299. Flores bajo el olivo

Marcela Vanina Occhiato

 

La tarde lluviosa destilaba aburrimiento. Las niñas, impulsadas por una curiosidad irresistible, fueron al altillo de la antigua casa mientras los mayores descansaban. Era el lugar favorito para pasar el rato y dejar volar la imaginación. Para ellas simbolizaba un castillo abandonado en el que cada objeto tomaba forma de cuento de hadas. Se divertían con la idea de hallar un tesoro escondido hasta que, en una caja vieja y llena de polvo encontraron una muñeca de trapo y un cuaderno de tapas de cuero talladas con hermosos dibujos repujados que transportaban a otra época. Al abrirlo, sintieron el comienzo de un viaje en el tiempo, la letra de su abuela Emilia las transportó de forma inmediata al pasado: “En el primer día después del fin de la guerra, se sentía esa extraña calma que sucede a las tormentas. Recuerdo a mamá y a papá sentados frente al fuego de la chimenea con la mirada perdida y el corazón destrozado. Manuel ya no regresaría…cada espacio de la casa parecía gritar su ausencia, sus jóvenes años habían terminado por culpa de un bombardeo despiadado. El pensamiento de mis padres era interrumpido a cada instante por la sonrisa del niño que intentaba aprender a caminar, a pronunciar las primeras palabras, tantos momentos transformados en recuerdos acompañados de dolor. Yo, siendo tan pequeña, observaba con cierto desconcierto la escena, mis lágrimas silenciosas dibujaban la tristeza en las mejillas. Ya no tendría al hermano mayor que se encargaba de cuidarme y divertirme. Mi cómplice en las travesuras cotidianas, se había marchado para siempre. La guerra no solo se había llevado a Manuel, había dejado enfermedades y pobreza, por eso, las circunstancias que acompañaron mi infancia fueron sumamente difíciles. Tuvimos la suerte de que nuestra casa siguiera en pie, pero muchos de nuestros vecinos lo perdieron todo. Algunos solo podían refugiarse en sótanos oscuros y fríos, la comida escaseaba. Recuerdo que muchas veces tuve que acompañar a mamá a las interminables filas frente a una panadería durante horas para obtener unos pocos gramos de pan. Conseguir los elementos básicos para el día a día era un desafío que ponía a prueba nuestra entereza a cada instante. El agua también faltaba y todavía siento en el cuerpo el frío que de manera implacable me robaba la energía. Por aquellos días me enfermé de tuberculosis, el recuerdo que permaneció en mi memoria es el de mamá al lado de mi cama en todo momento, cada vez que abría los ojos, estaba allí. Sus caricias y cariño fueron la medicina que me salvó, ella no hubiera soportado perderme a mí también. Lentamente me fui recuperando, pero la tristeza y la soledad se apoderaron de mí cuando, además de perder a mi hermano, tuve que separarme de mi mejor amiga, Antonia. Ella se había quedado huérfana así que la llevaron a vivir lejos para que unos tíos la cuidaran. ¡Cuántas cosas me había robado la guerra! Pero en medio de tanta desolación, agradecía tener a mis padres. Cuánto hubiera necesitado en ese momento una muñeca que me ayudara a salir de la realidad por unos instantes, por eso me alegré tanto cuando mamá me regaló una hecha con sus propias manos, unas medias viejas eran su cabeza, unos botones gastados, sus ojos…para mí fue la muñeca más hermosa del mundo y me ayudó a vivir otras vidas que me prepararon cuando fui madre. Ante semejante situación, no era opción quedarse atrapado en el sufrimiento, era momento de empezar de nuevo, a pesar de todo y con la pena clavada en el alma, era preciso seguir.

Recuerdo la mañana en que papá se levantó lleno de entusiasmo para relatarle a mamá un sueño revelador: un olivar repleto de aceitunas con promesas de un aceite dorado que llevaría un poco de felicidad a las familias tan lastimadas como nosotros. Sus ojos brillaban al imaginar a los hijos de nuestro viejo olivo y cómo el paso del tiempo ya no sería un tránsito de duelo, sino de amable espera hasta llegar al oro verde. En la almazara abandonada estaba todo lo que se necesitaba para que el sueño pudiera hacerse realidad. Los antiguos residentes de la casa habían dejado las herramientas y utensilios apropiados: muelas y conos de piedra, prensas, tolvas y una vieja caldera que todavía funcionaba. La llegada de la guerra se encargó de interrumpir la producción, pero ese sueño se materializaría como un nuevo comienzo. Mamá lo escuchaba incrédula, desde que faltó Manuel, transitar sus días fue un camino lleno de espinas, pero decidió apoyar a papá.

Al mirar por la ventana, la esperanza tomó forma de olivo: ahora sería un padre que a través de sus ramas daría origen a nueva vida. Esa tarde, el sueño comenzó a concretarse, fue un proceso lento, pero nos dio un motivo para levantarnos cada mañana. Me encantaba acompañar a papá cuando, con tanto cuidado, seleccionaba las ramas que se propagarían conservando la historia de nuestro viejo árbol. A pesar del tiempo que llevaba todo ese trabajo, papá siempre encontraba un momento para cantarme antiguas canciones que contaban historias de abandonos y reencuentros. Es como si lo escuchara, su voz fue mi compañera en los momentos en que la soledad quería derrumbarme.

Los brotes y yo fuimos creciendo juntos. La primera cosecha de aceitunas coincidió con el día en que conocí a Humberto. Él venía cada sábado al pueblo repartiendo leche fresca. Su familia criaba vacas y él era el encargado de repartir el producto en cántaros metálicos que transportaba en una vieja carreta. El sonido característico de su llegada hacía que mi corazón se acelerara como el aleteo de una mariposa que no encuentra el rumbo. Me conmovía de una manera especial la tristeza permanente en su mirada, también había vivido en carne propia los horrores de la guerra. El trauma lo perseguía en forma de pesadillas que no le permitían olvidar lo vivido. Tantas heridas compartidas hicieron de nuestra unión un lazo que nos ayudó a sanar y a proyectar una familia juntos. De a poco se fue interesando en aprender la tarea de cuidar nuestro olivar y la producción de aceite. Papá le enseñaba con paciencia como lo había hecho conmigo y así la empresa siguió creciendo. Llegó el día de nuestra boda, quedó grabada en mi retina el paisaje del olivar a través de mi velo de novia. El ramo y la delicada corona que adornaba mi cabello, los realicé con las flores silvestres que descansaban bajo el longevo olivo creando un paisaje único. Con el tiempo llegaron los hijos, convertirme en madre agregó color a mis días, pero la dicha se vio interrumpida con la partida de mamá. La falta de la compañera leal que siempre estaba presente, a pesar de la profunda herida que le había dejado la pérdida de Manuel, dejó un vacío inmenso en la familia. Papá no volvería a ser el mismo, una parte de él también se fue para siempre. Me consolaba verlo jugar con sus nietos y percibir que, aunque sea por unos instantes, la tristeza lo dejaba. El tiempo siguió transcurriendo como si fuera una sombra que se alarga, sin posibilidad de detenerlo y una noche trajo una desgracia: la almazara comenzó a incendiarse. El trabajo de años se vio reducido a cenizas. Todavía siento en el alma el dolor de ver el sueño de papá esfumándose en el humo que se elevaba. Nuevamente había que levantarse y comenzar de nuevo, no había tiempo para lamentarse. Y así, de a poco y con mucho esfuerzo, la empresa familiar volvía a surgir.  Cada etapa de mi vida se traslapaba con la producción del aceite que contenía mucho más que la sangre del olivo: encerraba mi propia historia…”

La lectura fue interrumpida por la llamada que indicaba el momento de la merienda. Las niñas bajaron corriendo con el tesoro entre sus manos y compartieron el manuscrito con la familia. Cuando todos se sentaron alrededor de la mesa, observaron con gran curiosidad el hallazgo que revelaría parte de la historia familiar. La mamá decidió comenzar con la lectura, fue difícil concluirla. Su voz se entrecortaba con cada oración, pero de pronto todo cobró sentido. A partir de ese momento, cada botella de aceite dejó de ser un simple envase, se había vuelto el contenedor de toda una trayectoria cargada de anécdotas, sonrisas y lágrimas, memorias de seres queridos que ya no estaban, pero dejaron su impronta en ese líquido sagrado como un secreto que acababa de ser revelado. Ahora era posible ver en el aceite deslizándose lentamente por los surcos de una tostada, un camino en el que un sueño se hacía realidad.

Al terminar de leer, todos comprendieron la insistencia de Emilia en que sus cenizas descansen para siempre bajo el olivo que se erguía como un testigo mudo y de esta forma fundirse con el paisaje que la vio crecer. Las flores silvestres, que regalaban colores y juventud al árbol que por generaciones se mantuvo firme, parecían emocionarse y materializar recuerdos que robaban una sonrisa cuando la nostalgia llegaba con cada atardecer.

 

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