362. El peso de una aceituna

Manuela Cámara Peragón

 

Nací tan pequeña que nadie habría apostado por mí. Durante meses fui apenas un punto verde, escondido entre las hojas, mientras el viento discutía con las ramas y el sol me enseñaba el oficio de madurar.

Desde arriba observaba a los hombres. Ellos creían cuidar de los árboles, pero yo sabía la verdad: eran los árboles quienes cuidaban de ellos.

Cuando llegó el invierno, comenzaron a mirarme con esperanza. No estaba en mis gramos, sino en los ojos de quienes extendían los manteos bajo el olivo. Cada golpe de piqueta hacía caer cientos como yo, pero también desprendía preocupaciones, deudas, proyectos, y cuadernos para los hijos.

Después me llevaron al molino. Allí comprendí que una aceituna no termina cuando deja de parecerlo. Bajo el rumor de la molienda, mi piel y pulpa desaparecieron en una corriente verde.

Nadie volvería a reconocerme. Y, sin embargo, cuando la primera gota cayó en la botella, supe que allí seguían las manos que me habían recogido, el frío de aquellas mañanas y la esperanza de otra cosecha.

Entonces entendí mi verdadero peso: no el que tuve al caer, sino todo lo que fui capaz de sostener al transformarme.

 

 

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