327. Legado
El padre había muerto. Esta eventualidad había surgido en la mente de sus descendientes en muchas ocasiones. Los límites de su legado, el verde opaco de sus frutos, la polvareda de su terruño, el jugo ambarino y espeso… todo había sido sopesado y calibrado en una representación confusa, híbrida de ambición y de lucha por conseguir el afecto de ese padre distante.
El proceso. Algo que no había sido tomado en consideración. De cómo esa extensión de puntos cuasi infinitos, esa masa viva aunque aparentemente impertérrita ante el tiempo daba en tornarse en un rendimiento. Ese enigma era el que había que desvelar ahora, cada hija con su ingenio, su torpeza, sus frustraciones.
¿De dónde partir? La nostalgia, quizás. No se habían criado con el padre, quien se les representaba como un ser superior, altísimo en su torre de silencio y aspereza. Tanto como aquellos terrones que ahora enfrentaban con la mirada. No obstante, el padre se volvía niño allí en medio de sus olivos y, la boca deshecha en una amplia sonrisa, las alertaba del salto de un conejo desde una madriguera, o de la visión de una madre perdiz protegiendo a sus polluelos. Todos aquellos recuerdos formaban el acervo preciado de esos momentos perdidos para siempre, de esa escasa vida común que ya no volvería.
Pero la vida no da mucho margen a la poesía. Pronto todo se volvió túnel oscuro donde venían empujando plazos: burocráticos unos, impuestos por la madre tierra otros. Las estaciones se sucedían y aquella tierra pedía a cada momento un cuidado. Interpretarlo era casi como volver a ser madre de nuevo. ¿Que llora el bebé? Tiene hambre, deduce el padre. La intuición de la madre se dispersa en múltiples interpretaciones: quizás gases, quizás sueño, quizás calor, quizás frío. ¿Cómo lloraba el campo? ¿Qué necesitaba en cada momento?
Ayuda. Sólo los expertos ojos de quienes habían trabajado años y años allí podían descifrar aquello. ¿Has visto estas olivas, picadas de moscarda? ¿No ves las grietas en la tierra? Hay mucho ballico. Estos olivos son picudos, estos marteños. Nada. No veo nada. Más de medio siglo ya y confieso ser una ignorante. He aprendido muchas cosas en la vida para llegar a este punto y sentirme inane ante tanta necesidad incomprendida. Ni siquiera percibo las lindes entre mi tierra y las de mis vecinos. A veces son hitos constatables, esos pequeños y macizos obeliscos que sobreviven los envites de los tractores, ladeados y tozudos en su misión de dividir. Otras veces son símbolos de la naturaleza, aún más difíciles de discernir. Barrancos secos, mimbres, montículos de tierra, diferencias de laboreo. Un mar sin límites. Una reina estúpida que no divisa ni sus fronteras. Os van a engañar, se propagaba el eco mental de la frase del padre, mitad miedo, mitad orgullo. No sabéis. No, el refuerzo positivo no era lo suyo, no era propio de una generación criada en la posguerra, donde cada uno batallaba con sus monstruos personales como mejor podía. A golpes, a empujones, a copas. Pero nada de psicólogos, ni diagnósticos ni categorías o palabros como “empatía”, “resiliencia”. Nada. Así que se instala la tortura interna entre ceder, reconocer la incompetencia y ser derrotada antes de presentar batalla, y así dar la razón a ese coro griego formado por todo el pueblo, o bien intentar, ese David minúsculo ante el Goliat de las certezas.
Vende. Vende. Alquila. Olvida. Toda la humanidad hecha rumor se confabulaba para deshacerse del problema y volver a la normalidad. Tú eres urbana, no te has criado en el campo. Y el cerebro, deseoso de torcerse y ponerse de parte de esa corriente cálida hacia el alivio instantáneo. No. No tan rápido. Ahí estaba el padre, en su silla de ruedas, agarrándote la mano con la suya, antes esa mano poderosa, recia y ahora tan frágil y esponjada. Ahí estaba alentándote para que no permitieras el hundimiento de su tarea vital. Lucha por mi legado, susurraba.
Bien, sigo. De momento. El padre se transfigura, se queda a vivir en un rincón del alma de sus hijas, está más presente ahora que antes. Aprecias lo que tienes y decides no rendirte sin antes luchar. Y abres tu caseta de aperos, el baúl de los recuerdos. El padre siempre ha sido un pionero. Apostó por las máquinas y ahí están. Aunque las joyas de la corona de su tiempo son ahora una ruina ya, poco se salva. Piezas de museo. Hay que comprar, renovar, invertir. Vuelve el hálito del pasado. ¿Papá, cómo te has podido gastar ese dineral en fertilizantes?. Hija, si eres tacaño con el campo, el campo lo será contigo. Y el dinero empieza a salir a borbotones y donde antes eras cobarde y mirada, surge un nuevo espíritu que te empuja adelante, con miedo pero con convicción. Rulos, rastras, cubas, quintas, cuartas, rotavator, remolque, picadora de hierba. Donde antes sólo percibías hierros retorcidos de dudoso pelaje y utilidad, ahora se despliega una caterva de precisión mecanicista.
Segunda mano, primera mano. Compro. Cambio. Y arreglo. Cuánta avería, Dios mío. Y los pocos talleres hasta arriba de trabajo. Desaparece la artesanía, lo cercano. La electrónica también domina el campo y donde antes se buscaba en los intestinos metálicos del propio artefacto, esas rudas y dignas manos ennegrecidas hurgando en lo ignoto, ahora es preciso plegarse al diagnóstico oscuro hecho por un joven experto con su ordenador. Las ratas se comieron los cables. El ordenador lo dijo, no mis ojos. Y en una esquina de la nave, un rudimentario y digno carro presenciándolo todo, desde su sencillez arcaica. Madera, ruedas de hierro, y cuánta paja, cuántos cantos en el camino, cuántas buenas cosechas, malas, barro, sequías, pedrisco, granizo, no habrán visto.
El padre se va en el otoño. En el otoño se prepara la tierra para la cosecha de aceituna. Me doy cuenta de que siempre he comenzado en otoño. Nací el primer día de otoño. De niña mi ciclo vital anual se iniciaba cuando tras el verano volvía a las aulas, cabizbaja y nostálgica de mar. Sí, yo me había criado junto al mar, la tierra adentro me impresionaba pesadamente por su rotundidad y contundencia estática. Luego me hice profesora, uniendo mi biorritmo por siempre al de los jóvenes. Enseñanza y agricultura, ambas tareas de incierto éxito. Ambas dependientes de hados, de variables ajenas al tesón. Buenas tierras, malas tierras, buenas y malas semillas. Meteorología adversa. Ha de llover cuándo y cuánto se necesita: no más, no menos. Y aún con la gran cosecha, una variable aún mayor, envolvente, la del Mercado con mayúsculas. El agricultor es un ser que rehúye la euforia. ¿De qué alegrarse? Las buenas cosechas lo son para todos, o casi, y el producto final se deprecia, ante la abundancia de oferta. A la contra, renace la esperanza: poca aceituna, muy preciada aceituna. Finalmente el agricultor se vuelve estoico, escéptico, contemplativo, casi pasivo. Un agricultor nunca será un endiosado: el que más y el que menos conoce el sabor de la derrota. Y las victorias son siempre de tamaño humano: pocos pelotazos, poco margen para la soberbia. En el fondo, un ancho margen para la desconfianza.
Rulo, rastra, quitar varetas, hacer soleras. Eso, por ahora. Pero, ¿quién me ayudaría a dirigir las tareas de cada momento, quién me marcaría el camino? El brazo derecho de mi padre, su ángel custodio, ese ser insustituible acababa de retirarse. Tras sufrir un infarto, decidió abandonar la tarea que tan bien sabía hacer, como había demostrado en los últimos 30 años. Otro escollo más. Electrónica, burocratización y ahora falta de personal. El campo ya no es lo que era. ¿Y qué era? Un diálogo cuerpo a cuerpo entre el hombre y la naturaleza. Un sacrificio, una retribución, una ecuación binomial. Tampoco caigamos en idolatrar el pasado. Por supuesto que el tan traído y llevado “Progreso” había conllevado mejoras en el desempeño, calidad de vida. ¿Cómo iba a ser igual tostarse bajo el duro sol andaluz, mojar las ropas, helarse los huesos comparado con ir sentado en un tractor con cabina? No me refiero a eso, el avance positivo es innegable. Más bien aludo a otras evoluciones. Al hecho de las trabas impuestas desde despachos a miles de kilómetros. A que tareas seculares como arar se vean ahora proscritas. O al delicado equilibrio entre la Ecología y la Agricultura, dos hermanas tan mal avenidas últimamente. Al desdén de las nuevas generaciones por la tierra que pisan. ¿Quién tendrá la culpa? Pantallas no comeremos nunca, eso es seguro. O a que el agricultor tenga tan poco poder decisorio a la hora de marcar un precio para su producto, a la hora de lucrarse de su propio fruto. ¿Puede haber una tarea más digna que procurarnos alimento? Digna y básica. Algo habrá de hacerse para que los jóvenes no la abandonen.
Bueno, no me corresponde a mí arreglar el mundo. Ni siquiera sé si tal hazaña es posible, arreglar el mundo. Siempre que se interviene en un punto, hay un statuo quo que se altera, una consecuencia imprevista, un daño colateral. No hay planes quinquenales que valgan. A pie de tierra hay que solucionar esos imprevistos. Y es así, intentando superar obstáculos como llegan los inmigrantes. Los Landrovers cargados con Antonios, Pepes y Juanes mutan en todoterrenos de última generación con humanos de otras latitudes cuyos nombres apenas sabemos pronunciar. Recuerdo una anécdota un día, con mi padre, en una oficina. Entró un africano, airado, sofocado, en busca de ayuda. Intenté ayudarle hablándole en francés, pero al parecer sólo hablaba su idioma africano, y algunas palabras en español. Justamente una palabra que había aprendido bien era PROBLEMA. La repetía constantemente en su ofuscación. ¿Pero de quién es el problema?, inquiría yo. Yo- problema- pero yo- no problema, problema-otro. Y sin conseguir que saliese de su círculo, hice un nuevo intento por hacerle parir aquel problema atascado. Mire, le dije, tiene usted que hablar con su jefe, intentar que su jefe le ayude. Jefe dice “tomar-por-culo”, sentenció. Fin de la historia. El problema intercultural plasmado en esta anécdota surrealista que podría integrar una secuencia de una película de los hermanos Marx del siglo XXI, de vivir aún.
Y aún más historias de barreras invisibles y de esa capacidad innata al ser humano de medrar a costa de la desgracia ajena. Una vez me ví aupada de pronto al trono del rey Salomón. Mi anciano padre con su luz interna apagada, su cerebro tan sólo una sombra de aquel motor poderoso que fue, abocado a esperar cada día las horas de las comidas y el vaivén de enfermeras de una residencia de mayores como único aliciente, junto con mis visitas. Y yo, lanzada a tomar decisiones que no querían ser irracionales ni caprichosas pero que carecían de cualquier asidero que no fuera mi intuición, esa fuerza animal a la que recurrimos cuando nada más nos avala. Yo gestionando aquel mecanismo engarzado de hombres-máquinas-papeles-leyes- imperio de la naturaleza, como aquellos reyes o reinas enanos en sus tronos, niños impotentes y desvalidos. Resultó que dos trabajadores africanos litigaban y no tuve más remedio que mediar. Ambos, junto con otros dos se alojaban en la casita que mi padre a esos efectos proporcionaba. El más viejo y vociferante acusaba al joven de no colaborar con las tareas domésticas y amenazaba con marcharse si el joven no era despedido. Ultimatum. ¿Quién de los dos trabaja mejor? El viejo, me comentó el encargado. El joven no podía defenderse, puesto que no hablaba español. El día que el joven se marchaba, apareció su padre a recogerlo. Ambos parecían compungidos. Sospeché que había cometido un error. El trabajador viejo como había hecho otras veces, buscaría un nuevo trabajador. Se lo impedí. Le comuniqué que ya lo buscaría yo. El viejo calló pero sólo siguió trabajando una semana más, después se marchó. Lo sucedido quedó claro en mi mente: el viejo sacaba un extra de cada trabajador “sugerido” y quien sabe si no les cobraba también un alquiler por la vivienda ofrecida gratuitamente. Ya se había dado el caso anteriormente. Sentí que no me gustaba nada jugar a ser Dios.
El invierno siguió al otoño y la cosecha de aceituna continuó su implacable marcha. El vareado tradicional era ahora ayudado de vibradores de mochila. El arrastre de espuertas a mano había sido sustituido por enganche de sacos de rafia por buggies. La mecanización iba ganando terreno. Las temporadas de sol diáfano invernal, aún cálido, se alternaban con borrascas que llenaban el suelo de barro, haciéndolo impracticable para vehículos y humanos. Esas parálisis forzosas eran acogidas con distinto ánimo por nacionales y forasteros. Los primeros solían ocuparse en tareas propias, arrinconadas al aceptar el puesto de temporero. Los foráneos se veían forzados a convivir en espacios reducidos, el ánimo de unos, mustiado, el de otros, violentado. Días sin paga, grises, encapotados, humor de perros. A veces las tensiones que luego explotaban bajo los olivos se gestaban en días como aquellos. Finalmente salía de nuevo el sol, y los surcos hendidos por el agua se encostraban poco a poco bajo sus rayos.
La primavera llegaba y atrás quedaba el recuerdo de aquellos días atrasegados. Los temporeros partían a sus casas, o a veces a la cosecha de otros frutos en otras partes del país. Era tiempo de lluvias, acaso granizos. Y grandes inestabilidades. Calores extremos e inoportunos, heladas como cuchillas que siegan de cuajo las tiernas y aún minúsculas olivas. En primavera se cuida lo que se puede de ese tímido fruto: se abona el suelo, se cura, se talan las ramas. Se mueve y airea la tierra. Se gasta en productos. No hace mucho tuve que organizar la casa del difunto padre. Libretas y libretas, un auténtico repertorio de apuntes anillados donde, año tras año, anotaba pacientemente los pagos, los ingresos, las horas trabajadas, los coeficientes de rendimiento. Tardes oscuras y frías de invierno empleadas en ese primor amanuense. Constancia gráfica de décadas de gestión agraria que yo ahora condenaba cruelmente al cubo de la basura en aras de instrumentos más expeditivos y adecuados a nuestro tiempo, como la tablet o el móvil. Los números de las últimas libretas se hacían enormes, torcidos, deformes, revelando su ceguera última. Y su voluntad, a pesar de todo.
El verano. En otras latitudes, el mes más prolífico para la agricultura como se ve en todos esos cuadros llenos de mieses amarillas colgados en los museos. En la nuestra, el calor sofocante paraliza la mayoría de las actividades, campo incluido. Los chiquillos se van a sus casas y los campos de olivos permanecen amodorrados, envueltos en una intensidad combinada de azul y sonido de cigarras. Los chiquillos de la escuela me cuentan cómo pasarán el verano. Algunos ayudarán con el ganado de sus padres, generalmente cabras. Otros empezarán ya a “hacer los suelos” con ellos. Limpian y alisan la tierra justo debajo de la copa del olivo, antiguamente con un rastrillo, ahora con sopladora. Así las aceitunas que caigan en la futura cosecha serán fáciles de recoger. Es curioso pero la mayoría de ellos tienen apellidos relacionados con el campo: Aceituno, Centeno, Trigo. Eso me trae a la memoria el cuento del ratón de campo y del ratón de ciudad, en el que el ratón de ciudad, creyéndose superior, invita al de campo para impresionarlo con sus riquezas. La moraleja del cuento hace prevalecer la vida sencilla del campo, aunque en la realidad esa afirmación es muy simplificadora. La vida del campo no es fácil ni exenta de peligros.
Llega de nuevo el otoño, se cierra un círculo, he sido capaz de gestionar, en algunos aspectos para bien, en otros menos certeramente, pero en ningún momento he claudicado… aún. Se cierra un círculo y se abren otros: nuevos retos aparecen en el horizonte. Ante la dificultad de encontrar personal para la recogida, muchos vecinos están dejando sólo una pata en el olivo para así poder vibrarlo fácilmente y recolectar las aceitunas con un apero nuevo: el paraguas, un artilugio ingenioso que quizás alguien ideó contemplando cómo los niños captaban los caramelos lanzados desde la cabalgata de Reyes Magos con sus paraguas vueltos del revés. Es un dilema para mí. Además de la enorme inversión, se me plantea también el rechazo que me produce el que las máquinas suplanten a los humanos (en el trasfondo, todo el debate sobre la Inteligencia Artificial y sus peligros). Y el disgusto estético, la aversión ante ese paisaje perenne durante siglos, y ahora repentinamente transmutado por mor de una mayor eficiencia. Un olivo nunca se pintaba igual que otros árboles. Su personalidad inconfundible se sustentaba en ese trípode, en esa estampa de ser firmemente arraigado al suelo por partida triple. Mi parte costera por parte de madre me devuelve un dicho común entre los pescadores: “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”. ¿Qué hacer? ¿Dejarme llevar por la optimización… o aferrarme a una idea romántica del olivar? Me doy cuenta de que ya soy menos un ratón de ciudad. Me doy cuenta de que tengo ya tres patas como el olivo: la ciudad, la mar… y los mismos olivos.