307. La silla de mimbre
Andrea observa el paisaje de olivos sentada en la silla de mimbre. Tiene treinta años. Al morir su abuela Ana, vendieron el terreno. Parte de la familia ya no vivía en el pueblo, y los que quedaban eran demasiado mayores como para seguir trabajando el campo. Su padre era el más joven de los hermanos y tenía ya sesenta y un años. Asumieron que lo mejor era que se lo quedara alguien que tuviera el tiempo y la energía necesarios. Mientras Ana vivía, habría sido impensable. Ella se sentaba todos los días en la mecedora del salón con vistas al mar de olivos y pasaba el tiempo disfrutando del paisaje. Cuando hacía buen tiempo y se encontraba bien, se sentaba en la silla del garaje. Allí, además de contemplar aquello que tanto trabajo le había costado conseguir, podía respirar el aire fresco del campo. Ya le habían propuesto vender alguna vez, pero siempre respondía con un no rotundo. Ya no podía andar, asearse ni hacer prácticamente nada por sí misma. Los olivos eran lo único que le quedaba de la vida que había construido. Se aferraba a ellos como se aferraba a la vida, con sus noventa y ocho años.
A toda la familia le costó vender, pero no por falta de compradores. Parecía que estuvieran traicionando a la abuela. Mantuvieron el cultivo unos años después de la muerte de Ana, pero en el fondo sabían lo que debían hacer. Andrea se opuso, pero su padre le contestó con un tajante «¿y quién los va a trabajar?». Ella vivía en la ciudad, junto al mar, a doscientos kilómetros del pueblo. Allí tenía su casa, su trabajo y su familia. Se quedó sin argumentos y empezó a comprender la situación. Era eso o venderlo a la promotora inmobiliaria que llevaba años detrás de él, ya que algunas empresas intentaban hacer esa zona urbanizable. El pueblo estaba creciendo y sabían que podían sacar tajada. Su oferta era muy superior al precio al que habían puesto el terreno a la venta. O la tercera opción: dejar morir lentamente el olivar. Esa opción sería como dejar morir sus raíces.
Ella estuvo sentada junto a aquella mesa alargada, en ese frío despacho en el que se firmó el contrato. Había estudiado derecho, así que le interesaba ver en persona cómo se desarrollaban esas cosas que solo había leído en los libros. Además, estar presente le ayudaba a tomar conciencia de lo que estaba ocurriendo, de que, finalmente, se estaban desprendiendo de la propiedad de su amado paisaje. Cuando su padre cogió el bolígrafo de plata, ella prefirió mirar por la ventana. Aun así, oyó el sonido de la punta del instrumento deslizarse sobre el papel. Se estremeció. La familia de su padre trabajó durante décadas para poder comprar esos terrenos. Su abuela, sin leer ni escribir, había construido todo lo que tenían en el pueblo. En ese momento, estaban a una firma de que los olivos fueran de otro. De él. Y sin tener que trabajar.
Andrea había escuchado que ese sujeto había ganado la lotería y, con parte de ese dinero, se había comprado una casa en la zona. Ese hombre no sabía lo que era el campo, pensaba Andrea. ¿Se creía que estaba de vacaciones? Fulminó con la mirada al hombre que se encontraba sentado al lado de su padre y sus tíos. Era demasiado joven. No sería mucho mayor que ella. No le gustaba aquella sonrisa. ¿Y si quería la parcela para construir una casa, igual que la promotora? En el contrato especificaba que no podría deshacerse de los olivos, pero no se fiaba del todo. Sabía que los vacíos legales existían.
Ahora, el terreno es propiedad de la familia Siles. El padre, de treinta y cinco años, tiene dos hermanos mayores que viven en casas contiguas a la suya. Sus dos hijos rondan los quince y, los primos de estos, los veinte. Entre todos pueden ocuparse del proceso al completo. Ya los ha visto alguna vez. Colocan los mantos tendidos bajo los olivos. Después, los más mayores los varean. Al acabar, recogen esos lienzos y echan la aceituna en el contenedor de hierro que los espera en el borde del camino. Finalmente, esperan a que llegue el camión. Este carga el contenedor y lo siguen con su coche. Cree que no lo hacen del todo mal, pero están muy lejos de igualar a su familia. Andrea lleva viendo a su familia trabajar los olivos prácticamente desde que nació y, desde que era muy pequeña, ayudando.
Antes, era Andrea quien acompañaba a su padre a la almazara. Le divertía ver cómo el camión vertía la oliva recolectada en el foso de descarga, y, tras pesarla, abría la rejilla y caía esa enorme montaña por esos pequeños resquicios. Nunca olvidará ese olor amargo que producían las aceitunas pisadas por todas partes. Le recuerda a cuando, al recoger la oliva, pisaba alguna, pero muchísimo más intenso. Parte del aceite que obtenían se lo vendían a la almazara, y, del que se quedaban, con la primera garrafa que abrían, desayunaban tostadas de jamón. Era la mejor tostada del año: la de aceite de la nueva cosecha, de la suya.
Guarda en la memoria la imagen de esos pequeños rastrillos de plástico y de la ropa vieja que usaban. Ella llevaba siempre un chándal que le había quedado pequeño a su hermano. Él, ropa descolorida de su padre. Cuando eran pequeños y se aburrían, su hermano la paseaba en la carretilla entre las calles del olivar. Todavía conserva fotos, pero no necesita mirarlas. Llevaba una sudadera roja, un pantalón azul y una gorra beige. Él corría todo lo que podía, cargando a su hermana en la carretilla. Reían. A veces se arañaban con las ramas de los olivos, pero ni lo notaban. Después, Andrea intentaba llevarlo a él, pero pesaba demasiado para ella y no podía, así que se le volcaba la carretilla y caían al suelo. Explotaban en carcajadas, hasta que su madre los llamaba para ver qué hacían y volvían para intentar ayudar. Cuando acababan, embadurnados de tierra y suciedad, su madre siempre bromeaba con que no sabía si meterlos en la bañera o en la lavadora.
Evoca la imagen de su abuela subiendo al árbol para llegar a las zonas más altas. Andrea se preocupaba y corría a avisar a su padre a gritos, pero él ya estaba acostumbrado. Nadie podía decirle que no lo hiciera, porque entonces se empeñaba aún más en hacerlo. Era mayor, pero también cabezota. Cuando ya le costaba andar, sus hijos le propusieron mudarse al piso de abajo, y ella, en vez de aceptar, hizo construir un ascensor en el exterior de la casa. Nadie iba a decirle a ella lo que tenía que hacer. Y no, tampoco iba a contratar a una cuidadora. Ni a vender su olivar.
Los Siles lo cuidarán, Andrea está segura. Desde el salón, los ve vareando. Su familia vendió el terreno, pero todavía poseen la casa. Tras su primera cosecha, los nuevos vecinos esperaron a que Andrea llegara para regalarle una garrafa de aceite de oliva virgen extra. Eso la conmovió. Hasta aquel momento apenas habían cruzado unas palabras. Aquel gesto tendió entre ambos un sutil lazo que, con el tiempo, fue estrechándose.
Marcos, el padre, lleva un sombrero de paja y un mono de trabajo lleno de sudor y de tierra. Le sorprende descubrir en aquel aliado contra el calor la publicidad de Anís Tenis, la marca de alcohol que tomaba en chupitos cuando estudiaba en la universidad. Ese detalle la hace sonreír. Los más pequeños de la familia corretean por el campo, como años antes hacía ella. Ahora utilizan máquinas, pero, cuando ella era pequeña, la mayoría no existían, y las que había eran demasiado caras. Les ha llevado una caja con refrescos, agua y cerveza fría. Al principio le costó acostumbrarse a verlos. Nadie le parecía lo suficientemente bueno como para sustituir a su familia. Cada vez que los veía ahí, se le abría una pequeña herida que, con los años, ha conseguido curar. Finalmente se dio cuenta de que no añoraba el trabajo. Añoraba a su abuela y esos años en que la familia estaba unida. Nadie los va a sustituir. Simplemente es otra familia, otra generación que continuará con su legado.
Andrea coge el cuchillo, corta el pan, coloca sobre él unas lonchas de jamón y vierte un chorrito de aceite de la garrafa que guarda en la casa desde que Marcos se la entregó. No sabe igual que cuando la abrió por primera vez, pero sigue siendo mejor que cualquier otro aceite que haya probado. No sabe si realmente es el de mayor calidad que ha saboreado en su vida o si es porque le recuerda a su infancia, pero no le importa. No lo cambiaría. Cuando termina de comerse la tostada baja al garaje, se acomoda sobre el trenzado desgastado y disfruta del paisaje. Todos los años vuelve al pueblo para sentarse en esa misma silla donde antes lo hacía Ana.