332. Óleo

Pablo Vázquez Pérez

El viento sopla y refresca las mejillas de Carlota, tan radiante como el sol. Pisa descalza las aceitunas zapateras y en sus pies se clavan los pellejos arrugados que le inspiran una grisalla emborronada sobre el suelo. Palpa las estrías del tronco, la savia, los secretos que susurra la corteza. Alza la cabeza mientras las hojas del árbol acarician sus cabellos.
Tantea el lienzo que sostiene el caballete. Embadurna el pincel en la paleta y traza líneas, curvas, puntos que forman siluetas. Aparecen las ramas, tallos, pedúnculos, flores o frutos. También se borran cuando luchan en esa liza de sombras contra colores. Desde la luz del mediodía hasta la oscura madrugada.
La pintora, exhausta, concluye su obra  con la firma.
Un hombre llega al lugar, recoge los utensilios y el cuadro. Le entrega a Carlota un bastón blanco, le ofrece su brazo y se alejan del parque en el que aguanta vivo todavía el último olivo del pueblo.

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