337. Eterno compañero

María Oil

 

Cuando  Manuel vio la primera aceituna de la temporada se le llenaron los ojos de lágrimas.

Ojos turbios y descoloridos que ya, tras tantos años, no cesaban de llorar por demasiados motivos. Y saladas las lágrimas, exactas en su proporción de sal a la de esta aceituna arrancada con manos temblorosas de una rama de ese olivo, también él tembloroso, también arrancado de su olivar milenario y plantado en una maceta del inhóspito tendedero, solado de baldosa y techo de uralita.

Pero el olivo ancestral tiene memoria.

Y recuerda a Manuel y al padre y al abuelo y al bisabuelo de Manuel azuzando con las varas y aliviando su porte cuajado de aceitunas.

También recuerda aquel momento en el que el olivar se enfrentó a un enemigo peor que el hongo asesino y que la absurda mosca. Porque el más dañino es ese avaro que los abate para construir edificios, vendidos cada metro a precios suntuosos en el enclave donde ellos nacieron de una humilde semilla.

Tiene memoria, Manuel. Y se quedará siempre a tu lado en este tendedero.

Agarrado al tronco, el anciano cerró los ojos y en paz se desplomó sobre la maceta de su olivo.

 

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