298. Antes de la noche

Nicolás Montiel Puerta

 

Se puede tener alergia o tener alegría. Incluso se puede tener alergia a la alegría. Creo que este es mi caso. A los hechos me remito: aquí, en mitad del olivar que heredé de mis padres, acordonado por dos hileras de olivos anclados sobre la tierra rojiza de esta parte de la provincia jienense, yazco bocabajo — el informe dirá decúbito prono —, con un escopetazo en la espalda que, me temo, va a hacer muy difícil volver a mi casa con los míos. Con los que me quedan. Con nadie.

Como en aquella película de Billy Wilder, Sunset Boulevard — aunque a mí me gusta más el título que se le dio en España: El Crepúsculo de los Dioses —, soy la víctima que les cuenta todo lo ocurrido, partiendo del final; es cierto que no estoy flotando en una piscina y, por el momento, tampoco estoy muerto del todo, sino moribundo, y habito esta tierra de nadie en la que unos ven una luz blanca al final de un túnel y otros, yo mismo, únicamente son capaces de distinguir la progresiva extinción de la luz solar en el ocaso de la existencia.

Si alzo mi cabeza ladeada, consigo distinguir la silueta del Land Rover Santana que mi progenitor utilizó durante más de tres décadas de labores agrarias (qué coche más duro, acorde con el hombre). Sé que no lo puedo alcanzar, no ya para escaparme de la muerte, sino para recuperar mi móvil y pedir ayuda. He intentado arrastrarme y creo que no he llegado a moverme más que un par de centímetros. Es como si tuviera un yunque encima de la espalda y respiro con mucha dificultad. Y con mucho dolor. Si jadeo como una parturienta, a intervalos regulares, siento un cierto alivio que no dura más que unos pocos segundos. Soy consciente de que estoy agonizando y no sé si me dará tiempo a contarles grosso modo lo acontecido (espero que sí, porque si no menudo papelón estoy haciendo).

Me llamo Román, tengo cincuenta y siete años, y nací en la capital del Santo Reino, hijo de Antón y Manuela. Tengo un hermano y una hermana, y me ha disparado el hijo de la gran puta de mi cuñado Israel. Luego les cuento por qué, si es que puede haber un porqué para pegarle un tiro a alguien. He sido profesor de filosofía en un instituto de Baeza y estoy casado… casi casado; bueno, inmerso en los trámites de mi divorcio de Marta Sánchez —no la cantante, otra —.

En los últimos años, harto y asqueado de la docencia y de las tonterías de la administración y del alumnado, he pergeñado el sueño, legítimo como todos, de abrir un pequeño hotel rural sobre la base de un cortijo en ruinas y el respaldo de mis ahorros y un pellizco del Gordo de la Lotería de Navidad de hace dos años, del número ese que terminó en 8.

­­— Conmigo no cuentes para esta locura, Román, a ti se te ha ido la cabeza, pero qué necesidad tenemos de meternos en una gilipollez como esa.

— ¿No te parece bien vivir tranquilos en pleno olivar y recibir a huéspedes interesados en el oleoturismo?

­— Por supuesto que no, yo ya vivo muy tranquila.

A partir de esta breve conversación, todo fue a peor.

Mi mujer dijo que nanay, que ni de coña, que si quería vivir entre olivares que me fuera yo solo, que ella ya me había aguantado bastante. Yo, ingenuo de mí, creí que mi proyecto la ilusionaría por igual, dado que siempre se estaba quejando del mal ambiente que había en la gestoría en la que trabajaba. Me equivoqué de pleno, algo que me ocurre con bastante frecuencia. Creo que la filosofía aprendida y luego enseñada no me ha ayudado a deslizarme por este pragmático y materialista mundo con la habilidad mínima para no resbalarme ante cualquier piel de plátano de la acera.

No miento si digo que a mí me gustaba dar clases y durante años lo he disfrutado. Me encantaba utilizar la lógica y los planteamientos filosóficos, éticos y morales de otras épocas para desorientar a mis alumnos y alumnas (y alumnes), procurando despertar en ellos el razonamiento espontáneo ante la duda, la curiosidad innata frente a cuanto nos rodea. Pero de un tiempo a esta parte — tal vez los cuatro últimos años — los lunes de cada semana me resultaban tan dolorosos como a los chiquillos de tres años abandonados inmisericordemente en las guarderías por sus desalmados padres, sin que ningún abogado los asista. Como Julio Iglesias, me cansé de vivir así, y ni siquiera los trienios y los sexenios que acompañaban mi nómina conseguían mitigar mi desasosiego.

Así que, en junio pasado, finalizando el curso, tramité mi prejubilación y, al instante, me sentí rejuvenecer, sentí que volvía a fluir, que retornaba a una vida donde la lluvia me mojaba de nuevo, donde el sol calentaba mis ideas y la luna las mecía por la noche. Y sin solución de continuidad, al comienzo del verano, comencé mi proyecto de casa rural en el cortijo heredado y que ninguno de mis hermanos valoró siquiera aceptar con ocasión de la adjudicación de la herencia. Lo que en un principio no era más que una casa sin posibilidades, mi mente comenzó a configurarla como un oasis, un remanso de paz para mí y para mis visitantes. Una edificación que necesitaba tantas reformas como mi alma, encaramada en lo alto de un cerro, fortificada por siete almendros y, por debajo, las olivas familiares, que, como soldados de infantería, la protegían de la soledad. Todas de mi propiedad, anejas al cortijo y lindantes con las fincas de mis hermanos y las de dos primos hermanos.

Contraté a una arquitecta, a un constructor, el transformador de la luz, y solicité permiso a la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir para proveerme del agua procedente de dos pozos y un sondeo cercanos a El Sitio de mi Recreo, nombre provisional hurtado con muy poca vergüenza por mi parte al talento de esa leyenda de la música que es Antonio Vega.

Mi mujer dejó de hablarme en agosto, a mediados. Mis hijos, Anita y Marcos, dejaron de hablarme mucho antes, cuando me convertí en el obstáculo para todos sus caprichos de veinteañeros malcriados. No me amilané frente a la incomprensión y continué avanzando en mi reconversión personal — e industrial —. Gracias a esas casualidades con las que, a menudo, nos sorprende la vida, el alcalde del pueblo al que pertenece mi propiedad, con el que compartí piso en Granada en mis años de estudiante, allanó, nunca mejor dicho, la reparación del carril que me conecta con la carretera comarcal.

Aquí debo hacer un inciso para explicarles que no voy a mencionar el nombre de la localidad ni de su alcalde, porque lo último que quiero es que los reporteros de esos programas de actualidad inunden la población con sus cámaras y micrófonos, alterando y molestando el pacífico devenir de los vecinos.

En fin, prosigo. Ustedes estarán pensando que mi actividad nada tiene de extraordinaria y estarán en lo cierto, y que, si mi propiedad es mía, ninguna razón justifica que la vida se me esté escapando por la espalda a esta hora tan triste para morir, si es que hay alguna idónea. Y la razón, vulgar, no es otra que el dinero, el cochino dinero, el vil metal, el peculio, los billetes, el parné, el taco. Así de simple.

Con las obras a punto de concluir, entrados ya en octubre, me llamó mi hermana Isabel hace dos semanas para invitarme a tomar café en su casa de La Carolina, diciéndome que tenía algo muy importante que proponernos a mi hermano Diego y a mí. El día acordado me planté en su casa y me encontré a mis dos hermanos y a mi cuñado Israel esperándome con la mejor de sus sonrisas, en un ambiente de expectante felicidad. Después de las preguntas de rigor sobre los hijos y mi situación matrimonial, mi hermana tomó la palabra con la sobriedad que la caracteriza y me planteó la posibilidad de que vendiéramos todas nuestras fincas a una empresa italiana que estaba muy interesada en adquirirlas, pagándolas muy pero que muy bien. De entrada, negué con la cabeza, poco dispuesto a seguir escuchando, pero Isabel me rogó que la atendiese. A partir de ahí, entre ella y su marido y, en menor medida, mi hermano Diego, me desglosaron las bondades de la operación, pretendiendo entender lo que suponía para mí renunciar a mi proyecto.

— Mira, Román, a nadie se le escapa que tu idea es espléndida y que, sin duda, le has dedicado mucho tiempo y esfuerzo, pero es que por lo que pagan puedes hacer exactamente lo mismo en otro sitio y encima te va a sobrar dinero… Esto es lo que pagan— Isabel me deslizó sobre la mesa un folio con apenas cuatro líneas y una cifra que inmediatamente se me antojó desproporcionada.

— Esto es un disparate, una barbaridad, todo aquello junto no vale ni la mitad de lo que ofrecen… Es un poco raro, ¿no?

— ¿Qué tiene de raro?, si unos italianos quieren comprarnos las tierras a precio de oro, ellos sabrán — comentó Israel con petulante ademán.

Me recliné sobre el respaldo de la silla en la que me había sentado e intenté buscar una salida entre todas las ideas que me asaltaban, sintiéndome apresado por las miradas de los otros.

— En algún sitio he leído que la Mafia utiliza el aceite de oliva para blanquear el dinero, como los restaurantes italianos, creo que el 85 % de ellos trabajan, lo quieran o no, para ella — mentí, al mezclar informaciones periodísticas con novelas de ficción.

— Eso es una tontería, seguro que lo has leído en uno de esos periodicuchos digitales — intervino mi hermano — pero si fuera verdad, ¿a nosotros qué nos importa?            Isabel e Israel asintieron con la cabeza.

— Pero es que son nuestras tierras, las tierras de nuestros abuelos, de nuestros padres, nuestras raíces — protesté compungido.

— ¿En serio, Román?, tú, que te faltó tiempo para largarte del pueblo a estudiar y que llevas toda la vida en Jaén, vienes a hablar de raíces, cuando en todos estos años las olivas no te han importado una mierda, tengamos criterio, por favor — mi hermano Diego se indignó y se levantó para salir a fumar al balcón, pese a que mi hermana le dijo que podía hacerlo dentro.

Tratando de huir del incómodo silencio que se generó, aprovechado por mi hermana para retirar la bandeja con las tazas de café y las pastas que nadie había tocado, y por Israel para centrarse en la pantalla de su móvil, forcé mi mente para que me mostrara las imágenes que recordaba de esas tierras en las que lo único que realmente hice fue jugar cuando era un niño. Es cierto que jamás estuve interesado en la vida agraria, ni en el cultivo ni en la cultura del olivar, al igual que mis hermanos — todo hay que decirlo —, y que cuando mi padre, atacado despiadadamente por la edad y sus achaques, ya no pudo encargarse de lo que fue toda su vida, mi decisión, refrendada por los demás, fue contratar los servicios de un capataz que se ocupara de todo. Por eso, no alcanzo a comprender por qué, de repente, era tan importante para mí conservar esas fincas en la familia, cuando otras propiedades de mis padres fueron sacrificadas en su día sin el menor remordimiento.

Mi hermano Diego regresó del balcón con la última calada de su cigarrillo en la boca, pasó por detrás de mí y apoyó sus manos sobre mis hombros.

— Es mucho dinero, Román, y a todos nos vendría muy bien — me susurró — los primos están de acuerdo, solo quedas tú.

Para no dilatar la narración y, básicamente, porque me estoy muriendo, hago una elipsis y concluyo diciendo que salí de casa de mi hermana con el compromiso asumido de pensarme detenidamente la oferta hecha por el grupo empresarial italiano. Me concedí a mí mismo el plazo de una semana antes de comunicar mi decisión y, a los dos días, fíjate tú, las cosas se complicaron de verdad.

Regresando de Madrid, después de ver una obra de teatro, cuyas entradas adquirí antes de que mi mujer y yo pasáramos a la fase de rehuirnos, que disfruté mucho en la completa soledad de una platea a rebosar, junto a su asiento vacío, me detuve a comer en el área de servicio denominada “La Purísima”, en Santa Cruz de Mudela, y, entonces, al salir del servicio, me encontré a mi cuñado Israel abonando en la barra el precio de las consumiciones que había tomado. Al entrar, fui derecho al aseo y no lo vi y supuse que había estado sentado en el comedor. Me detuve en seco, no sé por qué, tal vez porque se mostraba muy sonriente con el camarero, con el que parecía tener cierta familiaridad; yo, a Israel, las veces que coincidíamos, no muchas, lo había visto sonreír más bien poco. Siempre imaginé que la compañía de los hermanos de su mujer no constituía su plan ideal, pero, para ser justos, el sentimiento era recíproco.

Parado en mitad del establecimiento, opté por deslizarme hacia la zona de tienda con los productos típicos de la comarca, dotada además de un catálogo muy surtido de vestuario y calzado para la caza. Y allí, disimulando como el culo, el perfume, denso y penetrante, me pasó por encima, me atravesó, pese a que su portadora circulaba alejada varios metros de mi persona. Una pelirroja, de tacón de aguja y gustos caros, revoloteó hasta posarse en la espalda de mi cuñado, haciéndole carantoñas inmediatamente correspondidas. Con las vueltas de lo abonado en un platillo metálico, que mi cuñado no recogió, pese a sumar poco más de quince euros, se dieron la vuelta y se dirigieron a la salida. Sorteando mermeladas, roscos de naranja, navajas, gorras y sombreros, me acerqué a la cristalera para verlos partir. Ambos se montaron en el coche de Israel y regresaron a la autovía.

Me puse nervioso, no lo niego, y me senté a comer con la desazón de saber algo que hubiera preferido no saber. Aun así, dada la calidad de la comida, conseguí sosegar mi espíritu y, al empezar a remover el café, tomé la decisión de no vender mi cortijo, mis fincas, por lo menos hasta que el desgraciado de Israel se divorciara de mi hermana.

Como pueden imaginar, el muy miserable no solo no pensaba divorciarse de ella, sino que, cuando le imputé su infidelidad, negó los hechos antes de decirme que me metiera en mis asuntos.

— No voy a permitir que te aproveches del dinero de mi hermana, sinvergüenza, y por eso no pienso vender mientras sigas con ella.

— ¿Te crees mejor que yo?, seguro que tu mujer se ha ido con otro porque ya no se te empina — este argumento me dolió, aunque me cueste reconocerlo, porque es cierto que, a mi edad, que se me empine o no es una mera cuestión de la azarosa veleidad de la naturaleza. O sea, en mi cabeza siempre hay alzamiento, pero mi cuerpo va de por libre.

— Mira, Israel, ya te he dicho lo que te tenía que decir, me voy.

Abandoné el portal de su casa en el que lo estuve esperando hace dos días y no lo he vuelto a ver hasta hoy.

Esta tarde, después de despedirme del constructor, con el que he estado ajustando cuentas y concretando los trabajos de remate de la semana que viene, hace menos de una hora, creo, a eso de las 7 y media, me parece, he escuchado el ruido de una motocicleta mientras revisaba la disposición de la cocina del cortijo. Me he asomado al exterior y he reconocido a mi cuñado a lomos de una moto de cilindrada media, que no debe ser suya, porque nunca se la he visto antes. Ha llegado a mi altura, se ha bajado de la moto y ha sacado de sus alforjas los cañones paralelos de una escopeta de caza, que ha unido a su culata en un pispás y que ha cargado con dos cartuchos.

— ¿Qué le has dicho a tu hermana, cabronazo? — me ha espetado.

­— Nada, no le he dicho nada todavía — me he defendido, procurando aparentar calma.

­— Pues ella sabe lo de Maribel, y has tenido que ser tú — Israel ha levantado la escopeta y me ha apuntado.

— Por mí no se ha enterado, te lo aseguro, aunque sí se lo pensaba decir.

— No te creo.

— ¿Y qué piensas hacer?, ¿vas a matarme? — lo he dicho convencido de que esa no podía ser su idea. Por desgracia para mí, Israel había pensado otra cosa.

He comenzado a caminar despacio, como si me alejara de un animal salvaje —que es lo que era — y me he deslizado ladera abajo en dirección a mi coche. Como ya saben, no me ha dado tiempo a llegar. El impacto del disparo me ha levantado del suelo para arrojarme unos metros más allá, y más allá me he quedado. Israel se ha acercado con parsimonia, ha comprobado mi estado y se ha alejado, diciéndome a modo de despedida:

— El lunes te encontrarán en tus putas tierras, que te aprovechen tus olivos, imbécil.

Y aquí sigo, diez minutos después de escuchar el motor de la moto de Israel perderse en la lejanía, más muerto que vivo, rodeado de olivos, a cuyo polen soy alérgico desde los siete años. Igual que soy alérgico a la alegría desde que nací, como buen filósofo.

 

 

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