347. Confesiones de un olivo

Aymara Díaz

 

Desde el principio, una paloma halló refugio en mis brazos, anunciando un nuevo comienzo. Mi mensaje es esperanza y paz.

He sido arma y espada, revelada a los sabios que escudriñan la verdad. Mi elixir es la llave que une cielos y tierra.

Como testigo milenario he acompañado faraones, ungido reyes, coronado campeones. Imperios vi caer y traiciones presencié. Mi propósito: dar gloria a los hombres y honrar al creador, con oro líquido que se extrae bajo presión.

Cuando quisieron coronarme, preferí dar fruto. La higuera y la vid tampoco cedieron, pero la zarza vanidosa se apoderó del trono.

Mis dedos de plata se alzan al sol, mi torso es una escultura viviente. Fructifico donde me planten; con sabiduría en la piedra construyo mi hogar. Al fuego y la sequía no temo, pues mi espíritu resucita. Cada temporada entrego gemas verdes, amargas, que maduran cual negra noche, alimento para los hombres.

Mi anhelo es hacer brotar. Soy agitación y chispa creadora que ilumina. Amigo del perfumista, bálsamo del herido y salud del enfermo.

Soy árbol plantado junto a la fuente, inmarcesible. Sellados los tiempos, seré testigo de una nueva faz. Seguiré dando gloria y rindiendo honor a la verdad.

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