344. El encuentro
Las “picual” llevaban siglos ocupando las campiñas de Jaén.
Curiosas por conocer el Mediterráneo, se habían ido extendiendo y, sabios como son los olivos, en bancales ordenados habían trepado por las laderas, habían fecundado las tierras baldías de la sierra y bajado a los valles.
La longevidad del olivo hacía que coexistieran olivos de muchas generaciones. Raíces, jóvenes unas, las otras centenarias, se trasmitían el legado de asuntos milenarios ocurridos bajo las retorcidas ramas de su porte abierto anclado a un suelo íbero, agobiado estipendiario que, tras apoyar a Cartago, quedó obligado a pagar tributos bajo la estricta vigilancia militar de la potente Roma.
En su itinerario buscando el mar, los olivos habían convivido con humildes alfareros que, por indicación de Trajano, cocían tinajas de barro para enviar aceite a la ciudad imperial y ofrecer al emperador el placer de deleitarse con el oro líquido de su Bética natal.
También los olivos habían escuchado a los poetas islámicos que reconocían en el olivar al jardín soñado porque el aceite iluminaba las estancias, su ungüento sanaba enfermos y limpiaba impurezas y además conservaba alimentos y condimentaba platos. De hecho, aprendieron los olivos que fueron los poetas de Al-Ándalus los que, enamorados del jugo de la aceituna, la habían dado el nombre de al-zayt, un nombre que desde esa etimología identificó a las almazaras, al acebuche y a las alcuzas.
Y después, los olivos habían sido testigos de cómo su tierra, jalonada con acequias, se convertía en la frontera de una Castilla imbuida de estigma eclesial, una Castilla de Reconquista que traía a esta tierra de olivos reyes, hidalgos y santos; y de cómo las haciendas ilustradas de cosecheros iniciaban el comercio colonial americano de aceite y de aceitunas a través de la sevillana Casa de la Contratación y de la Flota de Indias cargando odres de cuero viejo rebosantes con el privilegio del aceite.
Mucho más tristes, observaron los olivos cómo explotaban las luchas agrarias defendiendo el jornal y la propiedad de la tierra contra el latifundio. El asunto lo sepultó, y lo saben los olivos, la guerra fratricida. Una guerra que enfrentó en un conflicto sangriento a jornaleros sin tierras con pequeños propietarios y arrendatarios campesinos.
Pero, sobre todo, los olivos habían convivido con podadores, aceituneras, vareadores y manijeros; con los de ahora y con sus padres y con sus abuelos y con sus bisabuelos y con sus tatarabuelos y así hasta llegar a aquellos que germinaron el inicial pedregal con un hueso de aceituna, igual que hizo Atenea en la Acrópolis para vencer a Poseidón y conseguir que a ella, diosa de la sabiduría y del ingenio, se le dedicara el templo sobre la colina sagrada.
Montones de olivos rústicos descendieron ágiles por las colinas y al aproximarse salvajes a las playas divisaron un barco saturado de otras aceitunas que se aproximaba a su ribera.
Llegaban de la Toscana las “frantoio”, tan aromáticas, tan afrutadas y tan resistentes a los hongos. Ellas, habituadas a las riberas del mar de Liguria, a la cúpula florentina del ilustrado Brunelleschi y a los montes Apeninos, cosmopolitas y elegantes, abandonaron la cubierta de la nave ilusionadas con el encuentro.
Las autóctonas, cautivadas por el verde fresco y brillante de la piel de las nuevas pobladoras, escucharon sus andanzas, aunque las ancianas “picual” dudaban mucho entre sí de las historias que contaban.
No tenía sentido esa del listillo que se inventó pincharlas en un palillo y meterlas en la copa de Martini durante los vuelos trasatlánticos de la PANAM.
Peor resultaba la siguiente. Escandalizada la “picual” más legendaria, se preguntaba muy alterada cómo era posible hacer de ellas un mejunje de pasta con anchoas para untar pedazos de pan. La “frantoio” más joven del grupo arribado procuraba rebajar su cólera y le respondía que era necesario abrirse a expectativas transversales deducidas de las sinergias de última generación y abandonar las viejas tradiciones ante el acoso evidente de las demandas globales sobre el riesgo cierto de gentrificación cabalgante. La “picual” legendaria no entendió absolutamente nada de la argumentación, pero pasó a escuchar el siguiente relato.
Ese tan disparatado de aquel país en el que plagiaban su nombre para enrollar filetes finos de ternera sobre un relleno sabroso de cerdo, pan, hierbas y queso y llamarlo beef olives, aceitunas de ternera, porque el rulo final recordaba a una aceituna grande. ¡Qué vulgaridad! De hecho, un insulto ya que entre las aceitunas había tantas flacas como gruesas.
Insistían las “frantoio” que el tema no se quedaba ahí. En los hoteles más refinados ofrecían aceitunas insertadas en las galletitas del té o, a la hora del desayuno, freían a las hermanas “ascolanas” con huevos y carne de salchichas.
Algunos olivos advirtieron a las congregadas en la playa que, por el extremo occidental, estaban entrando las pequeñas “pajareras”, huyendo, pobrecillas, de los libidinosos zorzales de vientre claro y canto aflautado que las engullían por el dulzor de su pulpa al madurar. Y, además, por el linde del norte, se acercaban alineadas las “arbequinas” desde su Cataluña natal y las “empeltre” muy cansadas tras el largo camino entre el valle del Ebro y esta tierra del sur.
Cierto es que todas, las “picual”, las “frantoio”, las “pajareras”, las “arbequinas” y las “empeltre”, reunidas en esa tierra de encuentro, estaban decididas a luchar por lo mismo.
A luchar para aguantar ante la lluvia que a veces no caía durante meses y meses; o ante las grietas profundas abiertas en un instante por los reiterados temblores de unas placas tectónicas continuamente desencajadas, o ante el incendio provocado unas veces por la avaricia mercantil y, otras, resultado del implacable calor en el verano. O ante los parásitos, las plagas y la terrible verticilosis, que, asesina como era, bloqueaba sin piedad la circulación libre por el árbol del agua y de los nutrientes hasta que la apoplejía y el decaimiento lento mataban al olivo, fuera joven o fuera viejo.
Aunque resultaban minoría en esta tierra de Jaén, al recibimiento de las “frantoio”, de las “pajareras”, de las “arbequinas” y de las “empeltre”, venidas todas de tan lejos, se unieron las “royal”, las “manzanilla” y las “carrasqueño”.
El consenso estaba claro. Porque, por más que dátiles, uvas e higos se preciaran orgullosos de cultivos primitivos, ellas celebrarían todas juntas su ser hijas del sol.
Un sol que, en el origen de los tiempos, iluminó ya a esos acebuches salvajes trasformados después en fértiles y mansos olivos.
Un sol autoritario que les ordenó propagarse y ocupar con su descendencia hasta los confines de la tierra. Y, obedientes, se embarcaron en las carabelas de los españoles hacia América para, a pesar del clima tropical y sin quejarse, abonar los dominios de Méjico, de Chile y del Perú. ¡Hasta California llegaron en estacas y semillas embarcadas junto a los jesuitas españoles!
Pero ¡ay! ¡Qué frágil es la bonhomía cuando llega el día cotidiano!
Porque tanta felicidad y tanto candor, tanta fiesta, tanta bienvenida y tanta hermandad, se rompió cuando las “frantoio” decidieron honrar al sol del ocaso mientras que todas las demás, las “picual”, las “arbequina”, las “pajareras” y las “empeltre” reivindicaron airadas que el sol merecedor de honores debía ser el de la madrugada.
Cierto es que incluso entre estas últimas no había completo entendimiento. Unas apelaban al sol del alba y hablaban de la aurora, las propensas al conflicto imponían a las otras el crepúsculo matutino y las imprecisas invocaban al ambiguo sol con el que despunta el día.
Jaleo mayúsculo entre las aceitunas originales y las recién llegadas.
Las “royal”, las “manzanilla” y las “carrasqueño” se mantuvieron al margen de tan enconada cuestión a la espera de saber que facción ganaba en el conflicto y unirse a ella de inmediato, manera muy aguda de gozar siempre de privilegios y de regalías.
Muy preocupados andaban los olivos.
Las discusiones internas cada vez resultaban más agrias y habían comenzado a lanzarse piedras que, incontroladas, desmochaban los pezones de muchas de ellas.
Aumentó la tensión entre las aceitunas.
Unas, en aras del sol de madrugada, cogieron los cuchillos destinados a degollar la testuz de los corderos y se emplearon en seccionar los pedúnculos que ataban los frutos de las otras a las ramas mientras que éstas, doloridas y empeñadas en el sol del ocaso, disparaban agresivas con rifles de precisión hacia los esquejes de las contrarias.
Lloraban juntos los olivos. No encontraban la manera de frenar semejante desencuentro.
Pidieron ayuda en vano por todos los mercados del orbe y cuando ya, desesperados, se habían conformado con una lucha sin fin, apareció en el horizonte el sol del mediodía y las hizo comprender a todas que las “picual”, las “frantoio”, las “pajareras”, “las arbequinas” y las “empeltre”, todas las aceitunas tenían su sitio en esta tierra pintada de plata por tantos olivos y en la que el sol entregaría sus horas a todas por igual.
Muy serio, mencionando aquel juicio del justo Salomón, el sol del mediodía dictaminó que la aniquilación fratricida entre ellas sólo conduciría a que, al fin, fueran las plantas de los extremos del Oriente, con su yoga, su nirvana, sus budas y mandalas, con su yin y con su yan, las que se instalaran aquí y, ante espectáculo tan ajeno a su ancestral historia, los olivos morirían de tristeza.
Hicieron reflexión y, admirando al sol, siempre ecuánime, siempre generoso, siempre ecuménico, bello y arreglado día tras día, aplaudieron juntas la sentencia.
Y juntas, las “picual”, las “frantoio”, las “pajareras”, “las arbequinas”, las “empeltre”, también las “royal”, las “manzanilla” y las “carrasqueño” siguen conviviendo en esta tierra de Jaén con podadores, aceituneras, vareadores y manijeros; con los de ahora y continuarán con sus hijos, con sus nietos, con sus bisnietos y con sus tataranietos.