314. El olivo de Federico

Myangel

 

El zagal, de unos catorce años aproximadamente, se encontraba junto a su padre sacudiendo los olivos. Juan, paciente y erguido, como el mismo Poseidón, agitaba las ramas de los árboles con su vara de varear, como el mismo dios mitológico lo hizo con su tridente en los mares del mediterráneo.

-Padre, me han salido vejigas en las manos y me escuecen mucho.

Juan le echó un vistazo y le vendó la mano con un pañuelo.

-Estás muy tierno, Martín, esto es normal cuando no estás acostumbrado, pero no te preocupes, en unos días se curaran.

-No me gusta la aceituna, estoy deseando que empiece ya la escuela.

-Pues ya sabes, hijo, aplícate a los estudios, que si no, ya sabes lo que te espera.

El año se pasó entre los dedos y, tras la cosecha, volvió el ciclo habitual, con los distintos cuidos del olivar.

Concluyó el curso escolar y llegó de nuevo el verano, largo y caluroso, que Martín tanto temía, pues debía de nuevo ayudar a su padre en el trabajo del campo. En su empeño de enseñar a Martín el arte de acicalar los olivos, Juan, inventaba historias sin cesar y a cada tarea le buscaba una fábula, intentando que su hijo sintiera, que el cuidado de los olivos era un arte lleno de historia, que pasaba de padres a hijos, dejando una herencia en la tierra, que nada ni nadie puede arrebatar a quienes cuidaron de ellos.

En la cara del chiquillo, empezaba a asomar una barba clareada, que, a cierta distancia, parecía un mapamundi. Aquel mapa, descuidado y con el fondo tostado de su piel, se movía en muecas, según iban pasando las horas del día, como si los mares se agitaran sin cesar.

-Mira, Martín, ¿ves la forma que tiene el tronco de ese olivo? Si te fijas bien, tiene forma humana, creo que desde su pedestal nos pide ayuda. Parece cansado, seguro que nos está pidiendo astillar la madera muerta cuando llegue el momento, para que pueda coger fuerza y llegue a sus ramas el jugo que necesita para que la aceituna se engorde.

Eran casi las doce de la mañana y Martín estaba demasiado cansado para seguir escuchando aquellas historias que, aunque a veces, le parecían originales e interesantes, otras, lo hastiaban y aburrían enormemente.

-Padre, llevamos desde las siete de la mañana espestugando olivos, déjese usted ya de cuentos y vámonos para la casa, que nos vamos a freír de calor.

-Tenemos que terminar los diez olivos que nos quedan en la parcela, pronto llegará la recogida y tenemos mucha tarea por delante, hijo.

El muchacho se quitó el sombrero de paja que lo resguardaba del sol y se tiró al suelo en protesta a lo que su padre le había contestado. “¡Menuda estupidez!, empeñarse en que el trabajo del campo es un arte, ¡y una mierda! El trabajo del campo es ingrato, duro y cansado. ¿A quién le puede gustar estar todo el día dando el cayo, haga frío o calor, tirado en el campo?”.

Sus protestas mentales a estas horas no tenían consuelo y él solo pensaba en regresar a la casa, descansar y, a la tarde, salir con los amigos.

Juan, intuía cada despotrique de su hijo, en aquella cabeza llena de pájaros que es imposible de barajar a su edad, pero su paciencia le daba aplomo para seguir intentando que Martín continuara con agrado su trabajo.

-¡Vamos, hijo, que esto lo hacemos entre los dos en un periquete! Dicen, que el aceite de oliva es oro líquido, y es verdad, pero para nosotros es el oro que nos sustenta, gracias a los olivos, podemos comer, comprar tus ropas, lo que necesitas para tus estudios, todo sale de aquí, por lo que cuando se puede, todos debemos de arrimar el hombro y ayudar. Eres muy joven, pero con el tiempo entenderás lo importante que es el olivar en nuestra familia.

Martín, se levantó y enfundó de nuevo su cabeza en el sombrero para continuar, cuanto antes hicieran el trabajo mejor, su padre no le iba a dar tregua en este asunto.

-¿Sabes, Martín? No muy lejos de aquí, hace unos sesenta años, se cometieron unos crímenes horrendos- le comentó a su hijo, pensando que la historia lo entretendría y se pasaría el tiempo más rápido.

El joven se quedó mirándolo con asombro, nunca había oído nada al respecto y tenía curiosidad por descubrir de lo que hablaba su padre.

-A ti te gusta leer, ¿no? Pues uno de los más grandes escritores de este país fue asesinado, junto con otras tres personas, en algún rincón de esta tierra, en una fecha cercana a la que hoy tenemos. Sucedió un 18 de agosto del 1936. Federico García Lorca era su nombre.

Martín, había escuchado la historia de aquel escritor, de hecho, tuvo en sus manos, alguno de los libros que escribió. Supo, que el bando franquista, lo ajustició durante la guerra civil, pero nunca había escuchado dónde se cometió tal crimen. Era demasiado joven y, los ancianos del lugar, no estaban especialmente orgullosos de lo que aconteció en aquellos tiempos en la vega de Granada, por lo que no hablaban mucho del tema.

-El crimen, al parecer, se cometió en el camino que va de Víznar a Alfacar, no muy lejos de aquí.

-Por allí tenemos unos olivos del abuelo, ¿no?

-Sí, mañana iremos por esa zona, por eso te lo estoy contando. Nadie sabe exactamente el lugar en el que están enterrados, pero los lugareños cuentan historias, aunque nadie sabe en realidad la verdad.

-Y, ¿qué historias son esas? ¿Me las puedes contar?

-Hay quien dice, que están enterrados juntos en una fosa, otros, que sus cuerpos yacen por separado y, algunos, algunos cuentan… que el cuerpo de Federico, fue trasladado al día siguiente del crimen a algún lugar cercano, por uno de los soldados que le dispararon. Dicen, que aquel joven que empuñaba el arma, no pudo dormir aquella noche, que el llanto y los lamentos del escritor se le metieron en la cabeza y por poco queda desquiciado. Cuentan, que mientras recibía los insultos de los soldados, acusándolo de rojo y de maricón, Federico entonó uno de sus versos entre lágrimas, antes de recibir el impacto. Aquel joven, no puo resistir el peso del remordimiento, por lo que, al día siguiente, fue a darle sepultura como dios manda. Pero todo son hipótesis. Aquellos soldados desaparecieron y nadie sabe la verdad.

Los diez olivos quedaron despejados de los chupones en breve y padre e hijo se fueron para la casa.

Al día siguiente, no hubo que despertar a Martín. A excepción de días anteriores, el muchacho esperaba expectante que se dirigieran a los olivos del abuelo Miguel. Igual, en su trayecto hacia el olivar, pasaban por el lugar donde sucedió aquella atrocidad. El muchacho, estuvo toda la noche pensando y buscó información en los libros de texto, acerca de la historia de Lorca. El impacto y la curiosidad por la historia negra que tocó las tierras de aquel valle, lo tenían intrigado.

Miraba por los caminos, a su paso, como si la tierra le pudiera contar algo, pero allí solo había polvo y tierra, olivos y matas de hierba que habían secado el verano.

Fue una mañana especialmente silenciosa. Juan, veía como su hijo trabajaba sin parar, ensimismado como no lo había visto nunca. Y, es que el chico, volaba con la imaginación por aquellos lares, imaginando escenas de aquel horror allí, tan cerca de ellos, como si pudiera verlas en secuencias discontinuas.

La rutina diaria se rompió de repente. Martín, se sentó cinco minutos bajo un olivo para descansar. Se secó el sudor de la frente con la manga de su camisa y agarró la cantimplora del agua para echar un trago y refrigerarse. La cantimplora, forrada de esparto para conservar el agua a buena temperatura, colgaba de una de las ramas del olivo. Al tirar de ella, la rama se partió y, Martín, escuchó un quejido.

El muchacho, se asustó y miró a su alrededor. No había nadie. Su padre, andaba en la parte alta de la parcela, se habían dividido el trabajo entre ambos y Juan arregla los olivos que estaban en la pendiente y Martín los del llano de abajo.

Salió de las faldas del olivo a la calle de tierra que los dividía en hileras y comprobó que su padre continuaba en su trabajo con toda normalidad, además, desde la distancia que los separaba, era difícil escucharlo hablar.

Volvió de nuevo junto al olivo donde había parado a descansar y se acercó a la rama caída. De la herida del olivo manaba un extraño líquido rojizo. El muchacho se asustó, aquel líquido parecía sangre. ¿Estaría perdiendo la cordura?- se preguntó-.

De repente, una brisa fría le erizó la piel. Era como un susurro, el viento se arremolinó a su alrededor y comenzó a escuchar una especie de canción.

Secas las margaritas, se doblaban a mi paso,

y mis lágrimas rodaron, como las ruedas de un carro.

Lloraron los olivares cuando me vieron derrotado,

y unas gotas moradas, las aceitunas  sudaron.

Tristes mis versos silenciados, entre la tierra y el barro,

solo puedo suspirar, bajo tus raíces enterrado.

El muchacho hincó sus rodillas al pie del olivo y arañó con sus manos la tierra.

“¿Estás aquí, Federico? ¿Quién te hizo tanto daño?, ¿quién te quiso silenciar?”.

Martín, gritó a los vientos y su padre se asustó.

-¿Qué te pasa hijo? ¿Te has hecho algo?

-No, padre, no me hice daño, es que… es que, bajo este olivo está Federico enterrado.

-Pero, ¿qué dices? ¿Es que te has vuelto loco?

Juan, empezó a preocuparse. Quizás se excedió al contar tantas historias a su hijo. Martín, miraba fijamente al olivo que tenía frente  a él como si aquel árbol tuviera vida.

-Mira, padre, mira- le dijo mostrando sus manos tintadas de rojo por el líquido que había sudado la rama al romperse-. Lo he escuchado. Él me ha dicho en verso lo que sucedió, me ha contado que su cuerpo yace bajo las raíces de este olivo. ¡Es verdad lo que contaron los lugareños! Alguien lo trajo hasta aquí para enterrarlo.

-Creo, que me he equivocado al hacerte creer tantas historias, hijo. Todo es fruto de la imaginación, todo lo que te cuento, todo lo que te digo, esta parte de la historia de Lorca, también lo es. Vamos, levántate que nos vamos a casa, tanto trabajo y el calor del verano nos hace a veces desvariar.

-No, padre, no, le digo que esto es verdad. No es ninguna historia ni fruto del cansancio lo que acabo de vivir. Mire mis manos, mírelas, es sangre, es su sangre.

-¡Por dios, hijo, me estás asustando! Eso no puede ser sangre, será que bajo este olivo la tierra tiene algún mineral que hace que su savia se vuelva de ese color. Todo tiene una explicación lógica, podemos inventar historias, pero no debemos creerlas, son solo historias.

Marcharon para la casa el padre y el hijo, el padre muy preocupado y el hijo muy compungido.

Martín, no quiso comer, se le fue el apetito y subió a su cuarto a descansar. Juan, le contaba a su mujer, Amparo, lo que había sucedido. No era normal que el chaval no tuviera ganas de comer después del trabajo, cada día llegaba oliendo y levantando las tapaderas de las ollas, deseando de hincarle el diente a lo que había cocinado su madre.

-La culpa la tienes tú, Juan, por meterle tantos pájaros en la cabeza. Esa manía tuya de buscarle a todo una historieta, al final mira, lo has vuelto loco con tanto cuento- le decía Amparo, preocupada por que Martín no hubiera comido ese día.

-Vamos, Amparo, que tampoco es para tanto. En cuanto se levante de la siesta, se comerá las piedras, si es preciso. Esto no tiene importancia, así que no se la demos. De esto ya ni pio, no hacerle caso y punto, el chaval tiene una edad muy tonta y su imaginación va a doscientas revoluciones por minuto.

En su cuarto, Martín, no podía conciliar el sueño. Dio mil vueltas en la cama, hasta que al final calló rendido por el cansancio. Más, aquella vivencia no salía de su cabeza y sus sueños lo llevaron de nuevo bajo el olivo de Federico.

Allí, pudo mantener una conversación con él.

“Debo contarle al mundo dónde estás enterrado. Nadie lo sabe y todos te buscan desde hace décadas, tus restos no deben seguir ahí, mereces otro lugar para el descanso eterno y que todo el mundo pueda llevar flores a tu tumba”.

“No quiero otro lugar, aquí me enterraron y aquí me he de quedar. Para recordarme están mis versos y todos los libros que me harán inmortal. Tampoco necesito flores, las tengo cada primavera sobre mis huesos, como un manto vivo que da paz. Solo quiero que alguien pueda sentir mis pensamientos, como se sienten los vientos cuando te rozan la cara, y que sigan escribiendo conmigo, como si me tuvieran dentro. ¿Harás tú eso por mí?”.

“Yo nunca he escrito. Mi padre se empeña en que estudie y aprenda a llevar los olivos, dice que son la herencia de nuestros ancestros”.

“Y lleva razón, Martín. A los olivos, siempre los he querido y le he dedicado versos, pero ahora que son mi nido, me siento en deuda con ellos. Pero, te voy a decir una cosa, el amor, es como las golondrinas, se pueden marchar, pero siempre retornan al mismo sitio. Puedes seguir aprendiendo, agarrar pluma y papel y expresar tus pensamientos, puedes viajar y vivir, pero luego, los olivos te darán la paz del trabajo y del recogimiento. De ellos hay mucho que decir, ellos son nuestro sustento, ellos nos dan la aceituna y el aceite de la vida, la madera para el hogar y para fabricar nuestra cuna. Hazle pues el homenaje que nadie le ha hecho nunca, escribe sobre sus bondades, sobre lo que son estos árboles para nuestra cultura, cuéntale los secretos que guardan escondidos entre sus frutos y sus troncos retorcidos. Haznos ese homenaje a mí y a los olivos, así todos sabrán, que tu mano la ha tocado el amor por este árbol y el alma de un escritor que silenciaron con inquina, pues el odio, puede matar, pero no puede cambiar el destino. Grita, que la libertad no hay bala que la destruya, que hasta la luna es libre para amar sin mesura. Las palabras no se pueden ocultar, por eso tenemos que escribirlas, ellas son indestructibles, las palabras son la esencia de la vida. Si me haces este favor, al fin descansaré tranquilo; lucha con las palabras en contra de la injusticia, de la homofobia, del racismo, de los ingratos y asesinos, de los maltratadores y los que no respetan la vida, de las personas malvadas y de los que ajustician, diles que las guerras son crueles y que debemos oponernos a los genocidios, que la pobreza necesita de nuestra ayuda, hazle ver al mundo que las pieles no tienen color si las miras con justicia y que los niños no se maltratan, se les enseña y se les cuida. Que la tierra es nuestra herencia y sin ella no hay un mañana que nos pueda cobijar. Y sí, cuéntales del olivo, de las jornadas exhaustas, de los terrones endurecidos, del sudor que los riega, del amor que le regalan las manos que los cuidan cada día. Diles, que sin nuestro aceite, la cocina está perdida, que el líquido verde que nos regala su fruto es el elixir de la vida. Cuéntale al mundo todas estas cosas, que tu palabra nunca será vencida”.

Así fue, como desde aquel día, la vida de Martín cambió por completo.

El verano pasó entre olivos y pensamientos. Volvieron las clases y sus horas libres ahora las dedicaba a llenar páginas de un libro que comenzó a escribirse debajo de un olivo, con el sudor en la frente y su pluma guiada por la mano de Federico.

 

 

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