321. Última promesa

El Yoant

 

—Mastica, esto te gustará —me dijo mi madre.

—¿Qué cosa es? —le pregunté mientras ella me dejaba un fruto desconocido en la boca.

—No hables —me increpó—. Tiene pepa y podrías atragantarte.

—Amarga un poco —le dije. Pero tras la explosión del sabor exclamé—: Tienes razón, mamá, está sabrosa. Quiero otra, por favor.

—Te daré unas cuantas, pero antes come la ensalada; contiene aceite de oliva, como suelen recomendarlo los médicos para fortalecer el corazón. Y si tomas la sopa de verduras, te prometo que el próximo año viajaremos hasta España, hasta los extensos olivares de Jaén, donde podrás degustar todas las aceitunas que se te antoje.

Exactamente así comenzó mi afición por las aceitunas, hace veinte años, con una prescripción médica de las tantas que solía inventarse mi madre para obligarme a comer sanamente, y con una promesa que hasta hoy permaneció incumplida.

Ahora estoy aquí, en Jaén, recorriendo sus extensos olivares y degustando sus afamadas aceitunas; sin embargo, no solo he cruzado el Atlántico para darle cumplimiento a la promesa o complacerme los deseos, sino para soñar que camino con mi madre, que hace veinte años dejó este mundo para siempre.

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