345. Tempus olivarum
Teresa Ruiz Romero era una importante empresaria jerezana relacionada con el mundo de la aviación privada. “Aeternum AirJets”, era el nombre de la empresa de jets privados de la cual era fundadora y piloto a la vez. Pero Teresa Ruiz tenía una segunda obsesión aparte de su trabajo: los olivos. En su finca lucían una docena de olivos centenarios, todos ellos en pleno rendimiento y con unas cosechas que jamás defraudaban. Su última adquisición dio mucho que hablar, pues se hizo traer un olivo de mil quinientos años, plantado durante la edad media, desde Ulldecona, en el extremo sur de Cataluña.
Hoy se cumplía un mes desde la muerte de Teresa. Una patrulla de la Guardia Civil encontró su avioneta bimotor de uso privado al fondo de una ladera entre dos pozas. Después de localizar y retirar el cadáver, dio lugar una de las investigaciones más controvertidas de todos los tiempos. Fue la frase del forense quien dio el pistoletazo de salida a todo lo que se desataría después.
-Sin duda es Teresa Ruiz, pero no la que conocemos.
– ¿Qué significa eso? -preguntó desconcertada la agente de homicidios de la policía judicial, Natalia Escribano, quien no terminaba de entender porqué le habían asignado a ella el caso. Escribano venía desde la comandancia de Madrid por petición de alguien de muy arriba.
-La Teresa Ruiz que conocíamos tenía cincuenta años, ¿correcto? -vio como Natalia lo comprobaba con el DNI en la mano y asentía con la cabeza-. Pues bien, la Teresa Ruiz que se estrelló en la avioneta era treinta años más joven. Tenía alrededor de veinte años.
– ¿Qué? Eso es imposible. Es absurdo.
-Pensamos lo mismo hasta que hicimos el análisis del perfil biológico y odontológico. Los dientes y los huesos nunca mienten, agente.
La indignación de Natalia Escribano la llevó a abrir una línea de investigación totalmente nueva. Ahora ya no era sólo el accidente aéreo de una persona adinerada y socialmente relevante, sino algo muy distinto.
La policía puso el foco en hablar con su entorno más cercano, aunque no era demasiado extenso. Teresa no tenía hijos ni familiares a los que dejar nada en herencia, con lo cual, esa vía quedaba descartada. Su círculo más estrecho se reducía a sus dos asistentas y el jardinero, el señor Tomás, responsable de los olivos. Natalia se personó en la finca y tuvo una sensación un poco extraña, como si ya hubiese estado allí, algo totalmente imposible. Conoció a las dos trabajadoras de origen filipino. Ambas llevaban poco tiempo en la casa y apenas hablaban español, así que la agente no sacó ninguna información relevante de ellas. Pero el jardinero era otra cosa. El señor Tomás llevaba toda la vida en esa finca y al igual que Teresa, los olivos eran su vida. Vivía por y para ellos, pues su función no era otra que su cuidado y llevar a cabo la producción de aceite de oliva. Natalia lo sentó en el salón, pero no hubo manera. Sus silencios eran a veces ensordecedores y arrojaban más dudas que certezas. Tomás era de esos tipos recios de facciones rudas y poco sentido del humor. La agente de la policía judicial decidió dar una vuelta con él por el campo de olivos, a ver si estando en su lugar favorito de la finca se soltaba un poco más.
-Señor Tomás, ¿Qué tiene de especial este lugar y por qué le gustaba tanto a Teresa?
El jardinero miró a su alrededor desconcertado por una pregunta que, para él, era más que obvia.
-Fíjese bien -dijo señalando el entorno-, estamos rodeados de árboles centenarios. Han sobrevivido a todo tipo de inclemencias meteorológicas y conflictos provocados por el hombre. Y aquí siguen, salvaguardando un legado que pasará por encima de nosotros cuando ya no estemos. Somos meros espectadores de su existencia y nuestra obligación es protegerlos para que sigan aquí durante mucho tiempo. Teresa Ruiz lo sabía tan bien como yo. Si cierra los ojos y se deja llevar por el susurro del viento, tal vez pueda escuchar lo que tienen que decir. Para nosotros no es sólo una afición, como piensan los señoritos de ciudad, sino más bien una responsabilidad. ¿Lo entiende?
“Vaya”, pensó la agente. El señor Tomás se soltó más de lo esperado, pero aún había algo que resolver y Natalia no se anduvo con rodeos.
– ¿Teresa seguía algún tratamiento de belleza que usted supiera? Me refiero a si…
-Sé perfectamente a qué se refiere -la cortó él deteniendo el paso y algo molesto-. Los rumores. La gente hablaba.
– ¿Qué rumores? -tuvo la sensación de haber abierto la puerta adecuada.
El señor Tomás explicó que circulaban varias historias sobre la empresaria. Todas ellas hacían referencia a su belleza y sobre todo a su aspecto jovial. La más popular de todas era que la empresaria había hecho un pacto con el diablo para mantenerse cada vez más joven, pues ningún cirujano se atribuía el mérito. Teresa jamás pisó un quirófano. Su belleza era tan natural que parecía retroceder en el tiempo. De ahí venían las especulaciones. Incluso había quien aseguraba que el aceite de sus olivos tenía ciertas propiedades milagrosas, pues su escasa producción anual, unida a las idas y venidas de los jets, fomentaban todo tipo de historias al respecto.
– ¿Y qué opina usted? -se interesó Natalia en un tono más personal y menos oficioso-. ¿Realmente su aspecto jovial era tan exagerado como se decía?
El señor Tomás apretó ligeramente los labios, se tocó el cuello e inició un rápido movimiento de hombros justo antes de pronunciarse. Toda una serie de micro gestos que la agente de la policía judicial enseguida identificó en alguien que se disponía a mentir.
-Qué va -concluyó-. A la gente le gusta inventar cosas. La señora Ruiz se conservaba bien, eso es verdad, pero nada más.
Natalia sabía que ese hombre ocultaba algo. De repente recibió una llamada de la central. Era su equipo que la reclamaba.
-Tenemos novedades, jefa -así la llamaban sus compañeros de Madrid-. Hemos investigado los registros con los planes de vuelo de todos los jets de la empresa de aviación y tenemos algo interesante. Una vez al mes desde hace dos años, Teresa mandaba un jet a Nueva York para traer a Markus Parker, uno de los científicos más galardonados del mundo en su campo.
– ¿Y qué campo es ese?
-Markus Parker es una eminencia en la investigación de las células senescentes, conocidas también como las células del envejecimiento. Y otra cosa, jefa, las visitas de Markus coinciden con la adquisición del último olivo de la finca, un árbol de más de mil quinientos años de antigüedad procedente de Tarragona. ¿Qué le parece?
Natalia felicitó a su equipo y les pidió que investigaran al señor Tomás. Siguió con él, quien cada vez estaba un poco más nervioso. La agente quiso ver el olivo más antiguo y el jardinero se deleitó explicando sus características. “Pesa seiscientos kilos. Se necesitó una grúa emplazada y un camión góndola para moverlo y ponerlo a sitio”. Pero a Natalia le interesaba otra cosa.
-Hábleme de las visitas de Markus Parker -el tono volvió a ser oficioso.
El señor Tomás enmudeció y se sorprendió como el púgil que recibe un gancho de derechas para acabar rebotando en la lona. “¿Quién?”
-Señor Tomás, podemos seguir jugando al gato y al ratón hasta que me canse y lo lleve a la comandancia para hablar allí. Usted decide, pero deje de tomarme por tonta.
El cielo se tiñó de gris y empezaron a caer las primeras gotas. Tomás se sentó al cobijo del olivo, miró a la policía y de repente, sin venir a cuento, se transformó y se echó a reír de manera desproporcionada. A carcajada viva. Ahora era Natalia la que se puso nerviosa.
– ¿Se puede saber qué le pasa? -recibió un WhatsApp de su equipo en la pantalla del reloj: Markus Parker está alojado en un hotel de Jerez.
-No me pasa nada, salvo que está usted más cerca de lo que jamás lo estuvo nadie, agente. Como le dije, este olivo tiene mil quinientos años. Se plantó durante la edad media. ¿Es consciente de lo que ha vivido? La información que posee este árbol sobrepasa sus competencias como policía. No pretenda venir aquí, con su falsa arrogancia y querer entender aquello que no merece.
– ¿Qué no entiendo exactamente, señor Tomás? – apeló a su ego.
-Su generación no merece este legado porqué no están haciendo nada para protegerlo. Se están cargando el planeta. Más de uno se cree que el aceite de oliva se fabrica en el supermercado, por el amor de Dios.
– ¿Entonces el aceite que produce este árbol es especial? -intentaba sonsacarle algo cuando recibió otro WhatsApp en la muñeca: la empresa de los jets se llama “Aeternum Airjets”, que en latín significa algo así como Jets eternos. ¿Tiene sentido?
– ¿Aceite especial? Señorita, tal como avanza el cambio climático, todo aceite de oliva que se produzca ya es especial, créame.
-Señor Tomás, quiero ver a Markus Parker.
-Tendrá que ir a Nueva York.
-Le dije que no me tomara por tonta. Markus está en Jerez. ¿Qué hace aquí y qué traman? No se lo repetiré.
-Agente, debería relajarse y disfrutar de este espacio natural. Está usted rodeada de sabiduría y no la ve.
– ¿Qué es lo que no veo?
Su teléfono sonó y al ver que se trataba de su equipo decidió cogerlo, alejándose unos metros para que el señor Tomás no interfiriera.
-Jefa, hemos mandado una patrulla de paisano para seguir a Markus Parker y ahora mismo se dirige a su posición. Estamos convencidos de que va a la casa de la empresaria para reunirse con el jardinero.
– ¿Habéis averiguado algo más sobre el aceite?
-Su producción es muy exclusiva, se vende como producto gourmet y su precio es superior a la media. Pero se puede encontrar en cualquier sitio de la región. Nada fuera de lo común, jefa. Pero hay algo más. -hizo una pausa para ordenar sus palabras-. Hemos investigado al señor Tomás y la información es contradictoria. Es como si no existiera del todo. Si encontramos algo más sobre él o sobre Parker, te avisamos de inmediato.
Natalia respiró hondo después de colgar y regresó junto al jardinero, quien enseguida retomó la conversación con una inquietante sonrisa.
– ¿Sabía que un olivo puede volver a crecer después de un incendio grave? Tienen el poder de la regeneración y volver así a ser jóvenes de nuevo. Qué curioso, ¿no?
– ¿Adónde quiere ir a parar, señor Tomás?
-No, agente, la pregunta correcta es: ¿adónde quiere ir a parar usted? Tenga cuidado, porqué tal vez no esté preparada para ver según qué cosas. Su mundo se rige por otras creencias y convicciones, no lo olvide.
– ¿Por qué viene de camino Markus Parker?
-Por usted.
“¿De qué habla?” Natalia Escribano pudo ver como el brillo en los ojos de aquel hombre cambiaba. Su expresión era ahora la de un malabarista que se mueve por la fina cuerda que separa el bien del mal. Eso la desconcertó y jamás imaginó lo que pasaría a continuación.
El señor Tomás alzó la vista por encima del hombro de la agente judicial y pudo ver como llegaba un todoterreno de color negro. Markus Parker se apeó del vehículo y se dirigió a Natalia estrechándole la mano.
-Usted debe ser la policía que investiga el accidente de Teresa, ¿verdad? Me dijeron que andaba por aquí. Soy Markus Parker, un amigo de la casa.
Natalia recibió otro WhatsApp en el reloj de su muñeca: ¡hemos encontrado algo sobre Tomás y Markus, sal de ahí de inmediato!
– ¿Qué hace un científico de su nivel aquí en Jerez, en la finca de una empresaria de jets privados?
-Teresa era una buena amiga. Además, compartíamos la misma pasión por los olivos.
-Veo que los olivos son muy populares por aquí -dijo mirando a Tomás de reojo-. ¿Tenía negocios con Teresa Ruiz?
“¿Negocios?” Parker miró al señor Tomás quien asintió con la cabeza sin necesidad de verbalizar la aprobación a la pregunta que le lanzó el científico con la mirada.
-Señorita Escribano, será mejor que se siente -Markus le señaló el banco que estaba a su espalda.
Natalia recibió otro WhatsApp a su reloj: Markus Parker de cincuenta y cinco años es el padre del señor Tomás, de setenta y ocho. ¡¿Qué está pasando?!
La agente de la policía judicial, totalmente descolocada y con la mente a mil por hora, se sentó e hizo caso a Markus.
-Los olivos desprenden una resina natural denominada popularmente como goma de lecca. En la antigüedad, médicos como Diocórides, la llamaban lágrimas de olivo etíope y sus efectos siempre fueron muy beneficiosos para la salud.
-Durante siglos -intervino ahora Tomás- se usó para detener hemorragias y cicatrizar heridas. Sus propiedades son espectaculares, contiene un compuesto orgánico llamado olivina y ácido benzoico. Actualmente se usa más en perfumería que en medicina. Qué desastre. Por suerte, Markus Parker descubrió que, mezclándola con otros compuestos, sus efectos podían ser sorprendentes.
– ¿Han descubierto la fuente de la juventud en un olivo? -Natalia no salía de su asombro.
-Agente Escribano, ¿no se ha preguntado por qué alguien de la judicial de Madrid ha tenido que venir aquí a investigar un accidente aéreo? -Natalia no respondió, aunque también se lo preguntaba desde que llegó-. Pues bien, la respuesta a esa pregunta es que yo mismo he solicitado su presencia. Dígame, ¿no le resulta familiar este lugar?
-Era muy pequeña, Markus -respondió el señor Tomás con media sonrisa.
-Agente, el único motivo de que usted esté aquí no es otro que el regresar a su hogar, ahora que su madre ha fallecido.
-Pero ¿qué dice? -el corazón de Natalia bombeaba tan rápido que de haber vecinos los hubiera despertado-. Me confunde con otra persona, todo esto es ridículo.
-Natalia, usted sabe que es adoptada, sus padres se lo dijeron cuando cumplió la mayoría de edad, y aunque nunca quiso saber su origen biológico, es obvio que tiene uno. Bienvenida a casa. Sé lo que está pensando y la respuesta no es agradable. Su madre, Teresa Ruiz, se quedó embarazada por culpa de un desliz con un jornalero. En ese momento de su vida priorizó su carrera como piloto y decidió darla en adopción a una buena familia.
– ¿De qué va todo esto? -estaba totalmente aturdida por la situación. Todo tenía sentido e incluso empezaba a recordar pequeñas cosas de esa casa.
Markus le contó que él era el padre del señor Tomás, aun siendo este de aspecto más mayor. Parker vino de Estados Unidos como militar en la base de Rota. Al abandonar el ejército, volvió a Boston y empezó sus estudios en Harvard. Luego, sus investigaciones lo llevaron a la finca de Teresa Ruiz, dónde se instaló durante un tiempo con su hijo pequeño, Thomas. La imponente colección de olivos de la empresaria le permitieron desempeñar el que sería el proyecto de su vida. Ambos experimentaron con las propiedades de ese olivo milenario y los resultados fueron increíbles. No sólo frenaron las células del envejecimiento, sino que regeneraron las mismas. El accidente de avión no tuvo nada que ver con el tratamiento, ya que, según Markus Parker, era orgánico y no tenía efectos secundarios.
En más de una ocasión, Teresa Ruiz manifestó la voluntad de recuperar a su hija, aunque jamás reunió el valor suficiente.
-Tu madre estaba muy orgullosa de tus logros como policía -le dijo el señor Tomás-. Pensamos que deberías ocupar su lugar y quedarte al mando de la finca y sus olivos.
-Mi vida está muy lejos de aquí. Además, no sé nada de olivos ni de todo esto. Soy agente de la policía judicial, por el amor de amor de Dios. Tal vez debería deteneros por algún delito contra la salud pública.
-A tu madre le hubiera gustado que siguieras su labor -añadió Markus-. Tienes un olivo de mil quinientos años en una mano y la fuente de la juventud en la otra. Esto no va de estética, sino de salvar vidas. ¿Sabes cuántas enfermedades podremos detener? Tu madre lo sabía y por eso adquirió este olivo tan antiguo y financió la investigación. Sigue con nosotros y podrás cambiar una sociedad que como policía jamás lograrás. Debes elegir entre cruzar el puente o quemarlo. Así es la vida. ¿Qué eliges?
Natalia cerró los ojos, respiró profundamente y los olivos le susurraron la respuesta al oído.