306. La almazara

Juan

 

El viejo cuarto de la costura es hoy una habitación cerrada que nadie usa ya.

Las paredes encaladas, blancas, se elevan en una bóveda de medio punto que se desdibuja al alcanzar el amplio techo. Desde el punto de unión de los arcos se descuelga una lámpara de herrería sobria en sus formas, negra, majestuosa en su volumen.

Un único ventanal amplio de madera vieja, orientado a poniente, ilumina apenas la estancia, con la luz de un sol ya menguante, que se cuela por los huecos de una persiana alicantina que bate suavemente contra el vidrio movida por la brisa de la tarde.

Dos sillones regios de mimbre, hoy cubiertos con sabanas flanquean como inmóviles fantasmas una mesa de labor de tosca madera de nogal español.

Delante de la mesa, del interior de un arcón que hace juego con la misma, Laura extrae y examina diferentes labores que extiende ante si en la mesa.

Entre ellas localiza una en concreto, un tapete de mesa camilla, en el que trabajó veinticinco años atrás, sentada en uno de los sillones, con su madre, Clara, dándole instrucciones desde el otro sillón.

Al tocar el tapete, su memoria evoca el momento, ve a su madre, y hoy distingue lo que entonces no supo ver, sabe que aquellas ojeras disimuladas con maquillaje y la palidez de su tez eran las marcas de la enfermedad que ya la había atrapado y que en poco tiempo la llevaría a la tumba.

El recuerdo también le trae el aroma del momento, muy diferente al olor a cerrado que ahora se ha apoderado de la habitación. El de aquel día es una mezcla de los olores que entraban por la ventana abierta, olores a tierra y a campo, olor a la cera de abeja con la que se habían lustrado suelo y muebles, y el olor a vainilla del perfume de su madre, que no podía hacer desaparecer del todo el olor acre exudando los potentes medicamentos que tomaba.

Laura siente una oleada de congoja, una angustia profunda que la obliga a abrir la ventana. Enrolla la persiana y respira hondo tratando de conjurar el recuerdo.

Pasea la mirada por el olivar, la deja vagar hacia el horizonte, hacia el camino que serpentea cruzando el valle y que un día recorrió un joven musulmán casi a la carrera, abandonando pertenencias y reliquias, perseguido de cerca por las huestes cristianas.

“Así me fui yo”-piensa Laura, que también partió un día, con el corazón roto por que había perdido lo que más amaba, con el dolor insoportable de la perdida como compañero.

El sol está ya bajo, una porción de disco rojo en el horizonte, una mancha de color, que a Laura le parece hermoso.

Aquel día, aquella tarde, hace veinticinco años, también atardeció, también el sol perdió fuerza y la penumbra fue adueñándose de todo.

Una penumbra que se extendió más allá de lo físico, que invadió de improviso su vida, su alma, que desplazó la luz que alumbraba sus doce años, y la adentró en la senda desconocida hasta entonces de la desventura.

Cuando su madre cayó al suelo, cuando se desplomó de su sillón, lívida como el mármol, perdida para siempre ya la calidez de su voz, perdida ya la permanente chispa de su mirada, perdió ella también la confianza, la tranquilidad, la alegría, la felicidad.

“Tu madre se muere”, dijo su tía Mercedes con la crudeza que le provocaba perder a su hermana mayor, su único pariente, su sostén y referente, . Sin medir el peso que aquellas palabras habían de tener en su sobrina.

Laura respira hondo, se calma, la angustia la abandona, muta en tristeza.

Es una tristeza plomiza, por las cosas que se han perdido, por los caminos que se han cerrado, por lo que ya no será.

Pasa la mano de nuevo por los bordados. Le parece increíble que una niña de doce años pudiera hacer semejantes bordados.

Le parece más increíble aún haber sido esa niña.

También le pareció increíble al joven musulmán tener que abandonar unas tierras en las que había vivido vez sin preocupaciones toda su vida. E increíble que lo que había construido su familia durante generaciones, quedara ahora abandonado, yermo.

Laura sale de la estancia y recorre el corto camino que separa la casa de la almazara.

Allí, su tía Mercedes describe las instalaciones a un grupo de turistas, el primero.

Mercedes, diez años mayor que ella, habla con voz firme y clara. Tiene el porte altivo que había tenido su madre, de mujer firme, segura, de quien haba tenido que demostrar su valía en un mundo de hombres sin serlo.

Cuánto la había odiado.

En ella había concentrado toda la cólera que le había provocado la muerte de su madre.

La despreció por quedarse allí, mientras a ella la mandaba a un internado. El mejor, le dijo, pero un internado al fin y al cabo.

Seis años de infelicidad, de sufrimiento. Incapaz de adaptarse a esta nueva etapa, sin poder comprender la parte azarosa de vida ni la decisión de su tía, optó por convertir a esta en culpable de sus males.

A la pérdida de su madre se sumó la llegada de la adolescencia, la soledad autoimpuesta, los vaivenes del corazón al capricho de las hormonas, y fue desarrollando una concepción del mundo y de lo que le rodeaba cada vez más negativa, más deformada.

No quiso volver. Cuando el joven musulmán supo de la firma de la paz, cuando le dijeron podía  volver, no quiso. La pena que sintió cuando partió se había transformado en odio y le había agriado el carácter, lo había convertido en otra persona, alguien amargado que no confiaba ya en nadie.

Mercedes explicaba que aquel molino de cuchillas era frente a los de piedra, ya fuera de servicio, la evolución de la almazara, su adaptación a los tiempos. Nuevas herramientas para hacer lo mismo.

Sin explicar que esa evolución, esa adaptación, también era en parte una pérdida, la de la cercanía, la de la necesidad de la presencia del hombre. El nuevo molino funcionaba solo, y hacía el trabajo de los viejos molinos en mucho menos tiempo y mucho mejor. Sin necesidad de que alguien lo supervisara, lo ajustara, lo limpiara cuando se atascara. Sin que alguien añadiera su esfuerzo, su presencia.

¿Cómo se explica eso? ¿Cómo se explica el vértigo que da el progreso?. ¿Cómo se explica la sensación de perder el control ?. Mercedes no sabe explicarlo, ni sabe explicar la inseguridad que esto le genera. Así que se lo calla.

Igual que se calló el dolor que sentía por la muerte de su hermana, incapaz de compartirlo con su sobrina, para no hacerle daño, pero también porque no quería compartir aquello, porque era lo único que le quedaba y lo quería para sí.

Y cuando se dio cuenta de que había dejado de lado a su sobrina, de que el haberla mandado a un internado había sido un error, ya era tarde.

El joven musulmán dejó que su vida se consumiera entre la añoranza y el dolor. Se volvió huraño y malhumorado, procrastinador, descuidado, colérico, hasta que incluso aquellos que más le amaban fueron distanciándose de él, dejándole de lado, viviendo sus vidas.

Los turistas se adentraron con Mercedes en la almazara, recorriendo los pasillos flanqueados por depósitos, sacando fotos, escuchando asombrados los datos sobre la producción que su guía les facilitaba.

Un día estuvo orgullosa de esos datos, un día sólo tenía eso, los datos de producción. Alejada del mundo, incapaz de recuperar el pulso, se refugió en el trabajo, se aferró a lo único que le quedaba de su pasado, y pasó de la juventud a la madurez entre cosechas que se sucedían una a otra, lenta pero inexorablemente.

Por su sobrina poco hizo. Alguna vez soñó largas conversaciones, pero luego, en los escasos encuentros que tuvieron , las palabras no acudían a su boca, se quedaba mirando aquellos ojos, calco de otros ojos, incapaz de hablar, de decirle lo que sentía, que lo sentía, por miedo a perderla del todo, cuando ya todo estaba perdido.

Laura da las instrucciones a dos trabajadores para que ultimen la mesa para la cata, con aceite, pan, jamón y vino, el colofón de la visita, aquello que recordarán los turistas y que eclipsará a todo lo anterior.

Laura no se tomará una copa. Ya no bebe.

Bebió mucho. Y tomo otras cosas, Se hizo daño e hizo daño. Se quedó sola. Se rompió muchas veces y en muchos pedazos.

No hay un solo porqué, sino muchos, pero el principal, según los psicólogos, fue no superar la muerte de su madre. De manual.

Cuando pensaba en ello, caía en depresión. Luego remontaba, se embarcaba en algún proyecto y al cabo de un tiempo volvía a estar igual.

Cuando los turistas se acercan a la mesa, Laura se retira. Su mirada se cruza con la de Mercedes. Se sonríen. Es una sonrisa cómplice. Es una sonrisa que dice “lo estamos haciendo”, “va bien”.

Los turistas, alborozados, saborean las viandas. Mercedes se retira y se acerca a su sobrina.

-No sé si les han gustado la explicación. Creo que les he abrumado con los datos-confiesa Mercedes.

Laura le coge las manos y le sonríe de nuevo.

-Lo has hecho muy bien tía. Míralos. Ese jamón y ese aceite es la mejor embajada. No recordarán los datos, pero si los olivos, ese aceite, ese vino.

Mercedes asiente. Nunca imagino que el olivar tuviera interés para el turista. Fue idea de Laura.

Laura, que vino en mitad de la noche hace medio año.

Delgada, famélica, febril, delirante.

Laura, a la que había casi olvidado y que volvió a removerle todo por dentro, que la sacó de un aletargamiento en el que hubiera seguido hasta la muerte, y la obligó a sentir de nuevo.

Aquellos ojos, aquella mirada, era la misma que había visto en su hermana hace 25 años.

Y ahora, a diferencia de entonces, comprendió, vio la petición de ayuda, la angustia, el dolor.

Mercedes, una Mercedes desconocida, salió de su interior para cuidar a aquella mujer perdida que presa de sus delirios había acudido en busca de ayuda, de su ayuda.

También hubo una mujer que ayudó al musulmán, al que la juventud había abandonado hacía tiempo, cuando consumido por la fiebre pidió volver a Al Andalus. Con él cruzó las tierras cristianas, para él pidió salvoconductos y le cuidó y le dio alivió en sus noches de sufrimiento.

Laura se recuperó con los cuidados pacientes de Mercedes. Cuando le bajó la fiebre empezó a dar largos paseos. Se perdía ente los olivos y volvía al anochecer con los ojos rojos de haber llorado, y la cabeza baja.

Mercedes nada le preguntó pero no era ajena al milagro que poco a poco iba obrándose en su sobrina. Cada día menos delgada, menos consumida, cada día con los ojos menos rojos, y la cabeza un poco más alta.

Un día, sin venir a cuento, le contó de un tirón todas sus desventuras, empezando por el odio que había sentido hacia ella. Casi tres horas de un relato triste y surrealista, para quedar al final vacía, sin rastro alguno de aquella crispación que hasta ese momento la había acompañado. Después se fue a dormir, casi un día entero, tras el que se levantó, se aseó, comió, sonrió y habló por los codos. Era otra, era la Laura que había permanecido escondido, prisionera desde los doce años.

El musulmán creía haber escondido su identidad, pero todos sabían quién era: un hombre que había sido feliz en aquellas tierras, y que lo había perdido todo. Un hombre que había vuelto enfermo, que se había asentado en unas tierras que nadie quería disputarle, y en las que trabajaba día, tras día.

Y así había ido sanando. De cuerpo, pero sobre todo de espíritu.

Cultivaba un huerto, haciendo lo que un día lejano hiciera junto a sus padres. Pero sobre todo su pasión, casi obsesiva, eran los olivos.

Plantaba uno tras otro en filas, con parsimonia, siguiendo de plan que tenía en su cabeza.

Las gentes le miraban, veían la dimensión hercúlea de la tarea en la que se había embarcado y le respetaban por ello.

Cuando Laura preguntó por cómo iba el olivar, Mercedes le enseño los números.  Poco a poco, año a año, los beneficios habían ido menguando hasta devenir en pérdidas. La solución era parar la explotación, cerrar el negocio, dejar de fabricar aceite. Quizás pudieran conservar el olivar vendiendo su producción, le explicó.

Mercedes pensó que su sobrina no entendía nada, porque dijo que los números indicaban un gran potencial.

A los dos días Laura se plantó ante Mercedes y le presentó un resumen ejecutivo de su plan de relanzamiento.

-¿Turistas?-había preguntado incrédula Mercedes mientras examinaba los pulcros documentos que le tendía su sobrina.

-Si tía, turistas. Visitas, estancias, venta directa de productos.

-¿Y un molino nuevo?

-De cuchillas.  Produce diez veces más cantidad, diez veces más rápido

Cuando el viejo musulmán murió, su olivar había dado ya dos cosechas, y la almazara, con el viejo molino de piedra, había producido su primera remesa de aceite.

El olivar tenía asegurado su futuro.

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