310. De mayo a mayo
Odio volar, y debo presumir 9 horas de rezos y súplicas a 12 000 metros sobre mi zona de confort, preguntándome cómo voy a volver a mi casa sin pisar un avión. Cruzo la puerta del aeropuerto emocionada, solo para descubrir que serán unas 3 horas más hasta la provincia: dos trenes, un autobús y una larga caminata arrastrando las maletas. Suspiro; pagados los vuelos, no hay marcha atrás.
Tardé cuatro horas en aceptar que Maps mintió; pero aquí estoy, buscando el timbre de mi destino. Sin señal y exhausta, me recuesto sobre la puerta esperando que pronto aparezca alguien, de preferencia con un garrafón. La finca es enorme; buscar es inútil. Tras varios minutos bajo el sol, la sombrilla pierde efecto; siento despertar un enjambre de hormigas en cada capa de mi piel.
Inmersa en mis pensamientos, llega la caballería y abre la puerta. Una pena notarlo hasta tocar el suelo. Francisco, un caballero con rostro de sorpresa, desconcierto y preocupación. Intenta ayudarme, pero falla. Entiendo su reacción, quizá por temor a lastimarme o asco; sin darle más vueltas, me levanto. No es la mejor primera impresión.
—¿Estás bien? ¿Cuánto llevabas esperando allí? —pregunta acelerado—. Llevo varias horas esperándote; si te pasara algo, tu abuela me colgaría.
—Lo siento, no caí en cuenta varias cosas al llegar (Como una SIM); el camino ha sido más largo de lo planeado. No te afanes, mi piel es más dura de lo que parece (más de lo que quisiera admitir) —digo para aligerar el ambiente.
Una cálida sonrisa, dos besos y la bienvenida a su hogar, un cultivo de olivos. Transmiten quietud reconfortante en filas kilométricas, fascinantes, perfectas; ocultan secretos del tiempo en la corteza retorcida, rugosa, llena de nudos del olivar que enfrentando la intemperie, dará el mejor fruto. De pequeña me perdía constantemente en su frondoso follaje hipnótico; en primavera las rapas florecen brillantes, forman mantos dorados en las copas. Tantos años sin verlo… es como si saliera de mis recuerdos.
—Es hermoso, ¿verdad? Pásate a mirar la loma, el olivar se ve en trama y viene bien cargao —dice Francisco, aunque he entendido poco o nada de la frase.
—Sí, es hermoso, aunque con este sol de lluvia pronto cambiará el paisaje.
Confundido, observa el cielo y se ríe.
—Seguro que heredaste ese poder de tu madre; siempre acertaba. Por suerte estamos preparados: con tanta agua primaveral, como no le demos una mano de cobre, entra el repilo y tira la hoja. He traído a un chico muy bueno para ello.
No entendí; le sonrío.
—¿Cómo sigue tu abuela? Escuché que está tejiendo.
Sonrío con el recuerdo.
—Es toda una experta; ya hasta la licuadora tiene ropa.
Suelta una carcajada honesta; luego dice, nostálgico:
—¡Cómo pasa el tiempo! La última vez que te vi, tus piernitas torpes corrían entre los campos. Lamento no haber podido hacer nada después del accidente; estaban muy lejos. Cuando tu abuela me contó, tu abuelo…
Le interrumpo:
—No había nada por hacer; con recibirme es suficiente. No sabes la oportunidad que me has dado. Por fin completaré mi investigación; luego de eso podremos ser socios.
Con una sonrisa, responde:
—Por supuesto.
Me dio un minitour, advirtiendo mi cansancio. Un baño y caigo rendida, solo para despertar en la oscuridad. Desconozco la hora, mi estómago ruge; silenciosa atravieso la cocina, tomo una merienda y paseo por la casa, pero al final llego a los olivos. Un suelo húmedo me recibe al acercarme a las florecillas del olivar.
—¡Hey! ¿Qué haces? —Volteo asustada y veo a un muchacho acercarse rápidamente; por la oscuridad no distingo su rostro. Retrocedo un poco. Antes de poder contestar, dice—: No sabes lo peligroso que puede ser adentrarse al cultivo de noche. Podrías perderte, enredarte con una de las mangueras, conejeras, maquinaria e incluso darte con una rama en la cara; podrías terminar ciega. La noche es espesa.
Y así el miedo se transforma en indignación.
—A ver, primero: no soy ciega, puedo ver una rama antes de darme en la cara; segundo: sigo fuera del cultivo; tercero: ¿te afecta?; cuarto: si es tan peligroso, ¿qué haces vagando por acá, sabelotodo?
No puedo ver su rostro, pero estoy segura de que tiene una sonrisa socarrona.
—Para tu información, yo sí hago algo importante. No me he presentado: me llamo Alexander y soy ingeniero agrónomo. Acabo de salir de una reunión con el señor Francisco. Me disponía a terminar el cruce de datos de sensores e infiltración, hasta que vi a una extraña en pijama adentrarse al cultivo.
Avergonzada, agradezco la espesa noche. Aclaro mi garganta y respondo:
—Lamento las molestias, no lo pensé así. Soy Claudia, biotecnóloga y cosmetóloga integral. Llegué esta tarde; vine a hacer una investigación; no podía dormir y vine aquí.
Por un minuto reina el silencio y puedo notar la curiosidad en sus palabras:
—Eso suena muy interesante. ¿Qué tipo de proyecto estás realizando?
Lo miro sorprendida; no esperaba que preguntara.
—Trata de…
La conversación se corta con el timbre de su teléfono.
—Disculpa, es… —Observa la pantalla de su celular—. Solo un minuto.
Un poco decepcionada, contesto:
—No te preocupes, es tarde, debo volver; podría pisar la madriguera de un conejo. Nos vemos, Alexander.
Al día siguiente despierto emocionada. Primero debo conseguir las muestras, liofilizar la biomasa, extraer y purificar los principios activos y… Mi cabeza se detiene al ver mi mano derecha sobre la puerta. Casi lo olvido. Doy un paso atrás y me dirijo a mi tocador. Aún no he aplicado las cremas; además, debo usar la malla y mi sombrero para cubrirme del sol. Cuando estoy lista, tomo el paraguas, mi carpeta y los muestrarios.
Estar bajo el sol es incómodo, pero por fin estoy acá. No hay nada que le gane a eso, o eso pensaba… hasta que me vi bajo el sol, encartada, tomando mis apuntes, sosteniendo el paraguas mientras el sombrero cae sobre mi rostro. Todo en orden, hasta que, al recoger la muestra, la sombrilla quedó atrapada entre las ramas. Al tratar de soltarla sin lastimar al olivar, mi bolígrafo se cayó. Al voltear, mi sombrero decidió emprender un nuevo rumbo con la brisa primaveral. Estresada, coloqué todo en el suelo, cerré la sombrilla y fui tras él; se alejó solo un par de metros, suficientes para sentir mi piel arder y picar. Las hormigas volvieron a despertar. Me agacho para tomarlo, sintiendo a mi espalda una sombra crecer.
Al voltear, encuentro un muchacho sosteniendo mi sombrilla. Al cruzar miradas, caigo en cuenta de lo que está viendo: veo cómo sus ojos se llenan de sorpresa, desconcierto… Lo mismo de siempre. Solo falta lástima para conseguir la trifecta completa. Es incómodo, aunque entiendo: no todos los días ves a una persona con medio cuerpo ahogado en quemaduras. Nunca llega; sus ojos cambian a una calidez envolvente, me ofrece su mano con una dulce sonrisa. Sin entenderlo, me dice:
—Hasta que entraste, ¿verdad?
Al principio no entiendo, pero reconozco su voz: es Alexander. Le devuelvo la sonrisa y tomo su mano.
—Sí, y que sepas que aún conservo ambos ojos y sin toparme madrigueras.
Suelta una leve risa.
—¿Qué estabas haciendo? —pregunta al poco tiempo.
—Estaba tomando un par de muestras; mas, como te habrás dado cuenta, es difícil hacerlo así —digo, poniéndome de nuevo el sombrero y extendiendo mi mano para recibir el paraguas.
—Yo te puedo ayudar un rato con eso —dice, extendiendo su mano para que lo siga.
Divertida por el gesto, acepto su ayuda. Mientras tomo las muestras, rompe el silencio retomando la conversación de anoche:
—Así que… ¿me contarás de qué se trata aquel intrigante proyecto?
Sonrío y contesto:
—Busco crear una línea cosmética a partir de los derivados del olivar, que, como sabrás, son de aprovechamiento total con cualidades excepcionales. Por eso la quiero llevar más allá: servirá como un tratamiento en las fases de rehabilitación; combatirá el prurito o picazón neuropática, xerosis o resequedad extrema, rigidez por retracción del tejido, eritema e hiperpigmentación. Con el oleocantal e hidroxitirosol, escualano y…
Me interrumpe:
—Okey, okey, a ver si entiendo: quieres hacer tipo cremas que contengan aceite de oliva para las quemaduras, ¿no es más fácil agregarlo directamente sobre la heri…?
Le he dado un coscorrón antes de siquiera terminar.
—¡Oye, qué te…!
Tampoco le dejo hablar más:
—¡Nunca apliques aceite sobre una herida abierta! Representa un riesgo crítico de infección o septicemia; no es estéril.
Me mira sorprendido y responde:
—Entendido: aceite en herida abierta, malo. Ha quedado claro.
Me río de su comentario y siento mi teléfono vibrar. Veo la pantalla: suena una alarma.
—Mierda, se me fue el tiempo, debo irme. Te veo luego.
Tomo mis cosas y dejo el olivar.
Los días pasaron muy rápido; aunque la investigación no ha avanzado al mismo ritmo. El verano se acerca y las pruebas no han salido muy bien. Sé que apenas estoy empezando; es frustrante. Mi fórmula falla al interactuar con el tejido cicatrizal y la neuropatía. ¿Y si todo este tiempo ha sido en vano? No son solo días o meses; son casi años que he dedicado a conseguirlo. Esto entra en un campo que desconozco y, si no logro resolver esto, yo…
Desesperada, salgo de la habitación a tomar aire. Está lloviendo, no puedo oírla; mi cabeza me va a explotar, se me oprime el pecho, no puedo evitar que las lágrimas caigan. La rabia me invade y quisiera gritar. Sin poder respirar, voy hacia los olivos. Me remonto al pasado y me siento bajo el olivo: mi cabeza entre mis rodillas, lloro de impotencia hasta que mamá se sienta a mi lado y, sin poderme abrazar, espera. Vuelvo al presente y me veo en la misma situación; me siento patética. Mas la lluvia cesa sobre mi cabeza y, al levantar la vista, allí está él otra vez con mi paraguas… ¿Esta vez de dónde lo sacó? No dice nada, se agacha a mi lado y me ofrece su mano. Al verlo otra vez, tiene esa mirada tierna y sonrisa cálida. Cuando me doy cuenta, ya lo estoy abrazando y llorando desconsolada en sus brazos. Sigue en silencio, acariciando mi espalda.
Después de varios minutos, me ayuda a levantarme y me acompaña hasta mi cuarto. Estoy empapada, así que tomo un baño y me pongo ropa cómoda. Al salir, está esperando sentado junto al escritorio. Me siento a su lado. No digo nada, él sí:
—No voy a preguntar qué ha pasado, pero sí te diré que no te rindas. Todo ese trabajo solo será en vano si renuncias; esto que has logrado vale oro. Tomará mucho tiempo, sacrificio y esfuerzo; sé que lo sabes mejor que nadie, estás creando algo hermoso que en el futuro ayudará a muchos, estoy seguro de ello. Está bien que te sientas mal en ocasiones; sé que puede ser frustrante. Me sentí igual muchas veces; aún sigo aprendiendo al igual que tú, solo que yo no soy tan inteligente, sarcástico u obstinado. Sé que en este momento es difícil ver la respuesta; sé que la encontrarás y, mientras lo haces, no tienes por qué hacerlo sola: yo te estaré apoyando.
Se me dibuja una leve sonrisa; no sé muy bien qué decirle. Quiero creer en aquellas palabras, necesito tiempo.
—Gracias.
Semanas después, Alex prometió ayudarme explicando un poco mejor el ciclo de vida y producción del olivar. Lo hace con un nivel de detalle que no da lugar a dudas. Después de cuatro horas y un cerebro al que le duele pensar, me atrevo a decir:
—En resumen, son cuatro fases: la poda y el reposo invernal, la floración o trama y el cuajado en primavera, la síntesis de aceite durante el verano y la cosecha en otoño tras el envero del fruto. Aunque este ritmo estacional también prepara al árbol para su siguiente ciclo productivo. ¿Es así o no?
Me mira y se ríe un poco.
—En un resumen muy ejecutivo, sí, aunque excluyendo tres horas y media de explicación.
Exhausta, dejo reposar mi cabeza sobre el escritorio. Lo escucho reír, lo miro y, al encontrar su mirada, me sonrojo. Nos quedamos un minuto en silencio; luego sus mejillas también enrojecen, ambos apartamos la mirada. Nerviosa, busco otro tema de conversación, él me gana:
—Creo que está mojado.
Mis ojos se abren como platos, volteo a verlo y no consigo decir más que:
—¡¿Qué has dicho?!
Voltea sorprendido por mi tono para luego comprender lo que le he preguntado y, poco después, entrar en pánico. Con el rostro como un tomate, ha señalado al tocador. Al mirar lo que ha señalado, ahora soy yo la que entra en pánico: en mi tocador diviso una botella acostada sobre la superficie, derramando líquido sobre el barro cocido que recubre la habitación.
—Oh… perdón, yo… diablos, creo que iré por una toalla. —Me levanto; nuevamente se me adelanta.
—No te preocupes, lo podemos limpiar con mi paño.
Cuando caigo en cuenta, ya es muy tarde.
—No, espera…
Al ser aceite, el paño no ha hecho más que esparcirlo y dejarle un color que ninguna lavada volverá a quitar.
—Oh… ¿puedo preguntar qué es? —No ha terminado y ya estoy roja.
Me acerco al verlo con las manos llenas del aceite.
—Claro, es un aceite corporal a partir de extractos de caléndula, lavanda, manzanilla, hibisco y árnica, en una mezcla de insaponificables de aceite de oliva y fitoesteroles.
Su cara llena de asombro me responde:
—¡Wow! Es increíble, huele muy bien, ¿de qué marca es?
Con emoción, contesto:
—Lo hice yo. Después del accidente y la traumática recuperación, la picazón y resequedad me hacían gritar de dolor, dormir era una tortura y tratamiento tras tratamiento falló. Los psiquiatras diagnosticaron TEPT. Desesperada, mamá buscó apoyo; viajamos a una hermosa finca llena de olivos: la casa de mis abuelos. Una leve mejoría llegó y se fue igual de rápido con el verano; enloquecía con cada noche en paños de agua fría. Desesperada, la abuela me aplicó aceite de oliva para aliviar la comezón, pequeñas cantidades en cada comida. No logró un milagro, pero fue agua en el desierto; con el tiempo nació un hábito. El efecto placebo, supongo. Poco después, el abuelo enfermó y muy pronto falleció. Se vendió la casa, regresamos a mi país. Allí, mi hábito era costoso y menos efectivo; la solución: un prototipo que mi abuela impulsó. Al estudiar, se convirtió en un producto que se transformó en inspiración y ahora es un sueño.
Levanté la mirada y vi un brillo diferente en sus ojos: cálido, comprensivo y algo más que no podía explicar, que sentía en mis propios ojos.
—Eres maravillosa, tienes un sueño hermoso, sé que algún día lo vas a lograr; el día que lo logres seré el primero en la fila, no puedo esperar a verte lograrlo. —Su sonrisa era deslumbrante, tanto que no vi su mano subir a mi mejilla hasta que sobre ella sentí el aceite. Al darse cuenta, retrocede apenado, mientras buscaba el pañuelo sin recordar que estaba aún más untado. No pude contener la risa—. Está bien, no pasa nada, lo uso sobre las marcas; además, sería una pena que se desperdiciara, demoré un par de días en prepararlo.
No pasó mucho cuando caí en cuenta de lo que le había dicho. Siento la cara caliente y mi palma izquierda sudar mientras la vergüenza me saca a la fuerza las palabras.
—No… perdón… quise decir… es solo… no lo pensé mucho, en serio, dije algo extraño y mi piel no es agradable de ver y menos de tocar, fue un comenta…
No había terminado de hablar cuando sus dedos rozaron con delicadeza mi mejilla derecha, aplicando con delicadeza, mas no miedo, sobre la quemadura.
Sin pensarlo mucho, me acerco y él copia mi movimiento. Antes de darme cuenta siento sus labios; cierro los ojos y continúo el beso. Por un instante es como si se detuviera el tiempo.
Después de meses, risas y lágrimas, llega el otoño con la anhelada respuesta ante mis ojos. Lo veo corriendo con la cosecha, atareado y medio. Con nostalgia recuerdo que quedarse, desde un inicio, nunca fue una opción: la fecha estaba marcada en el calendario. Sin embargo, eso ya no importa: la pieza final del rompecabezas está cruzando el océano. Me estoy ahogando en un campo que no conozco, jugando con una fórmula llena de agujeros, un barco que sin tripulación se hundirá. Al verme, sonríe; al ver mi rostro, su sonrisa se vuelve nostálgica. Se acerca y, sin poder decir nada, él habla:
—Lo encontraste, ¿cierto?
—Sí —digo, sintiendo un nudo en la garganta—. No puedo terminar aquí con el tiempo que queda.
Él asiente despacio, sin dejar de mirarme.
—Debes irte, no te quedarás aquí perdiendo el tiempo. Recuerda que ya he reservado un puesto en esa fila.
Primero me río, pero cuando me doy cuenta, ya estoy llorando. Me abraza.
—No te preocupes, sé que pronto te volveré a ver. La verdad no me gustan las despedidas y quisiera retenerte, aun así no puedo dejar que termine tu sueño; te esperan cosas grandes, lo sé.
Desde entonces han pasado siete meses y estoy aquí, nerviosa, con el corazón en la mano, en una feria que pocos visitarán; pero es la primera vez que mi sueño ve la luz. Siento náuseas y pienso en sus caras al verme, mas he trabajado justo por ello: El vacío de verse al espejo sin encontrarse, viendo en él lo que pudo ser y no es. Subo al escenario y, bajo el reflector, trato de encontrar las palabras en mi boca, pero salen solas al ver un poco de pañuelo en una mancha de aceite levantarse a mitad del anfiteatro: la pieza que le faltaba a la fórmula en palabras mudas de una cálida sonrisa bajo los olivos… confianza.
Me río, respiro y empiezo:
—Buenas tardes, hoy quiero presentarles a mi equipo, que más que un producto ha hecho realidad un sueño.