje de olivos centenarios dejaba de mostrarse rico y frondoso para transformarse en un desierto carente de árboles, sobre todo cuando me interné en los términos de Chella y Bolbaite donde muy bien sabía se estaba implementado un plan respaldado con fondos europeos que forzaba a sus dueños a malvender sus tierras para erigir un nuevo parque fotovoltaico. Observé la tierra desnuda de raíces y lloré desconsolado, más que el día que subí a la montaña y me reencontré con mis padres.

La Canal de Navarrés es una comarca valenciana con una fuerte arraigo y tradición olivera. Ya de bien joven recuerdo haber ido con mi padre con su poderoso todoterreno cargado de cajones hasta la «Almazara Pepe Ginia» o la más emblemática y antigua «Almazara Barcha» que desde 1911 prensa de forma tradicional la aceituna en frío. Recuerdo aquel primer año de mi descubrimiento del oro líquido, cuando siendo adolescente ayudé a mi padre a volcar la carga de los cajones sobre las tolvas y, como dentro de una ceremonia bien oficiosa que requería paciencia y espera, pude abrir yo mismo un grifo mágico que llenaba nuestras garrafas del preciado aceite que a mi me pareció oro fundido.

La parcela de tres hectáreas de mis padres mayormente acogía una plantación de olivos de secano, aunque también había grupos de almendros y algarrobos y algún que otro frutal disperso.

En ese entorno bien amado había olivos que habían adoptado nombre propio -que les daba el tiempo y el cercano trato-, y los hacía sentir como miembros de la familia. Recuerdo a «Espantapájaros», que con su penacho de hojas al centro y sus dos gruesas ramas extendidas le daba apariencia de un auténtico ser humano, o a «el abuelo echando la siesta» cuyo tronco regordete e inclinado nos hacía reír recordando la más gran afición del abuelo -mi propio padre Bernardo- y amenizaba la recogida de la aceituna con sus hijos y nietos. Otro de los más emblemático nombres fue «María Juana vareando»: un viejo olivo de ramas altas cuyo nombre le puso mi propia abuela -madre de Bernardo- e hizo que siempre la recordáramos con cariño y afecto después que decidiera emprender vuelo hacia las estrellas.

Cada árbol era distinto, singular y especial en su forma y contenido, como cada ser humano. Así lo sentíamos toda la familia. En nuestro cuidado de la relación, los olivos crecían sanos con apenas poda y sin uso de fitosanitarios que como mi padre Bernardo nos recordaba filtran en la tierra y acaban envenenando los acuíferos, sin más agua de riego que la que caía del cielo y sin más maquinaria para la recogida que nuestras propias manos y la famosa vara que mi abuela María Juana de vez en cuando hacía servir para llegar a las ramas más altas de un famoso olivo. La relación es fundamental y daba sus frutos todos los años con una media de quinientos kilos de aceituna: una cantidad no muy grande si se compara con el cultivo intensivo, pero suficiente para proveernos de buen aceite para todo el año.

El dos mil veinte nos llevó a Luna y a mí de nuevo al campo de los abuelos, sí, pero respondiendo a un evento muy distinto en fecha y contenido que nos obligaba ahora a estar confinados por real decreto dentro de nuestros propios hogares, convertidas de pronto en cautiverio y prisión, para acatar órdenes de gobiernos y organismos internacionales y obligarnos a gastar máscaras sanitarias y guantes asépticos en las compras semanales que nos hacía bajar hasta el pueblo.

En mi nuevo hábito adquirido rescaté una antigua cámara fotográfica que me acostumbre a llevar durante mis paseos. Regresé de nuevo al desierto de montaña, para hacer reportaje fotográfico y dejar testimonio del crimen y exterminio masivo de todo un monte de olivos. Registré el genocidio que desplazaba el ecosistema del olivar y transformaba el paisaje en un páramo desolado y exento de árboles. El silencio era el de un sepulcro, un silencio absoluto y exento de cualquier trino de ave que nunca antes había vivenciado y como pesada lastra dejó huella en mi recuerdo. Aún hoy me persigue, ese profundo silencio, que originó un cambio drástico en mi forma de entender el mundo y la propia existencia humana. De las fotos guardo esa donde aparece una gran piedra bajo un cielo nublado, con las huellas del tractor y pala excavadora sobre la tierra, artífice del exterminio. O esas otras que muestran piras de olivos exhumados y apilados en espera de ser incinerados; o las muy impresionantes de los gigantescos cepellones sin tronco, con sus raíces arrancadas y mirando hacia el cielo, como implorando que alguien los devuelva de nuevo a la tierra: dignos ejemplares de olivos que me hizo llorar de impotencia al entender que seguían muriendo en lenta agonía, raíces hacia arriba y apuntando hacia el sol, que antes del expolio, pensé ya entonces, debió acoger un hermoso olivar que bien podría recordar ese célebre pasaje del «Nuevo Testamento» con «Jesús en el Monte de los Olivos».

Llegó el año del reseteo y pasamos a desplazar por otra la «gran cultura del olivar»: esa que hace del hombre y del árbol un mismo espíritu unido a la tierra, en equilibrio conjunto y respeto mutuo, como dos seres que se reconocen desde tiempos antiguos y hace que la energía se retroalimente en forma de hermandad y fuerte vínculo. En el campo de mis padres se conversaba y reía, se contaban cuentos y chascarrillos y se narraban historias y anécdotas de otros tiempos lejanos. Los olivos escuchaban nuestras voces, en silencio atento, mientras sentían nuestro tacto fundirse en sus tricolores frutos.

La abuela marchó sin conocer la llamada «nueva era», Estel regresó de Marruecos para sorpresa de todos la misma primavera de la Pandemia y el campo fue vendido sólo un año después a una compradora alemana que se había enamorado locamente del paisaje de montaña y olivares. Mis padres, cada vez más mayores y limitados de movilidad, marcharon a la ciudad, por la comodidades que implica tenerlo todo más cerca, dijeron. Pero algo quedó lejos: eso que no tiene nombre -o quizás los tenga todos- y con nostalgia se lleva en el recuerdo y con amor en el corazón, al reconocer que hoy y siempre seremos…

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