316. Tiempo paralelo

Carmen Apolonia Jiménez Quero

 

La luz entraba oblicua por el ventanal, tiñendo de oro viejo las manos temblorosas del abuelo. Sobre la mesa, un pan recién cortado esperaba el milagro. Levantó la alcuza con reverencia sacerdotal y vertió un hilo verde y espeso que olía a tierra mojada, a sol de julio y al sudor de cuatro generaciones que dejaron la vida entre las hileras de la sierra.

—Prueba —susurró, acercándole el pedazo al niño—. Es la sangre de los que ya no están, hecha luz para que no olvides de dónde vienes.

El pequeño mordió. Mientras la frescura amarga y picante le abrasaba dulcemente la garganta, vio a través de la ventana los olivos centenarios retorciéndose contra el cielo, erguidos como estatuas de memoria, respirando el mismo aire de los hombres que los plantaron y que hoy, hechos polvo, alimentaban sus raíces.

Una lágrima cayó sobre la miga impregnada, mezclando la sal del llanto con el oro vivo de la tierra. Aquel día, el niño no solo probó el aceite; entendió que mientras un olivo siga en pie, nadie muere del todo.

 

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