349. Contrato poético

Apis Melífera

 

Los árboles centenarios hicieron fila para la audición: querían ser los olivares del poema de Machado. Los fueron llamando y tasando sus aceitunas; debían permanecer sedientos, bajo el ardiente sol del día y prenderse de loma en loma, como alamares bordados. Los olivares llegaron desde distintas zonas de España, especialmente de Andalucía. Con sus ramas como abanicos se hacían aire, esperando los aguaceros de enero y los vientos de primavera. Algunos se plantaron en el escenario y recitaron: “¡Olivares centellados en las tardes cenicientas, bajo los cielos preñados de tormentas!”, pero a los directores no pareció convencerles ni sus figuras retóricas ni sus voces pastoriles, así que los rechazaron. Estuvieron todo ese día y el próximo: el corazón del poeta era exigente.

Al tercer día, los jurados comunicaron el veredicto: el olivo noventa, el ciento ocho, el ciento veinticuatro, el ciento treinta, el doscientos tres, el doscientos cuarenta.

El contrato era muy claro: tiempo completo, fieles al terruño y símbolos de España. Como requisito, debían florecer en cada lectura, cuando llegara la mitad de la segunda parte.

Los árboles dieron un paso al frente y los demás se retiraron esperanzados: habían escuchado que Lorca también necesitaba olivos.

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